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Posrealidad y Precariedad Laboral

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Uno de los principales principios del capitalismo postfordista / plataforma, en el que los medios de producción han dejado de ser máquinas y han pasado a ser procesos e información, es —precisamente— el control de esa información o, por ser más precisos, de su percepción y representación fetichizada.

En otras palabras, ya no se trata tanto de la producción de propaganda como de la gestión de la percepción de esta a través del control de una narrativa que, a modo de vehículo mediático adaptable, posee la capacidad de transportar —y alterar a demanda del poder— casi cualquier mensaje.

La implantación de esa narrativa general apela no ya a lo económico sino a lo vital. Parafraseando a Lazzarato, se trata de aunar de forma indisoluble lo laboral y económico con lo personal e íntimo de forma que lo primero se convierta en un criterio de control de la validez de lo segundo.

Desde estos postulados la no conformidad con la narrativa generalizada que se transmite de arriba hacia abajo (del poder a las clases trabajadoras) no se entiende como una posición crítica o como un proceso de cambio dialéctico sino como una traición personal y un demérito vital. La «corrosión del carácter» de la que nos habla Sennet es cada vez más patente en un modelo socioeconómico que ha transferido al ámbito del trabajo parte de los parámetros del ámbito de lo reproductivo.

De este modo, y como ejemplo, la no aceptación de modelos laborales precarios —próximos a la esclavitud canónica en todos sus términos estrictos— no es ya una justa reclamación de derechos y un posicionamiento critico / beligerante propio de la clase obrera (extendida más allá del simplista y superado binomio blue collar / white collar), sino que se percibe como un problema de actitud vital (casi psicológica) calificando el inconformismo de vagancia o de abulia para cumplir con los objetivos de un falso proceso de meritoriaje que oculta —y he aquí la función principal de esa narrativa del control— una constante cesión de derechos cuya conquista ocupo a la clase trabajadora no pocos esfuerzos a lo largo del siglo XX.

En este sentido resultan interesantes las declaraciones de diversos cocineros, entre otros Sergi Arola, que ante las evidentes muestras de irregularidades laborales en su sector, se refugiaban en una falsa épica del trabajo sacrificado y heroico que significaba, eliminado todo artificio populista y todo metalenguaje, la renuncia a los derechos laborales básicos en beneficio de una casta explotadora que es, precisamente, la que desarrolla, transmite e impone esa falsa épica. En otras palabras: es especialmente significativo que a día de hoy sea necesario explicar el concepto de trabajo y salario y que se haya impuesto —no de forma casual— la equivalencia de formación con retribución salarial.

Llámese este fenómeno ‘uberización’ económica, falsa economía colaborativa, explotación vocacional (en los términos expresados por Remedios Zafra), o implementación del precariado (según los postulados de Guy Standing) el incremento de la capacidad mediática de un poder plutocrático globalizado ha expandido esa narrativa controlada, y pervertida, hasta formar una realidad paralela que se sobrepone no ya solo a la lógica sino a la propia realidad factual.

Este proceso no es en absoluto autónomo ni espontaneo. Antes al contrario es un sistema controlado y preciso. Para el ejemplo de los cocineros ya mencionado no es casual que una televisión pública como TVE mantenga en su parrilla un programa como Master Chef cuyos presentadores Jordi Cruz y Pepe Rodríguez defendían no hace mucho el «privilegio» de trabajar sin cobrar afirmando sin ambages el primero de ellos que «Un restaurante Michelin es un negocio que, si toda la gente en cocina estuviera en plantilla, no sería viable […]».

Por si esto fuera poco, la dinámica que transmite el programa es la de una individualidad egoísta y una mal entendida competitividad cuyo único objetivo es el de —a toda costa y sacrificando todo, sin reservas— satisfacer la exigencias de un jurado que insiste, ad nauseam, en la simplificación falsaria de que la vocación y el deseo (en buena medida narcisistas) son las únicas herramientas con las que un trabajador debe enfrentarse a su situación laboral, despreciando en el proceso toda otra consideración económica, moral y pecuniaria.

De nuevo, solo una percepción de la realidad alterada y controlada (en absoluto inocente) puede producir que el formato haya sido adaptado para niños a los que se expone a la muy poco edificante tarea de desnudar sus miedos  ante la audiencia, empleando su dolor, su tristeza o su llanto como espectáculo mediático. Para disfrute familiar —tal vez sea esto lo más asombroso— se somete a menores de edad (algunos en edades cruciales de su desarrollo cognitivo y emocional) a aberrantes procesos pasivo-agresivos de valoración que pretenden ser motivacionales y son en realidad una impostura simplista cargada de metáforas falaces.

Resulta pues interesante analizar este sector, en el que se aprecian claras trazas de un mesianismo hiperdesarrollado gestionado por los cocineros-estrella y, más aún, por sus inversionistas, figuras generalmente ocultas pero que controlan en última instancia el modelo narrativo / mediático.  En este campo la autocrítica ha sido desterrada y, como veíamos, la expansión de la realidad paralela y controlada ha asfixiado cualquier opción de análisis intelectual.

Solo desde esta interpretación puede entenderse que un personaje como Ferrán Adrià, en una reciente entrevista en el Cinco Días, diario económico asociado al El País, respondiera a una pregunta sobre la —evidente— falta de diversidad de género en la cocina con una apelación a la necesidad de salarios decentes.

ENTREVISTA

El cocinero, reconvertido en gurú mediático, parecía olvidar que tan sólo hace 8 años se publicaba el libro de Lisa Abend “The Sorcerer’s Apprentices: A Season at el Bulli”. El texto —sancionado al parecer por Adrià— describía la experiencia de Abend a lo largo de un año visitando el restaurante para observar su funcionamiento y centrándose en la vida de los llamados ‘stagiares’ (becarios o aprendices) del cocinero catalán.

La descripción que se hacía en la reseña de The Guardian, no deja lugar a dudas de lo que realmente eran esos «aprendices del hechicero» que trabajaban sin cobrar, sometidos a disciplina laboral y con horarios estrictos (algo imposible en un becario), para acabar en muchos casos arruinados.

ABEND_2

La parte subrayada, traducida:

«[…] Cada año 3000 jóvenes, hombres y mujeres, se postularan para convertirse en ‘stagiares’ de El Bulli, un trabajo por el que no se les pagará […]»

«Las ‘comidas familiares’ del restaurante —la comida que los cocineros comparten antes de cada servicio—  se consideran las mejores del mundo. Se facilita la estancia. Pero más allá de esto el régimen es brutal y desconcertante.»

«Muchos completan su estancia sintiéndose engañados, no habiendo aprendido en absoluto a cocinar nada nuevo. Muchos están arruinados —lo que hace aún más pésimo que su empleador ni siquiera aporte el efectivo para la fiesta de final de temporada (en 2009 se les cobro a cada uno 27 euros).»

Podríamos entender que quizá la interpretación de Abend no se ajusta a la realidad, a pesar de que la precariedad laboral y la explotación vocacional son de sobra conocidas en el sector, sin embargo, en el artículo de Corey Mintz “A cycle of exploitation: How restaurants get cooks to work 12-hour days for minimum wage (or less)” (un título suficientemente explicativo) es el propio chef quien responde al ser cuestionado por el autor a este respecto.

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De nuevo, traduzco:

«En 2008, entrevisté al chef Ferrán Adrià cuando todavía llevaba elBulli, posiblemente el mejor restaurante del mundo. Como muchos restaurantes de alta gama, elBulli participaba de la tradición del ‘staging’, que significa trabajar en una cocina gratis, para aprender o con la esperanza de ser contratado. Pregunté a Adrià cuantos cocineros tenia haciendo ‘staging’: en aquel momento eran 25 stagiares por 10 cocineros de plantilla. Preguntado por una justificación para que la mayoría de su mano de obra en la cocina no fuera pagada, Adrià me dijo que elBulli no podía entenderse como un negocio o ni siquiera como un restaurante, que era “una forma de entender la vida”.»

En resumen, en su respuesta original a Cinco Días, no solo minimiza el cocinero catalán la evidente discriminación heteropatriarcal del sector, sino que lo hace con un llamamiento al pago de salarios justos. La realidad, al menos como la describe Abend y como parece asumir el propio Adrià, es que sus prácticas empresariales distan mucho de esa ferviente defensa del trabajador. La inconsistencia del discurso mediático del chef es aún más perversa al entender que es precisamente ese modelo precarizado y clasista uno de los principales obstáculos para que la mujer alcance la igualdad laboral plena, desde la Sibila de Remedios Zafra en “El entusiasmo” a las arquitectas explotadas.

Adrià está así empleando como justificación, sin ocultarse, la descripción estricta de los fenómenos de precarización laboral que han desarrollado Guy Standing, Negri y Lazzarato o Evgeny Mozorov. Este último postula la existencia de un proceso en el que la cesión de derechos fundamentales se disfraza (se fetichiza, en los términos marxistas clásicos) de elección libre de un estilo de vida. De una forma de entender la vida, en palabras de Adrià, cuya negación será percibida como un demérito del trabajador, quien entregará sus derechos, precisamente, a los desarrolladores —y principales beneficiarios— de esa retórica narrativa: los poseedores (de nuevo en los términos marxistas clásicos) de los medios de producción que ya no son maquinarias o fabricas sino la gestión de esa narrativa, entendida como flujo de información y de descodificación del mensaje.

Podríamos entender que Adrià tiene mala memoria. Sin embargo, la explicación más lógica es que el cocinero (al que empleamos aquí como ejemplo) está convencido de lo que dice porque se considera ajeno a la realidad económica que rige para los demás y se ha situado en una posrealidad paralela —ordenada a través del discurso narrativo de unas elites extractivas— que ocupa la totalidad del espacio social convirtiéndolo en un área de impunidad.

No es extraño que Adrìa prefiera esta realidad sin consecuencias: el cocinero sigue siendo invitado a la televisión pública, alabado como ejemplo de empresario y reverenciado como artista —algo que dista mucho de ser— sin que su imagen mediática haya sido en absoluto sometida a critica —o simplemente cuestionada— de la forma en que lo haría una afirmación similar en boca de un empresario cualquiera.

Sin embargo si lo es que parte de la clase trabajadora esté en tránsito (o ya inmersa) en este ámbito posrealista que les somete a un enfrentamiento clasista, antisolidario y precarizador con la sola promesa de, en escasísimas ocasiones, ocupar un lugar en la plutocracia extractiva y seguir perpetuando el modelo.

Es esta la última perversión del proceso. El surgimiento del estado del bienestar dependió en buena manera de la unión de los trabajadores y es el debilitamiento de esta unión a través de esta falsa meritocracia competitiva camuflada como elección vital uno de los principales elementos de erosión de una, cada vez más necesaria, recuperación de la conciencia de clase de los trabajadores, precarios y explotados.

 

 

 

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Written by Jose María Echarte

febrero 1, 2019 a 15:16

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