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Aquí también hay que leer compulsivamente (LFC)

La importancia del peso

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PFCA1

The PFC box incident.

Hice el proyecto fin de carrera durante el curso 1999 – 2000. En aquel entonces el PFC empezaba ya ser peligrosamente ajeno a la realidad y los tiempos lógicos y se daban casos de alumnos que se demoraban (por causas las más de las veces ajenas a sus voluntades) años y años para salvar el último escollo de la carrera. En algunas ocasiones esas demoras provenían de un -para mí- absurdo interés en obtener una nota excepcional a costa de responder a las expectativas -surrealistas- de ciertos tribunales y tutores cuyo objetivo parecía más el propio interés que el de acompañar al alumno en un proceso que debía ser -en toda lógica- mucho más llevadero.

Solía ser habitual continuar con el último proyecto desarrollado en Nivel 3 y elegir un tutor de la cátedra en la que se había cursado la asignatura. Hay que señalar, y esto dará prueba de lo lejos de la realidad que están los arquitectos en ocasiones, que Nivel 3 se cursaba como una asignatura anual. Nótese que digo se cursaba, y  no era. En realidad, el último curso de proyectos era -oficialmente- una de las pocas asignaturas cuatrimestrales de la carrera, pensada como antesala de ese PFC que debía empezarse, de este modo, el último cuatrimestre del sexto curso.

Alguien -ah, las mentes preclaras- decidió que este modelo (el oficial, recordemos) no servía y Nivel 3 paso a ser anual quedando el PFC separado de los cursos lectivos comunes y situado en un limbo externo a la carrera que, como hemos dicho, podía dilatarse indefinidamente. Hasta donde sé, este cambio no tenía soporte normativo (puedo equivocarme), pero se asumía como uso y costumbre sin que nadie lo cuestionara o se planteara su validez.

En mi caso cursé Nivel 3 en la cátedra de De las Casas, con Pepe Ballesteros -que andaba entonces preparando la salida de Pasajes– y pese a que recuerdo a Pepe como un magnífico profesor, que disfruté muchísimo y que los resultados fueron muy buenos (Un 8, si mal no recuerdo), hacía tiempo que había decidido intentar que me tutorizara Álvaro Soto.

Hice con Álvaro y con el tristemente fallecido Luis Moreno Mansilla Nivel 1. Fue un curso especial, no sólo porque saque un 9 sino también porque fue el primero en la ETSAM (yo venía del CEU, que entonces era centro asociado y no universidad independiente) y sobre todo porque ese año creo que empecé a entender qué era proyectar (La lista de profesores de aquella cátedra era tremenda. A Antón Capitel -que era el catedrático- le acompañaban los ya citados Soto y Mansilla y también Emilio Tuñón, Pedro Feduchi y Sergio de Miguel).

Así que a principio de curso -sería septiembre- le preguntamos (Jorge López, Salvador Moreno y yo) si podía ser nuestro tutor. Álvaro, amabilísimo como siempre, nos dijo que no había problema salvo que ese año tenía una estancia docente en -creo recordar- Estados Unidos (¿Rhode Island? Mi memoria falla…) y estaría fuera unos meses (Recordemos que no había entonces correo electrónico, ni aula virtual… ni nada).

Pese a este contratiempo, y de nuevo gracias a la amabilidad y a la disposición de Álvaro, acordamos un sistema en el que durante los primeros meses del curso acudiríamos cada semana a corregir -casi como una clase de proyectos- intentando cerrar una suerte de anteproyecto que pudiéramos desarrollar de forma autónoma durante el tiempo en que Álvaro estaría fuera.

Así lo hicimos y el resultado fue magnifico. Al no tener que corregir durante unos meses y tener unas citas fijas semanales que permitían organizarnos de forma muy precisa (cuando lo habitual era tener que perseguir a los tutores), pude irme a Almería a trabajar viniendo regularmente a Madrid a cumplir con mis tutorías. Fijé un horario de oficina (de 8 a 5) fuera del cual no movía un lápiz ni un ratón y usaba el cerebro lo justo para no ahogarme en la piscina (me dio por nadar) y pedir una caña; y así, sin excesivos agobios, acabé en unos 9 meses (unos 15 días antes de la fecha de entrega en la convocatoria de junio).

No recuerdo pues que mi PFC fuera un trámite tortuoso ni especialmente sufrido y no por ser yo más ni menos listo de lo que soy ahora (bastante normalito, si me preguntan ustedes). Siempre he achacado lo fluido del proceso a la excelente guía de Álvaro y a que las circunstancias propiciaron ese modelo organizativo en el que la decisión de abordarlo como un trabajo con horario real y la distancia ayudaron a separarme de la obsesión habitual que acompañaba al proceso en la ETSAM.

Esta neurosis colectiva que flotaba en el ambiente de la Escuela propiciaba, en parte, bloqueos, tensiones, alargamientos improductivos de un trabajo que debía ser mucho más ágil (y desde luego bastante más gozoso) y no pocas frustraciones entre los alumnos. La situación del PFC, exterior al resto del bloque de asignaturas, y la inexistencia de formas de comunicación directas con los tutores (repito: no había WhatsApp, no era común tener internet en casa ni correo electrónico, los móviles aún no eran un objeto común…) dejaba al casi-titulado en un limbo de dudas, nervios e inseguridades que se retroalimentaba además de la rumorología tan normal en las carreras universitarias; de los mitos y leyendas -algunos lamentablemente muy reales- sobre tribunales, tutores, odios entre estos, tiempos de revisión de los trabajos, si se llegaba o no a leer la memoria etc.

En mi caso, todo ese ambiente quedaba muy lejos de Almería. Y, de nuevo, sin redes sociales, ni otra forma de comunicación que el teléfono o el fax (el tam-tam y la antorcha, casi), y en este caso para bien, lo poco que me llegaba no me produjo un estado de ansiedad excesivo. Vaya lo uno por lo otro.

Sin embargo, la cuestión de la distancia tuvo también su anécdota y su pequeño problema. El PFC se entregaba, como se hace aún hoy, en una caja tamaño A1. Ajeno a la vidilla “PFCera” de la escuela y yendo bien de tiempo me puse muy en plan arquitecto (odioso) y decidí diseñarme mi caja. En parte por esta cosa, ya digo: odiosa, que tenemos los arquitectos de querer relamer hasta el último detalle, y en parte porque cuando había ayudado a mi padre alguna vez en su estudio (les recuerdo que es Ingeniero de Caminos, gente seria) parte de mis tareas habían consistido en encargar a una reprografía de Madrid (de la que lamento no recordar el nombre) cajas para los proyectos. Eran unas cajas de madera entelada, forradas por dentro en papel negro de buen gramaje, con asas y cierres de acero inoxidable.

[Si les parece un exceso, tengo que advertirles que el tamaño medio de un proyecto de 10 km de autovía son unas 6 cajas de aproximadamente 60cm de alto por 50 de fondo y unos 150 cm (un metro y medio, sí) de largo. Y que cada una podía llegar a pesar unos 40 kilos, llenas hasta arriba de tomos en DIN-A3].

Así que diseñé mi caja, en madera entelada negra mate de 7 mm de espesor, con asas inox y un cierre que era como un detalle de una pequeña falleba y que me costó un buen rato pensar (y que merece por si solo que alguien me hubiera dado entonces un golpe de remo bien gordo).

El aspecto era más o menos este:

20170906_144146

Arquitectos odiosos, diseñando like there’s no tomorrow

Finalmente, con mi PFC impreso, metido en una carpeta de solapas normal, me fui a Madrid dos días antes de la entrega en mi coche de entonces, un Nissan Bluebird que había sido de mi padre, a velocidad de seiscientos preconstitucional invadido por ese miedo que tenemos todos cuando transportamos entregas de que pase algo, no tanto temiendo por nuestra integridad física como por la de los planos.

Recogí al día siguiente la caja. Era preciosa y estaba fantásticamente construida. Supongo que en la reprografía, hartos del mismo modelo habitual, se habían esforzado muchísimo en que aquello quedara bien y la verdad es que daba gusto verla.

Y también que pesaba como no pueden ustedes imaginarse.

Sin embargo, aquello no me importó, o no me di cuenta llevado por esa ansia de verlo todo metido ya en la caja, listo, acabado, cerrado (con falleba) y preparado para entregar. La dejé en el maletero del coche, dejé el coche en el garaje y me fui de cañas con Jorge y Salva -no sin algo de miedo a que hubiera una inundación en el aparcamiento y se mojara el PFC-.

Al día siguiente habíamos quedado en el parking de la ETSAM para cargar las cajas entre los tres y llevarlas al pasillo de la primera planta (donde ahora está secretaría de doctorado) que era donde se entregaba entonces -en los mismos racks en que se hace hoy, si no me equivoco-). A todas luces, desde que abrimos los maleteros, se notaba que algo no iba bien. Las cajas de mis compañeros eran mucho más sencillas, iguales y, sobre todo, muchísimo más ligeras. Ambas tenían marcado el logo verde de Sancer. Por lo visto esa era la caja oficiosa de los PFC, no había nada que obligara a usarla, pero era por costumbre la que se empleaba, algo de lo que yo no me había enterado.

No le di mucha importancia en ese primer momento.

Le di alguna más cuando subir las cajas -las de ellos encima de la mía- a la primera planta fue como cargar grava en una cantera.

Y acabe de dársela del todo cuando Salva, con esa inteligencia tan suya -y tan murciana-, me dijo:

– Va a ser un problema para que lo pongas en el rack… pero es que va a ser más problema cuando lo tengan que sacar los del tribunal para verlo. ¿Tú quieres que el tío que te va a corregir venga encabronado porque esto pesa un quintal? ¿O prefieres que no le cueste tanto? Mira que en el tribunal hay gente mayor… que levantar esto nos cuesta a nosotros… Y espérate como se le caiga en un pie…

La imagen de Vicens tirando de la caja de marras, perdiendo agarre, dejándola caer, partiéndose un pie (o peor, cortándose el dedo gordo) y gritando “¡¡¡SUSPENSO!!!” mientras lo metían en camilla en la ambulancia -perdida la habitual compostura- me vino a la cabeza como si la estuviera viendo en HD.

Bajé a todo correr a Sancer, compré una caja estándar, despegué con cuidado el logo y el nombre que había colocado en la solapa frontal y los coloqué en la tapa. Me dio cierta rabia que el grabado con el título y el nombre se quedara en la caja antigua, pero entonces me vino la imagen de Campo Baeza partiéndose una mano al cerrársele la tapa encima y se me pasó rápido.

Guardamos la caja en el coche, donde estuvo unos meses hasta que por fin recogí el PFC ya aprobado y lo coloqué -con caja de Sancer y todo- dentro de nuevo.

Entregué así en la caja oficiosa, la misma que he visto este año usar a mis alumnos de PFC y que me ha recordado esta anécdota.

Es, lo asumo, una historia banal y más bien cómica. Una batallita, si prefieren, de los tiempos en que no había internet, usábamos Pri.exe y PLTs y el primer ordenador se compraba para hacer el PFC. Sin embargo, con los años he extraído algunas conclusiones:

La gravedad importa. Y el peso también.

Siempre es mejor hacer las cosas sencillas. No simples, pero sí sencillas. La complicación exagerada y autosatisfecha es, en ocasiones, contraproducente.

Aquello que proyectamos debe poder usarse sin complicarnos la vida y sobre todo sin complicársela a los demás.

Y, sobre todo, no hay que fabricar cosas que puedan lesionar a un catedrático que te va a corregir porque -con cierta lógica- igual va y se enfada.

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Written by Jose María Echarte

septiembre 11, 2017 a 13:14

3 comentarios

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  1. A mí no me hubiera importado lesionar un poco al presidente de mi tribunal, ¿eh?
    Y no es que le guarde rencor por desmenuzar mi proyecto por teléfono el día de antes de la defensa para explicarme con mucho, pero mucho mucho, lujo de detalles por qué estaba suspenso. Obviando eso sí, la razón real, que mi tutor había escrito una sola frase en mi informe que pedía, sin pedirlo, que para eso es un tipo elegante, que no me aprobasen.
    Para nada, no soy una rencorosa. No.

    Carabiru

    septiembre 11, 2017 at 23:42

  2. […] 2. José M. Echarte nos relataba hace poco su odisea personal a la hora de entregar en una caja que no cumplía con la “norma” 3. Hemos publicado textos pefeceros sobre lo económico, lo pedagógico, lo político, lo lógico y […]

  3. entonces la caja pesaba lo suyo

    actualizar

    noviembre 15, 2017 at 12:31


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