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Aquí también hay que leer compulsivamente (LFC)

Gravitas Goes a Long Way

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El peso y el peso.

El peso y el peso.

El peso es fundamental. Todo tiene su peso.

La gravedad es importante.

El peso no es necesariamente la equivalencia de su masa atraída por la fuerza de la gravedad, esto es, no es necesariamente una medida comparativa que emplea como patrón un cilindro de platino e iridio guardado en Paris.

No, no es eso, pero eso también es importante. Las cosas tienen cierta gravedad… y la gravedad… la gravedad tiene también su importancia.

Ya sé que es difícil de entender. Suelo explicarlo con Superman.

Superman, lo han adivinado, pesa. O debería pesar. Un buen Superman es el que pesa. Digo esto sin saber –ni importarme- cuánto pesa realmente Superman. Podría ir a mirarlo a mi guía del universo Marvel, pero da igual. Porque Superman puede pesar ¿90 kilos? ¿100? Pero lo importante es que PESE. Eso y las botas. Las botas tienen que estar bien, claro. Pero esto es una obsesión personal que les ahorro.

Por dónde íbamos…. Ah sí, Superman debe pesar. Cuando despega (Ultima encarnación, Henry Cavill, dirigida por Christopher Nolan) debe notarse que tiembla hasta el misterio. Cuando aterriza… no puede posarse. No solo porque F = m x a sino porque, qué diablos, Superman pesa. Tiene ese nivel de gravedad.

Este es el truco de J.J. Abrahams para hacer remakes de películas a las que nadie se acercaría, entre mitómano y cobarde, pues los riesgos de decepcionar a legiones de fans que en cierta medida han acabado por atribuirse la posesión del canon son mayores que los beneficios. J.J. es un chico listo y sabe que las cosas deben pesar. Que nunca son mejores que cuando pesan en formato bigger tan life. Que el Enterprise nunca es mejor que cuando lo vemos estampándose contra el suelo o ardiendo entre nubes, que verlo en tierra, apuntalado, sujeto… da una idea de su peso, y de su PESO.

Lo mismo va a ocurrir en Star Wars. En la nueva entrega, parece que por fin las cosas van a pesar. Esos Cazas X volando por encima de un lago y levantando una nube de agua, pesan. Tienen gravedad. Quizá el guion sea después malo. Quizá nos haga rechinar los dientes y alzar nuestros sables luz en franca rebeldía, pero algo habremos ganado al descubrir que por muy lejana que esté una galaxia, y por mucho tiempo que haya pasado, y aun sin saber si en Kashyyk la gravedad es mayor o menor que en la tierra… percibiremos el peso de las cosas. Y el peso es el peso, pero es la velocidad. Es la aceleración. Es la propiedad (por apropiado). Es la realidad grave de lo grave y la gravedad.

Pero esto es un texto sobre arquitectura. Y la arquitectura pesa. No en la forma en la que Buckminster Fuller se lo preguntaba a Norman Foster. O al menos no sólo. De hecho, parecería que el problema de algunas de las últimas obras del señor del Támesis es que no solo han dejado de pesar en lo material (Cosa que está muy bien) sino en otros aspecto que por estar relacionados con la gravedad de la cuestión (y no con la de Newton) son si cabe más graves.

Porque el peso es esa gravedad, esa gravitas, que no podemos definir pero que podemos sentir. Que Ocurre en La Tourette donde la capilla, como una presa de espiritualidad, pesa y pesa… y ocurre en el proyecto para la Peterschule de Hans Meyer, donde nada pesa y todo lo hace.

Quizá por que ese peso, en arquitectura, es civilización, es capacidad para civilizar. Es respeto. Es cuidado. Es contexto.

Empecé a escribir este pequeño articulo como un juego sobre la palabra peso que alguno de mis profesores empleaba en sus dos acepciones (Que probablemente peor que ellos he tratado de explicar), mientras lo acababa nos llegaba la triste noticia de la muerte de Antonio Jiménez Torrecillas. Y quizá las coincidencias existen, porque Antonio era un arquitecto que pesaba, pleno de gravedad por ser pleno de humanidad y de civilización. Sus obras pesan, a pesar de esa bellísima ligereza que las llenaba de luz, de espacio. Sirva este texto como un pequeño y humilde homenaje a un arquitecto, más aun una persona, cuya gravedad (por gravitas) se percibía en cada palabra amable, en su conocimiento tan generoso con los demás en cada pequeño y delicado gesto de su arquitectura desde la torre del homenaje a la muralla Nazarí, desde la tienda Dalbat al centro José Guerrero. Una arquitectura que nos queda… magnífica, con peso, pero incomparable con el peso de su autor.

Because gravity, you know… gravity goes a long way. And so does gravitas.

Written by Jose María Echarte

junio 22, 2015 a 11:56

Una respuesta

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