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Aquí también hay que leer compulsivamente (LFC)

Big Boys

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BIG_BOYS

Agudeza visual. Encuentre a la única mujer.

El engaño de la nueva economía –entendida como la careta amable del capitalismo más ultraliberal y más antisocial- es el de ocultar que, en un modelo capitalista, la existencia de un conflicto permanente entre trabajadores y empleadores es inevitable.

El término conflicto no implica necesariamente otra cosa que la asunción de que los objetivos de ambas partes pueden no llegar a coincidir (no lo hacen en muchos casos) lo que obliga a una negociación constante que se enmarca en la existencia de unos derechos laborales y sociales cuya conservación (y su aumento) debe ser prioritaria para los trabajadores.

En otras palabras, un trabajador no puede, y no debe, renunciar jamás a conservar sus derechos y debe, siempre que pueda, intentar mejorarlos.

En los últimos tiempos dos cuestiones amenazan esta sencilla –por lógica- hipótesis de partida. Ambos perversamente relacionados.

Veamos cuales.

El primero es un individualismo mal entendido que lleva a un trabajador a pensar que sus acciones no afectan a los demás. En la reciente polémica sobre los métodos más que cuestionables de una gran mayoría de los cocineros con estrella Michelin (empezando por su pope, Ferrán Adrià, que los dejó publicar sin ambages en un libro) resultaba ejemplarizante como en una gran mayoría de comentarios a las noticias publicadas y en muchos debates se aludía a la libertad personal de elegir la explotación como forma de trabajo a cambio de un aprendizaje.

Sin entrar hoy en la explicación de porqué ese trueque es falso (léanlo en este artículo, y perdonen por la autocita), debemos negar la mayor al afirmar que, como ocurre con el absurdo y anticientífico movimiento antivacunas, se olvida que hay algo llamado inmunidad de grupo. En otras palabras: tu decisión de no vacunarte pone en peligro mi salud y de la misma forma la de renunciar a tus derechos abarata el coste de la mano de obra, falsea los gastos de tu empleador y por tanto lleva todo el modelo a una situación irreal en el que la competencia no se produce en calidad sino en abaratamiento de costes a expensas del trabajador. En otras palabras, tu renuncia a lo que es irrenunciable perjudica el mercado laboral y al resto de trabajadores.

Entra aquí la segunda cuestión, a la que Julio Anguita llamaba, con precisión meridiana, la moral del esclavo feliz. Para ello se necesita un caldo de cultivo en el que se establezca la especie de que los derechos laborales son un impedimento para alcanzar posiciones de privilegio dentro de determinados sectores y que la lucha por mantenerlos (y ampliarlos, recordemos) es algo perteneciente al pasado. En otras palabras: Se culpa al trabajador de todos sus males asignándole una carga de culpa impostada y falsa. Así, en pleno siglo XXI, no es extraño encontrar quién afirma que hay trabajo pero que son los individuos los que no quieren trabajar (obviando que quien no quiere trabajar no está dispuesto a hacerlo por un salario de miseria en condiciones de explotación) o la no menos conocida relación que no hace mucho establecía ese adalid de la simpleza que es Patrik Schumacher entre creatividad y explotación, según la cual la excelencia dimanaba directamente de la eliminación de todo derecho laboral.

Por ser claros, y aunando ambas posiciones, resulta de todo punto aberrante que un trabajador dispuesto a someterse a un régimen de explotación que perjudica a toda la sociedad recrimine a quienes no lo hacen una supuesta falta de compromiso, de ganas de aprender o de capacidad de sacrificio y que con ello se convierta en el principal defensor de sus explotadores.

[Resulta lo más tiste del caso que, al hacerlo, revela que su interés no es otro que el de replicar esta conducta execrable con otros trabajadores, pasando de explotado a explotador]

Añadamos a esta posición la de un gobierno que ha encontrado en el discurso blando y simplista del “entrepreneur” de nuevo cuño la salida (tan solo aparente) a parte de los problemas del mercado laboral. Sostengo hace tiempo que la gran mayoría de esos emprendedores no son sino explotadores con mejores fuentes de letra y mucho aderezo de las banalidades de Paulho Coelho sobre universos que conspiran y frases de sobrecillo de café elevadas a mantras de la economía.

Por extensión, la velocidad de este principio de siglo XXI, la liviandad de las listas de la que la cuarta cosa te sorprenderá y la escasa profundización en lo que se oculta detrás de un titular produce situaciones que sólo podemos calificar de kafkianas.

Así, recientemente, en una reunión de chefs con estrellas Michelin, Ferrán Adrià afirmaba (o lo hacía quien le lleva la imagen de marca, porque tocaba) que la gastronomía acabaría con el machismo reinante, mientras que Joan Roca señalaba que se tendía hacia lo más sano y humano.

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El All Male Panel, dándole al mansplaining.

Sin entrar en demasiadas disquisiciones sobre la hipocresía, la falsa moral y otras cuestiones, cabe señalar que la imagen que acompañaba a la noticia era la de un ALL MALE PANEL en toda regla (lo eran todas las del reportaje). Este hecho –tremendamente explicativo por si solo- no sólo constituye la mejor definición de mansplaining desde la de Erlich Bachman en la fantástica “Silicon Valley” sino que demuestra, de forma meridiana, la impostura constante del modelo económico que representan los chefs estrella para profesiones con un alto componente vocacional, tras el que se oculta con facilidad una tramoya mucho menos apetecible que las imágenes que se emplean para publicitarlo.

En el ejemplo, Adrià recibía todos los años –así lo cuenta Lisa Abend, autora del libro “Tthe sorcerer’s apprentices a season at El Bulli”- unos 3000 currículos para llenar las cocinas de su restaurante de “stagiares” (un término inexistente en el convenio del sector) a los que no pagaría por trabajar durante 6 meses en su negocio (que no academia). Joan Roca aparecía, en la misma línea, en informaciones recientes en las que se afirmaba que su restaurante tenía una plantilla compuesta de un 50% de becarios hasta un total de 25 (entendemos que sin cobrar) para unos beneficios anuales (datos todos de ElConfidencial) de cerca de 2.000.000 de euros al año.

¿Cómo creen Adrià y Roca que se llega a esa foto en la que no hay mujeres? Resulta descorazonador que se de pábulo a las afirmaciones de quien ha demostrado con creces que no entiende algo muy simple: La perversión del mercado laboral y de los salarios y el ataque a los derechos de los trabajadores que supone el modelo de falsa formación explotadora que se  emplea con fruición en ciertas cocinas es puro machismo. Sus principales víctimas son las trabajadoras. Las afirmaciones vacías de quien pretende un titular atractivo pero es incapaz de abordar el problema económico fundamental resultan –por hipócritas- estomagantes.

Como saben hace tiempo que comparo en muchos aspectos la situación laboral de los chefs y los arquitectos. He llegado a la conclusión de que, en ambas, la cuestión vocacional y la construcción de una narrativa banalizada sobre el éxito y el sacrificio (recordemos a Anguita) han servido a una casta puramente extractiva para perpetuar un modelo de explotación y para maximizar beneficios a costa de derechos irrenunciables.

En este sentido resulta interesante establecer un paralelismo entre el ALL MALE PANEL de Adrià  y sus compañeros y la imagen tomada por Bjarke Ingels en su último edificio en Manhattan y su reacción posterior a la polémica que ha generado.

La imagen es esta:

BIG_BOYS_AND_GIRL

Imagen publicada originalmente bajo el título “BIG boys and girl”.

Resulta evidente que algo anda descompensado en el organigrama de BIG, algo que en Instagram no ha pasado desapercibido (el título de la foto es desafortunado por demás) y que ha provocado que Ingels y la CEO de BIG, Sheela Maini Søgaard -única mujer en la foto- hayan tenido que salir al paso de la situación.

Tanto las declaraciones de la una como las del otro rayan en lo simplista y –para el arquitecto danés, y esto es lo interesante- en un desconocimiento rayano en lo irresponsable. La primera aludía a las bajas por maternidad y a la igualdad salarial en el estudio (que entiende uno son mandatorios en un país del primer mundo) el segundo empleaba el manido argumento de que no es misógino porque ha contratado a una mujer como CEO (lo que sería el equivalente del “tengo muchos amigos gays” en otro tipo de conversación).

La foto, como comprenderán, es sólo un reflejo de una penosa situación real: Las mujeres abandonan el campo de la arquitectura, la brecha salarial se incrementa y a pesar de ser mayoría en las escuelas universitarias hace años (décadas), no consiguen una posición igualitaria ni en presencia, ni en salario, ni en derechos. En este sentido me es absolutamente indiferente con quien decida Ingels asociarse, pero es evidente que el subtexto de la imagen refleja un estado de la cuestión geeneralizado y fallido.

El problema, en este caso, es que en la misma entrevista en que Ingels se defiende las acusaciones de sexismo, tan sólo unos párrafos más adelante y preguntado por el publirreportaje-documental a su mayor gloria, encontramos estas afirmaciones:

“If you are working in a post office or in a supermarket or if you are a mail man or even if you’re a nurse you are somehow at work when you’re at work and when you leave someone takes over and it doesn’t matter if it’s you on the job in the post office on Friday, it could be the other guy or girl,”

“I think for those professions you can totally do that, but in the creative profession where you are designing something or engineering something or creating a piece of software and where there’s deadlines, and where it’s not a function that you’re fulfilling but you’re taking something that doesn’t exist and you’re making it exist, there those rules don’t apply,”

“That’s the price you pay, but the reward you get is that you do something incredibly meaningful if you actually love what you’re doing and you’re doing meaningful work.”

Repito. En el mismo reportaje.

Que alguien afirme que su estudio es un lugar igualitario y defienda sin reservas un sistema laboral en el que (cito) “las reglas no se aplican” empleando como excusa conceptos tan vagos como la creatividad o el talento, revela la inconsciencia de quien no sabe o –peor- no quiere saber que ese modelo es absolutamente machista. Que la eliminación de las reglas conduce a entrevistas de trabajo en las que las preguntas son muy distintas para hombres y mujeres. Que pone a estas últimas en la necesidad de elegir entre su vida laboral y su vida afectiva (e incluso su salud reproductiva). Que, de nuevo, la inmunidad de grupo es mucho más importante que el caso particular y que como resultado de esa glorificación de lo irreal las arquitectas serán –no pocas veces- acusadas de esa falsa falta de capacidad de sacrificio, de falta de interés, alejándolas doblemente de alcanzar un estatus igualitario dentro de la disciplina. Primero porque –como caldo de cultivo general- el modelo heteropatriarcal sigue aun educándolas fuera del éxito como objetivo y segundo porque esas condiciones laborales las alejan de promociones reservadas para aquellos a los que no se pregunta si van a quedarse embarazados en una entrevista (o más sencillamente a aquellos a los que no puede hacerse un test de maternidad por cuestiones puramente biológicas).

Web-Entrevista

Entrevistas de trabajo. España, 2017. Siglo XXI.

La afirmación de Ingels de que ese es “el precio que se paga” a cambio de la recompensa de “hacer algo increíblemente significativo” es falsa. Está, de nuevo, en las bases del modelo de esclavo feliz, dispuesto a pagar un precio a cambio de una recompensa de la que no es el beneficiario directo y que jamás podrá llegar a compensar la entrega de sus derechos, su vida afectiva o su capacidad de conciliación. Es, otra vez, una forma de culpabilizar al trabajador en cuanto invertimos el razonamiento: Si no estás dispuesto a pagar el precio es que no quieres hacer algo significativo.

El propio Ingels afirma que este régimen de trabajo ha tenido un efecto devastador en su vida personal y en su salud. Podríamos pensar que solo él se queda echando horas en la oficina mientras todos sus trabajadores concilian como si no hubiera un mañana, pero creo que somos bastante menos inocentes.

Al igual que Adrià, quien parece no darse cuenta en su mansplaining sobre acabar con el machismo que este nace en parte del modelo que él mismo (y muchos de sus acompañantes en la foto) representan, Ingels es incapaz de ver más allá del cliché de las “long hours” y el sufrimiento gozoso entendidos como camino litúrgico ajeno a la realidad.

En su infantil diatriba sobre el mito de las largas jornadas de trabajo, Ingels compara a los arquitectos con los carteros y los enfermeros. Sin entrar demasiado en el desconocimiento que demuestra con ambos ejemplos, es destacable como los opone a “la profesión creativa”. Se niega así de forma falsa que otras profesiones puedan serlo y, lo que resulta más triste, se establece una falsa casta creativa de esclavos clasistas (desclasados felices) dispuestos a sacrificarlo todo a cambio de una gloria tan poco definida como inútil y ególatra.

Créanme, si algo he aprendido en los muchos años que llevo analizando esta cuestión, es que los enfermeros o los carteros no tienen el mas mínimo interés por compararse con los arquitectos y que, de hacerlo, podrían con mucha holgura mirarnos con preocupación y una cierta condescendencia, apoyados en unos derechos a los que no piensan renunciar, armados con unos sindicatos que les defienden, conscientes de que las reglas –las laborales- se aplican siempre.

Y de que la simpleza banal, la tramoya vacía, puede servir para vender tomates que no lo son o edificios que parecen legos, pero resultan enervantes y ridículas cuando se intentan aplicar a derechos que ha costado mucho conseguir. Que debemos siempre aspirar a ampliar y para los que el discurso automático no sirve.

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Written by Jose María Echarte

julio 17, 2017 a 11:58

Una respuesta

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  1. Un articulo muy bien armado que debiera agitar conciencias en un sector sin “conciencia de clase” como el nuestro, mas aún cuando hay un sector que entiende que trabajar gratis ( sea para un contratador, o para la administración) esta asumido. No te comentaré nada respecto a la humillación personal de nuestras compañeras ante las contrataciones, que no tiene nombre…

    Señalas en tu frase ( que comparto) “En otras palabras, un trabajador no puede, y no debe, renunciar jamás a conservar sus derechos y debe, siempre que pueda, intentar mejorarlos.”, y nos encontramos con el fenomeno contrario, para poder acceder al trabajo al contratado está disipuesto a renunciar al máximo, no hanblo solod e nuestro sector, pero en el nuestro es continuo el ofrecimiento de trabajar gratis , a modo de spam casi ¡¡.

    Es un fenomeno mundial, el neoliberalismo de los hijos de los que estan en el poder y se han educado en eeuu manejan los metodos americanos en europa, allí no hay derechos, Wall Smart ejemplo de emprsa que despide a los sindicados y con infrasueldos deja que a sus trabajadores les complete el eetado sus carencias , no esta muy distanciado de muchas condiciones de estudios grandes y exitosos.
    En Francia donde los derechos del trabajo tenian mucho peso, conquistas ganadas durante años , ahora son los trabajadores los que renuncian a ellos, el proceso de Uberización del contratado autonomo dependiente de una emrpesa ha hecho saltar las alarmas. Miedo da lo que aun veremos..

    Pd cada vez tiene mas vigencia del irónico cargado de verdades “elogio a la pereza” de Lafargue 1948:

    «Trabajad, trabajad noche y día; trabajando, vosotros aumentáis vuestra miseria, y
    vuestra miseria nos ahorra tener que imponeros el trabajo por la fuerza de las leyes. La
    imposición legal del trabajo es demasiado penosa, exige demasiada violencia y hace
    demasiado ruido; el hambre, por el contrario, es no solamente una presión pacífica,
    silenciosa, incesante, sino que, siendo el móvil más natural del trabajo y de la industria,
    provoca también los esfuerzos más potentes.»

    «Los trabajadores, al cooperar con la acumulación de capitales productivos, contribuyen
    por sí mismos al acontecimiento que, tarde o temprano, deberá privarles de una parte de
    sus salarios.»

    Loren Goicoechea Fuentes

    julio 17, 2017 at 12:47


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