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Aquí también hay que leer compulsivamente (LFC)

Habemus Presidente

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Emmeline Pankhurst, votando Ca. 1910.

Lluís Comerón, a la sazón decano del Colegio de Cataluña, ha sido elegido para representar a los arquitectos españoles durante los próximos cuatro años. Es este un pequeño eufemismo perverso, puesto que aunque a la postre sus desempeños tendrán este fin, lo cierto es que el cargo que ahora estrena es el de Presidente del Consejo de Colegios de Arquitectos de España, esto es: representará a los Colegios, y con ellos a los colegiados por supuesto, pero la distinción no es baladí.

Volveremos a ello más delante pero permítanme ahora, creo que es lo suyo, que felicite al presidente saliente, Jordi Ludevid. Creo que el Consejo, con sus muchos fallos clásicos, ha mejorado muchísimo respecto a cómo lo dejó su predecesor. Es algo más trasparente, se perciben menos luchas intestinas (que sospecho sigue habiendo, las labores humanas son así) y –si otra cosa no fuera reseñable- gestionó el peligro de la Ley de Colegios y Servicios Profesionales (LCSP), una autentica amenaza neoliberal y desnortada a los principios que rigen la habilitación profesional en España, con buen criterio. Cierto es que la ley no está olvidada sino solo aparcada, pero a estas alturas, creo conveniente contar las victorias por pequeñas que pudieran parecer.

Si justo es reconocer los logros, creo que también lo es felicitar al ganador y desearle una buena travesía. No es poco lo que enfrenta el nuevo Presidente, ni de pequeña magnitud. La LCSP, como decíamos, no está olvidada y las tentaciones pseudo neoliberales de este gobierno que de Hayek ha leído solo la contracubierta y de Von Mises la sinopsis, resulta siempre peligrosa, como lo resulta la absurda injerencia constante del Tribunal de la Competencia que tiende a confundir los servicios profesionales con la venta de pipas.

Enfrenta el nuevo presidente muchas otras cuestiones, y entre ellas para mí dos fundamentales.

La primera, el constante y creciente desafecto de los arquitectos con unas instituciones pensadas para otro modelo de profesión, otro mercado laboral y otra sociedad. Aún excesivamente dependientes de su origen gremial y de su mantenimiento durante el régimen franquista a modo de sindicato vertical corporativista (No en lo democrático, quede claro, sino en lo organizativo). Los Colegios no han sabido durante muchos años entender lo que para Ricardo Vergés Escuín (a quien se expulsó del Consejo bajo el mandato de Carlos Hernández Pezzi por decir, entre otras cosas, que la explosión de la burbuja era inminente. Tremendo criterio el de los consejeros) ya era claro en 1980: que el modelo del arquitecto centrado exclusivamente en el proceso de diseño, de proyecto, aquel “arquitecto general” (y el termino era tanto relativo a la formación como a lo ‘directivo’) del que hablaba Carvajal en sus años de decano del COAM, ni era ya entonces ni podía en el futuro seguir siendo el único. Que los arquitectos necesitaban ampliar la demanda, y dejar de preocuparse por la oferta. O en otras palabras, que debían abandonar la elitista tendencia a querer limitar el acceso a la profesión con medidas que solo favorecían a una casta privilegiada y centrarse en ampliar sus campos de trabajo, para después –y solo después de haberlos ampliado-, hacerse imprescindible a través de la especialización. Resulta descorazonador que a día de hoy aún se cuestione en algunos foros que haya arquitectos que dirijan empresas constructoras tildándoles de “faltos de vocación”, en un ejercicio de egocentrismo reduccionista cuyas consecuencias, mantenidas durante más de 40 años, sufrimos hoy en día.

No es menor en este sentido el avance de la precariedad en una profesión que se devora a sí misma. Incapaces de generar un tejido empresarial firme y –sobre todo- legal, los arquitectos españoles se enfrentan a la necesidad de una autentica reconversión industrial (permítaseme el termino) que regularice y ordene un mercado que depende hoy día, dejémoslo claro, de la economía sumergida y la explotación y que emplea como sucia coartada la profunda raíz vocacional de los arquitectos para someterlos a un régimen sin expectativas, disfuncional y precarizado.

Durante el debate de los candidatos –que tuvo lugar en el COAM el lunes 17 de noviembre- esta fue mi pregunta a los cuatro, me permitirán que parafrasee: ¿Qué tiene el próximo presidente del CSCAE que decirle a esos compañeros que integran el precariado, que no pueden contratar porque desearían hacerlo en condiciones de legalidad y la competencia desleal de otros “compañeros” se lo impide, o a esos otros que están explotados? ¿Creen que hace falta una reconversión de la profesión en este aspecto? (Si quieren verla literal, incluidas las respuestas, la tienen aquí, en el minuto 1:53).

Las mejores respuestas –a mi modo de ver- fueron las de Joaquín Mañoso y Lluís Comerón. Muy en la línea de Vergés. Herrero –que parecía perdido ante mi cuestión- se remitió a la formación, como si fuera excesivamente complicado optar por cumplir la ley y hubiera que explicarlo, y a un código deontológico que de momento –y pese a sus buenas intenciones- no funciona. Nasarre a lo dicho por Herrero, de nuevo a un código deontológico cuya aplicación hoy día se antoja complicada y a una idealizada visión del mercado y de la mala praxis que como sabemos no se cumple (De hacerlo, lo hace en muchos casos a la inversa: Trabaja más el más sinvergüenza).

 [En este sentido, y por extensión, creo que fueron ambos arquitectos –Mañoso y Comerón- los mejores en sus intervenciones en el debate. Al menos los más conscientes de la necesidad de diversificar, de ampliar, de ser inclusivos. Herrero, voluntarioso, creo que mantenía un discurso excesivamente dependiente de un pasado que no va a volver y Nasarre, cuyas capacidades de gestión política quizá fueran las más claras, creo que estaba lejos de la realidad de los profesionales.]

Volvemos por tanto al principio como les decía y a la segunda cuestión: El Presidente lo es de los Colegios, lo que convierte al Consejo en una cámara territorial similar al Senado. Resulta pues absurdo que a este Presidente lo hayan votado –de forma más o menos secreta- 19 arquitectos de un total de 48.795 (según mis datos), sin obligación expresa de dar cuenta de su voto a sus respectivas asambleas. Es cierto que los nuevos estatutos –ya probados por el Consejo pero no llevados a Decreto Ley, y por tanto no aplicables a esta elección- recogen un sistema de doble vuelta en el que votará la asamblea (el auténtico órgano representativo ponderado), pero no lo es menos que esa corrección de la asamblea será mínima y que el peso del voto –completamente desproporcionado- de los consejeros seguirá marcando el paso.

Existen muchas soluciones: Que vote sólo la asamblea, por ejemplo, llevando el voto a un modelo de cámara más distribuido. Que voten los colegiados de forma directa implantando un sistema de voto telemático que por una vez, demostrando que hemos aprendido de nuestros absurdos errores con el visado telemático, debería ser común. Soy consciente de que existe el temor a que esta última opción conduzca a la existencia o a la petición de un Colegio único; mi visión a este respecto es poliédrica, pero domina mi sensación de que el complejo entramado de reinos de Taifas en que se ha convertido la estructura colegial no nos favorece en muchas de las cuestiones que habrán de afectarnos en un futuro no tan lejano.

No es fácil lo que tenemos, lo que tiene Lluís Comerón por delante. Tengo el firme convencimiento de que los Colegios deben adaptarse de forma mucho más clara a una sociedad y unos arquitectos que no son –ni de lejos- los que integraban la institución cuando esta se creó allá por 1931. También lo tengo de que la definición de profesional es inclusiva, y que debe ser abierta. Que depende únicamente de la existencia de un código ético, de un saber al que se accede con no poco esfuerzo y del reconocimiento inter-pares  que asuma lo ético y olvide lo estético como salvoconducto que todo lo oculta (y que en muchas ocasiones, en este país, para los arquitectos que peor lo han pasado, los explotados, los engañados, ha sido no sólo cicatero, sino clasista hasta la repugnancia).

Decía Ricardo Vergés en 1980:

Lo que llámanos hoy en día la actividad tradicional del arquitecto, no es más que un resto de lo que podía realizar ayer. Dicha actividad tradicional es mucho menos tradicional de lo que pensamos. Ella misma es una consecuencia directa de la cristalización de los usos cortesanos del siglo XVII. Por otra parte, el arquitecto no ha cesado de restringir cada día más su status, al separarse sucesivamente del ingeniero, del contratista, del fabricante de materiales, del promotor y de otros participantes con los cuales podía, en otros tiempos y si se daba el caso, identificarse. Está claro que la evolución elitista de la profesión de arquitecto a lo largo de tres siglos le ha hecho perder una buena parte de la función que hubiera podido ejercer sobre la producción del marco inmobiliario a lo largo del crecimiento industrial. Hoy día, todos reconocemos que, en materia de construcción, las decisiones importantes son tomadas mucho antes que el arquitecto intervenga. Además, cuando interviene es prácticamente a nivel del diseño y de la ejecución del proyecto, pero raramente en las operaciones que, en el vasto campo de la producción, son anteriores o posteriores al proyecto propiamente tal

Hoy, 37 años más tarde, las palabras de Vergés son dolorosamente reales. Llegamos con retraso, pero si no otra cosa, deseamos que el nuevo Presidente sea consciente de ello y que lo sea para todos los arquitectos.

Corolario:

Resulta flagrante, y un claro ejemplo del problema de genero latente en la profesión (y en la sociedad española) que sólo haya a día de hoy tres decanas en España. Como lo es que los candidatos para esta elección fueran todos hombres. Lo es hasta el extremo de que la jornada del COAM se llamara “Si yo fuera Presidente” (acabado en “e”), que era correcto dada la situación (los 4 candidatos eran hombres), pero mejorable en un modelo que debería ser mucho más inclusivo.

A este respecto, les recomiendo el último artículo de Eva Álvarez, siempre clara, en Architectural Journal, y aprovecho para recordar al nuevo presidente que este, el de la visibilidad de la mujer en la profesión, es otro enorme reto, relacionado con la precariedad, y que hunde sus raíces en una estructura que tiende demasiado a ir con retraso.

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Written by Jose María Echarte

noviembre 20, 2017 a 12:23

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