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Aquí también hay que leer compulsivamente (LFC)

Arquitectas Brillantes

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Tweet del Chicago Tribune. El original aparece tachado y manipulado para reflejar la realidad.

En la representación mediática de las olimpiadas de este verano tuvimos una buena muestra de machismo y patriarcado del más alto nivel. La tiradora olímpica y medalla de oro Corey Cogdell se convirtió para el Chicago Tribune en “La mujer de un línea de los Bears” (en la imagen), ese panfleto insufrible que es Marca se dedicaba a hacer bromas sobre la constitución física de Teresa Almeida, portera de balonmano de Angola, a destacar el, perdónenme la claridad, culo de Winnifer Fernández antes que sus méritos deportivos en el equipo de volley de Republica Dominicana o a hacer denigrantes y rancios juegos visuales con los encuadres de la fotos de Mireia Belmonte, nadadora española y oro olímpico.  [A este respecto, les recomiendo el artículo de Lidia infante en Locas del Coño, donde junto a estos hay otros sangrantes ejemplos y el podcast de Bitchmedia: Popaganda, dirigido por Sarah Mirk, sobre mujeres en las olimpiadas]

Añadan es estas lindezas las constantes preguntas sobre si tenían o no novio, sobre sus vidas personales, sobre lo que se ponían o se dejaban de poner o sobre infinidad de temas absurdos en ese contexto y que jamás se plantearían a atletas masculinos.

No se sorprendan, pero en el campo de la arquitectura estamos, lamentablemente, a la par; incluso cuando quienes emplean este paternalismo rancio y machista dicen pretender -ah, la ironía- justo lo contrario. Es el caso del terrible artículo que Yo Donna (la filial de ElMundo destinada, o eso dicen, a la mujer) nos presentaba el viernes 18 de noviembre a las 20:08 en su edición digital.

Terrible. Sin medias tintas. No puede calificarse de otra manera un artículo que bajo el título “Diez arquitectas brillantes que han alcanzado la cima” comienza con la siguiente frase:

arquitectas

Imagen del artículo, capturada el 19-11-2016

La tónica se mantiene a lo largo de todo el artículo. A las arquitectas se las presenta siempre a través de sus asociados -hombres- o, lo que es peor, a través de sus parejas -masculinas- o maridos –aspecto este que debería ser absolutamente indiferente cuando de lo que se trata es de una labor profesional que, cierto es, puede ser de equipo-. A dos de ellas en concreto a través de Enric Miralles que las precede y las introduce como recurso en el cuerpo de un texto que empieza mal y, como vemos, va a peor línea tras línea.

Continuemos…

Así, en este supuesto artículo sobre mujeres, sobre arquitectas, sobre profesionales que han alcanzado el éxito encontramos (los corchetes son míos):

Que Carme Pinós “compartió corazón y proyectos innovadores durante 15 años con el reputado arquitecto catalán Enric miralles”.

Que Benedetta Tagliabue aparece porque “Enric Miralles [la] incorporó a su vida y a su estudio”.

Que “[Victoria] Garriga y su socio, Toño Foraster (estudio AV62), ya sabían lo que implicaría construir en zona bélica”.

Que “Desde 2010 [Belinda] Tato y su pareja, el también arquitecto José Luis Vallejo, imparten clases en la Universidad de Harvard”.

Que “Fuensanta Nieto es la más extrovertida del tándem. Conoció a su marido, Enrique Sobejano, en Nueva York cuando ambos ampliaban estudios en la Columbia University”.

Que “Como era previsible, [Elsa Urquijo] habla poco del ‘boss’ Ortega. Su único comentario sobre el magnate textil es un diplomático “trabajar para él resulta un gran honor y un continuo aprendizaje””.

Que “[…] el primer proyecto importante de Matilde [Peralta] en solitario (antes estaba ligada al estudio Mansilla y Tuñón) fue transformar el antiguo mercado de Abastos de Navalmoral de la Mata en un teatro futurista.”.

Las arquitectas se definen así constantemente a través de sus parejas (Que son reputados a origen, a pesar de haber empezado a la vez), sabiendo cosas junto a sus socios (pero por lo visto no de forma autónoma), por haber sido incorporadas a la vida de un hombre, por su posición en el tándem (Curiosamente las extrovertidas), por haber empezado su carrera en un estudio con dos reconocidos arquitectos como jefes o por la presencia de un “boss” [sic] que no viene al caso y sobre el que al parecer, a pesar de la temática, no puede la redactora evitar preguntar. La narrativa, perversa, que subyace en todo el texto es la de que al lado de una arquitecta (o peor aún, por encima de ella) hay siempre un hombre ejerciendo el papel de reputado maestro, guía o jefe. Cargado de condescendencia y un paternalismo estructural que permea no solo la forma en que se aborda la pieza sino –y esto es lo más peligroso- el mensaje que transmite.

¿Alguien se imagina el mismo comienzo en un artículo sobre 10 arquitectos españoles? ¿Sobre, por ejemplo, Enric Miralles? ¿Sobre cualquiera de las parejas de estas 8 arquitectas a las que se incluye en una narrativa a medias donde parece absolutamente necesaria la presencia de un hombre para justificar cualquier aproximación a la cuestión profesional?

Sin embargo, siendo esta la posición más evidente del artículo hay otras cuestiones de fondo, soterradas, que merecen señalarse dentro de esta constante de desinformación y banalización de lo que no es sino un problema de primer orden: las enormes dificultades de las arquitectas españolas en su propio país.

El texto –desde su título- parece pretender la presentación de modelos a imitar. Retratar a arquitectas de reconocido prestigio que narren su experiencia al enfrentarse a un mercado (y una sociedad) profundamente patriarcal en la que el machismo (desde el de trazo grueso al micromachismo mucho más ladino) es una lacra pesada y permanente contra la que no cabe otra posición que el activismo claro y sin ambages.

Mi propia visión al respecto de esta forma de enfrentar la cuestión –en el campo de la arquitectura- ha variado con los años y sigue resultando inestable. No puedo negar que el empleo como ejemplo de arquitectas pertenecientes a una sola rama de la profesión (la de –asumo la simplificación del término- proyectista, en este caso además provenientes exclusivamente de Madrid o Barcelona, en su mayoría salidas de la ETSAM) me ha parecido siempre peligroso, independientemente de la admiración que por casi todas –no puedo, lamentablemente decir que por todas y me explicaré después- profeso.

Perdemos por esta vía –la de considerar que la profesión se reduce a una sola de sus ramas- la oportunidad de ampliar el espectro de profesionales que no solo son excelentes en un campo que ofrece pocas facilidades a las mujeres sino que además lo son aumentando los limites laborales de la disciplina. Sin ánimo de ser exhaustivo (habría cientos, miles de ejemplos): los colectivos Un día una arquitecta o Hai mulleres, con una labor constante y pedagógica en este terreno, Verónica Sánchez arquitecta redactora de dos magníficos informes sobre implantación de hospitales de campaña en zonas afectadas por el ébola para Médicos Sin Fronteras, Almudena de Benito desde Chiquitectos, O Eva Álvarez con su labor constante desde Valencia (Y a la que debo mi cambio de perspectiva respecto a este mismo asunto).

Podría parecer que esta cuestión, llamémosla de selección de sujetos ejemplarizantes, es menor. No lo es tanto si consideramos que en la arquitectura el empleo de ejemplos profesionales a los que se valora exclusivamente en función de sus resultados objetuales ha producido una narrativa en la que los medios por los que esos resultados se obtienen quedan en un conveniente limbo. En otras palabras: el modelo valora el objeto (empleando una definición amplia del termino) y no los procesos de producción del mismo. Esta extraña medida del éxito –tremendamente neoliberal, clasista incluso, y que, como ejemplo, es la misma que ensalza a Amancio Ortega por su posición en la lista Forbes sin considerar otras cuestiones- fomenta una valoración profesional puramente estética y en pocas ocasiones ética y, con ello, genera una afasia laboral capaz de consentir con fenómenos de explotación masiva de trabajadores (falsos autónomos, becarios sin sueldo, etc.) sin que haya consecuencia ninguna para el explotador. Es más: en un modelo de narrativa profesional que antepone ese éxito público (estético) a la producción sostenible y ética (o por ser más claros, a la misma legalidad laboral) suele ser común que muchos de los recipientes de esos reconocimientos profesionales ejerzan una u otra forma de dominación laboral espuria, ayudados por una estructura educativa que transmite en ocasiones la idea de este meritoriaje como una necesidad para “adquirir experiencia” y que confunde, de forma  perversa, la formación del trabajador (una inversión del empleador) con el salario. El “arquitecto reconocido” controla así algo que a los jóvenes estudiantes se les enseña a desear más que cualquier otra cosa: ese mismo reconocimiento público; una suerte de arcano indescriptible que se trasmite por contacto y ósmosis y que demanda, a cambio, la sumisión absoluta y la renuncia a los derechos laborales más básicos.

Explica esta breve descripción de la realidad laboral de los arquitectos mis reticencias con los modelos ejemplarizantes, sin embargo asumo que estos son necesarios para establecer una nueva percepción de la mujer en el campo de la arquitectura (precisamente la que no produce el artículo que nos ocupa). Permítanme aquí una digresión personal. Como docente, nada me duele más que comprobar como -a igualdad de capacidades y compromiso, asumiendo que en ambos casos sean excelentes- las alumnas tienden a  permanecer en un opacado segundo plano mientras sus compañeros masculinos asumen una posición mucho más activa en el aula. Entiendo que –en el caso de mis alumnos- esta distribución de roles no es algo premeditado y doloso, sino que se basa en una cuestión patriarcal subconsciente. En un modelo que perdona los errores masculinos y castiga los femeninos, y que -a la postre- transmite la construcción inconsciente de que si para los hombres la presencia en el aula es algo consustancial a su condición, que no necesita justificación, para las mujeres, en cambio, es una gracia, un permiso que conviene no hacer demasiado patente y que está en permanente revisión.

Es precisamente en este sentido en el que entiendo que esos ejemplos, esa nueva narrativa feminista de una profesión que tradicionalmente ha castigado a la mujer (Aino Aalto, Charlotte Perriand, Lina Bo Bardi, Anne Tyng, Lilly Reich, y tantas otras) es absolutamente necesaria, pero, siéndolo, nos obliga a emplear no sólo nuestra manida –y fallida- medida del éxito sino otra mucho más inclusiva, mas ética.

Defiendo hace años que tan importante como esta cuestión de la visibilidad de las profesionales de éxito (generalmente arquitectas en el ejercicio de la profesión libre) lo es la de las condiciones laborales del resto de mujeres que pertenecen al campo de la arquitectura (generalmente trabajadoras por cuenta ajena). Que tan importante como reconocer la labor de Aino Aalto es un activismo inquebrantable que reivindique unas condiciones laborales justas que reestructuren un tejido profesional cuya predisposición a la economía sumergida tiene su primera consecuencia para las arquitectas. Lamentablemente todos sabemos a lo que nos referimos: Preguntas sobre el deseo o no de ser madre en entrevistas de trabajo, despidos –sin paro, pues no hay contrato- a la mínima sospecha de embarazo, falsas autónomas sin posibilidad de baja por maternidad o lactancia, etc.

Desde esta reflexión, me resulta pues incomprensible que se incluya en este supuesto artículo de empoderamiento de las arquitectas a Benedetta Tagliabue, quien hace un tiempo hablaba sin el más mínimo comedimiento en estos términos (aquí el original):

altruistas

Recorte de la página de DiarioDesign recuperado el 20-11-2016

Dejo a su criterio lo que puedan llegar a ser trabajadores altruistas. En el mío, no se puede ser un trabajador si no se cobra un sueldo digno y justo. No hay altruismo en el trabajo para una empresa de servicios.

Por abundar en el tema sin extenderme demasiado les recomiendo la lectura del artículo anterior de este mismo blog. Les diré, no obstante, que la ecuación es sencilla: el empleo de esos trabajadores altruistas –o por ser claros de una vez, de mano de obra gratuita a la que no se paga- pervierte un mercado del que las primeras afectadas serán, no tengan la menor duda, las arquitectas a las que se castiga con los prejuicios de una sociedad patriarcal que añade al conocido“Prefiero contratar a un hombre que a una mujer” el igualmente reaccionario “prefiero tener 10 trabajadores que no cobran que una mujer que me pida bajas, lactancias, reducciones de jornada etc.”

Que la arquitecta en cuestión remate su intervención en el artículo con la siguiente frase:

“Aquí, había profesionales muy preparados sin trabajo. Se han tenido que ir fuera a ofrecer sus capacidades, y el resto del mundo se ha sentido feliz de acogerlos. Pero sería absolutamente necesario que volvieran”.

Añade al concepto falso de “impulso aventurero” acuñado por Marina el Corral, secretaria de inmigración del anterior gobierno del PP, para el drama de la emigración el perverso de desear una vuelta de un exilio que, es mi opinión personal, se ha contribuido a producir mediante ese trueque que ha convertido la formación en el sueldo de los trabajadores, a los becarios sin pago en obreros desechables y a las empresas en academias falsas y distópicas. ¿A dónde espera Tagliabue que vuelvan los jóvenes? ¿A un puesto de trabajador altruista?

Es necesario, como profesión, que abordemos estos problemas. El de la visibilidad de la mujer y también el de la perversión laboral del sector que afecta en mayor medida a las arquitectas. Es necesario que lo hagamos superando absurdos patrones y criterios que se mueven en el terreno de lo mediático y lo banal para adentrarnos en un activismo sólido, consciente, beligerante y reivindicativo. Uno quizá menos visual, menos retratable con estilismo moderno en edificio al uso, pero uno más enraizado en una lucha por los derechos de las arquitectas al que no son ajenos los profesionales en activo ni una labor pedagógica imprescindible en nuestras universidades sin la que cualquier otra medida será estéril.

Entre otras cosas, y me perdonaran este momento asumo que algo paternal (y espero que no paternalista), porque tengo una hija. Y si algún día en lo que ella decida es una profesional excelente y acaba entrevistada en un periódico, espero que mi nombre no aparezca en ningún sitio.

Written by Jose María Echarte

noviembre 20, 2016 a 12:35

5 comentarios

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  1. Bravo, bravo y mil veces bravo. Gracias por tocar un tema incómodo para muchos y donde la perspectiva de un hombre es necesaria. Gracias por tener sentido común, que hace demasiada falta.

    Amparo Martínez Vidal

    noviembre 20, 2016 at 20:23

  2. Gracias por enmendar acertadamente el desastre de articulo de El Mundo. Cayó en mis manos ayer y me dio vergüenza ajena. Mi esposa es Arquitecta de la ETSAM y espero que nunca se hable de su profesionalidad o éxito en el sector relacionándolos, de alguna forma, con su rol tradicional de hija/madre/esposa, para no herir la sensibilidad del heteropatriarcado por no apuntarse un tanto extra con ello.

    Carlos

    noviembre 21, 2016 at 5:09

  3. Todavía quedan muchos, demasiados, estereotipos que romper.

    Laura

    noviembre 21, 2016 at 11:51

  4. […] Accede al artículo, AQUÍ […]

  5. El día que empecemos a hablar de personas, habremos avanzado mucho.
    Hay muchos clichés que cambiar, muchas torpezas que pulir, muchas cosas que aceptar. Vamos por buen camino, aunque queda mucho por delante.
    Camino se hace al andar.

    PD: el Marca, As o basura semejante, son puro vómito impreso. Que sea la prensa más leída, preocupante.

    Nikodemón

    noviembre 23, 2016 at 13:43


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