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Aquí también hay que leer compulsivamente (LFC)

Meritorios

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España, siglo XX. Una duda atormenta a los españoles. O al menos a los españoles que se quedan hasta el final de los títulos de crédito de las películas. O al menos a los que se quedan en los pocos sitios en los que no cortan los títulos de crédito. (Esto era costumbre habitual. Años 80, esa época donde todo lo hacíamos a sablazos y lo políticamente incorrecto era norma).

Entiendan un poco el entorno: España, años 80, el nivel de inglés del personal es más bien malo, no hay internet ni teléfonos móviles, ni wifi. It is very difícil todo esto. No es de extrañar por tanto que si uno se quedaba a los títulos de crédito navegara entre puestos de trabajo que eran sencillos de identificar y otros bastante más complicados de traducir.

Entre estos últimos, dos se llevaban la palma: Best boy y Gaffer, y de los dos era best boy el que llamaba más la atención.

¿Qué era exactamente el best boy?

A nuestro rescate acudió el que era en aquella época el programa mítico de cine en España: “Polvo de Estrellas” con Carlos Pumares. Empezaba justo después de García con los habituales retrasos y en su mayor parte consistía en oyentes que llamaban y preguntaban sobre cine (salvo unos fantásticos especiales entre los que destacaba el de 2001, que repetía todos los años). Un día, harto de que le preguntarán por el best boy, Pumares se descolgó con una claridad rayana en lo doloroso (parafraseo):

El MERITORIO. Eso es el meritorio de toda la vida. El eléctrico, para más señas, pero meritorio. Vamos, que cobra poco o no cobra.

Una decepción bárbara recorrió la geografía patria. Tanto misterio para que el best-boy acabara siendo un meritorio. Para los que no estén acostumbrados al término, que pese a lo sonoro adolece de un cierto desuso, el meritorio es aquel que trabaja sin cobrar haciendo méritos –de ahí la definición- con la esperanza de conseguir una plaza en la que (Oh aleluya) consiga que le paguen.

¿Les suena?

Lamentablemente me imagino que sí.

Los arquitectos tendemos con cierta frecuencia a atropellar el lenguaje. Muchas de las veces a los mandos de un Mini- Cooper, un Jaguar o un Cadillac, esto es, empleando anglicismos poco justificados y combinaciones de términos no por ingeniosas menos incorrectas.

Si a ello sumamos la tradicional jerga del discurso automático (Del que recomiendo la versión tradicional y la versión bingo de Uriel Fogué) nos encontramos con un proceso cuya principal función no es la de transmitir solo un significado depositado en unos muy particulares significantes sino la de establecer un subtexto en el que se entablan relaciones de control y –irónicamente, en un discurso explicativo- ocultamiento de la realidad.

Esta versión significante dulcificada para consumo de masas –una suerte de música easy-listening que desbasta los ángulos y aristas del lenguaje y sus implicaciones socioeconómicas y éticas- tiene especial interés en lo tocante a la cuestión laboral donde los eufemismos, los anglicismos, las elipsis y las paráfrasis metafóricas están significativamente más presentes y donde es más perversa (que tiene la capacidad de actuar en sentido completamente contrario) su labor comunicativa que muta en una pura cuestión propagandística de opacamiento de la realidad.

Así encontramos la extensión prolífica en los últimos tiempos de los términos: becarios (sin beca), interns, internships, internships no remuneradas, colaboradores, trabajadores altruistas y hasta neotrabajadores (En un informe del Consejo Superior, para más señas). En esta desubicación de lo laboral hay estudios que exhiben un listado de colaboradores históricos que en tres décadas roza los 1.000 individuos.

Repito. Mil. En tres décadas: Una media cercana a 30 colaboradores al año (Que ya no están). ¿Puede una empresa funcionar con semejante volumen de entradas y salidas de personal? ¿Qué es por tanto en esta lista un colaborador? Queremos pensar que todos han sido contratados o que todos gozaban de becas y no imaginar que son, en realidad, otra cosa y que el término colaborador ocultaría un nivel de discurso clasista y neoliberal endulzado con los barnices de lo artesanal y comunitario frente a lo que en realidad no es sino –lo han adivinado- precariedad. Meritoriaje; trabajar sin cobrar con la esperanza de llegar a cobrar algún día o, acudiendo a la teoría Marxista clásica, regalar la fuerza de trabajo cuyo control y valor es el arma más poderosa del trabajador.

Se pierde así por el camino cualquier posibilidad de dignificación del proceso de producción, del desempeño realizado o de participación justa en las plusvalías producidas. En paralelo, y esto sea quizá lo más peligroso, ese discurso emitido por los dueños de los medios de producción –esto es, por los “empleadores” que habitualmente ocupan puestos preeminentes en los procesos educativos y de generación de una narrativa profesional- es asumido sin filtro por los posibles empleados ya desde su periodo formativo convirtiéndolo en una condición sine qua non para acceder a determinados nichos de un árbol de labores profesionales que durante años ha sido convenientemente podado hasta lo ridículo (en parte por el empleo en instituciones educativo – organizativas de un discurso de similares características, cargado de mensajes absolutamente dirigistas y binarios [lo bueno / lo malo – los arquitectos / los ingenieros – la arquitectura de verdad / el urbanismo – la empresa / la arquitectura, etc.)

Asociada a esta perversión lingüística y discursiva sobre el trabajo no es menor la que extiende el ocultamiento a la pura cuestión espacial / empresarial. Así, las oficinas dejan de serlo para convertirse en “talleres”, “entornos”, “academias” o incluso –en un estadío superior que aúna todo lo anterior- “experiencias”. En palabras de Naomi Klein en su fantástico “No Logo”, el gran descubrimiento de NIKE fue que ya no vendían zapatillas, vendían NIKE. Vendían una forma de vida inalcanzable, una experiencia vital. La misma cuestión opera en nuestro caso cuando lo que se oferta no es un puesto de trabajo o –incluso- unas prácticas o una becaría y se cambia el significante por el de “Experiencia”, mucho más intangible y no sujeto a las mismas normas (legales y morales) que aquellos pese a perseguir los mismos resultados. Si NIKE descubrió que la forma de vida no dependía de si las zapatillas duraban más o menos, algunos avispados arquitectos han descubierto que las “experiencias” no tienen regulación laboral, horarios o sueldo y que por tanto las expectativas ya son lo suficientemente difusas como para empezar con ventaja en una relación de poder –de dominancia- en la que el aplicante –como veíamos- rinde a origen no solo sus derechos sino también las armas para aplicarlos.

Nombrar las cosas es, en parte, poseerlas. Adquirir una relación con los significantes (en absoluto neutrales) que se manifiesta en sus significados y se traslada a los discursos que generamos. Esta asignación ha circulado en la disciplina por caminos cuyo objetivo no era tanto el de producir una narrativa de lo horizontal, de la trasparencia ética y de la equidad sino la perpetuación de un discurso mitificado en el que lo estético y lo ético se confunden (dominando el primero como elemento definidor de ambos) desligándose de unos medios de producción cuya indefinición no es casual ni fruto de la moda.

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las cosas, por su nombre

Meritorios. Somos meritorios. Tengo la sospecha de que probablemente, esos 1.000 colaboradores, eran en su mayoría meritorios y esto –de ser así- en una empresa de servicios, escapa de lo racional. Si la palabra no les suena o su empleo se les hace extraño, ajeno, es tal vez porque su significado, lo que representa –asociado a la cuestión artesanal en la que el maestro era también el proveedor de sustento en forma de casa y comida- fue superada hace años [Sin que esto signifique que el mercado laboral español no tenga sus propias disfunciones, muy significadas]. Visto lo visto, no obstante, creo que deberíamos empezar a recuperarla. A usarla. Porque llamar a las cosas por su nombre preciso, sin eufemismos ni ocultaciones, es la forma de empezar a darles relevancia y de construir un discurso de activismo visibilizador contra lo que no deja de ser una disfunción (y en parte una lacra) inexplicable y, en pleno siglo XXI, intolerable.

[Acompañan a este artículo dos formatos para pegatinas / chapas. Les recomiendo que las usen. Son todas suyas]

Written by Jose María Echarte

octubre 24, 2016 a 12:53

Una respuesta

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  1. […] abundar en el tema sin extenderme demasiado les recomiendo la lectura del artículo anterior de este mismo blog. Les diré, no obstante, que la ecuación es sencilla: el empleo de esos trabajadores altruistas […]

    Arquitectas Brillantes | n+1

    noviembre 20, 2016 at 12:35


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