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Hay un Arquitecto en Gran Hermano

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Pues ya he visto al arquitecto de gran hermano 17. El viernes ardía mi taimlain de tuiter con la noticia y no había podido descubrir por qué hasta hoy.

En la parte televisivo-petarda les diré que cumple todas las expectativas e incluso las supera. Tiene un poco colleja. Vamos, un poco mucho. Es de esos que se comprarían los Airpods. Dos pares. De los que llevan una alforja de Louis Vuitton en bici vintage, diseñan camisetas, visten apretado y con muchos botones abiertos y tienen pinta de ser un vikingo que ha viajado en el tiempo y ha aterrizado en plan Terminator en la calle Fuencarral.

Más allá del hecho de que esto nos va a dar muchas noches gloriosas en tuiter (quedan emplazados) hay algo interesante y analizable sobre cómo funciona la percepción de la profesión de sí misma. El hecho de que la visión establecida de un arquitecto sea la de un profesional liberal, su propio jefe, dueño de un estudio… contrasta con el habitante medio de la granja de hormigas que regenta Telecinco desde hace 17 temporadas.

[Hablo por supuesto de arquitectos que no están, per se, haciendo de arquitectos. No es por tanto el caso de Joaquín Torres que, en puridad, tampoco hace de arquitecto sino de sí mismo, un personaje espectacularizado del que la arquitectura es un aditamento, como la chistera del sujeto que nos ocupa]

Generalizo, por supuesto, pero los datos –y aquí ya no hablamos de percepción sino de (des)información- de que dispone la profesión para analizarse a sí mismas avalan la teoría. Los últimos informes conocidos sobre el estado de la profesión editados por el CSCAE avalan el posicionamiento. En 2003 la encuesta hablaba de un 70% de arquitectos en la profesión liberal y un 13% de asalariados (El resto de porcentajes se distribuye entre funcionarios y docentes una separación –a su vez- extraña). En 2007 estos datos han variado: los profesionales con estudio propio son un 68% (“cercano a un 70” dice el texto) y los asalariados y colaboradores –aparece esta imagen por primera vez- son un 22%. Para finalizar, en 2009, el informe presenta un 90% de profesionales liberales, un 6% de colaboradores y un 8,2% de asalariados.

Cabe destacar las enormes desproporciones entre los informes que hacen pensar en que la realidad falsea las preguntas de la encuesta. Por ejemplo: para un porcentaje similar de arquitectos con estudio (el 70%) los asalariados pasan del 13% en 2003 al 22% en 2007. En 2009 los porcentajes vuelven a cambiar y para un 90% de profesionales libres hay un total de 14,2% asalariados + colaboradores. Por otra parte y aun asumiendo los vaivenes numéricos, resulta algo extraño que una profesión de servicios presente una estructura compuesta, perdónenme la metáfora, por más jefes con penacho que indios.

Algo no está claro en estas cifras. La explicación está probablemente en la equivocada interpretación del término “profesional liberal” como alguien que cotiza como autónomo o mantiene una mínima estructura no rentable pero que realmente es un trabajador asalariado oculto. El informe sobre el estado de la profesión del Sindicato de Arquitectos de 2003 ya nos advertía de la incapacidad secular de los arquitectos para identificarse como parados –pese a no tener ingresos- o como asalariados (lo sean o no legalmente) dado que mantienen actividades propias –no remuneradas- pese a que su medio de vida es el trabajo para un tercero sometidos a la disciplina de una oficina.

En cualquier caso parece traslucir la existencia de una percepción basada en el ejemplo que poníamos al principio como modelo mayoritario de la profesión, sin importar que esta sea real o ficticia lo que la convierte no solo en una imagen estadística (distorsionada) sino también en un anhelo existencial.

Hace tiempo que defiendo que en la disfuncional realidad actual un alto número de profesionales del gremio se ubican dentro de lo que en el mercado anglosajón se llama White Collar Workers (Trabajadores de cuello blanco). Originalmente empleado para referirse a oficinistas, administrativos y otra serie de profesionales con estudios de nivel bajo y salarios ajustados. Bien es cierto que no coincidimos en el nivel de estudios, pero si lo hacemos en cuanto a salarios. De hecho, la precariedad que reina en la profesión (Un 71% según el Sindicato de Arquitectos) nos aproxima más a los Blue Collar Workers, que dependen más de su capacidad manual y presentan ratios de despido más altos… y salarios más bajos.

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Pero mantengamos la clasificación a efectos de desarrollar el concepto: los WCW tenían otra característica que los aproxima a nosotros: La escasa capacidad de desarrollo y evolución laboral –y por tanto personal- de los puestos de trabajo asociados a la definición es exacta a la experimentada por los arquitectos españoles enclaustrados en estructuras incapaces de mejora y crecimiento ordenado.

Pareja con nuestra negación de una realidad terca, que muestra su peor cara en el ingente número de emigrados dentro de nuestras filas, transcurre una perenne necesidad de diferenciación, de especialidad. De ser, como reza el cliché, “técnicos con alma de artistas” (no la hay peor), “humanistas técnicos” (insufrible) o “artistas” (así a palo seco) y que generalmente se traduce en posicionamientos falsamente artistizados tan insoportables como banales y que van desde lo puramente estético (mea culpa aquí, repito que no me excluyo en absoluto) al empleo de la neolengua infumable como forma habitual de comunicación o a la aproximación en los modos editoriales y cíclicos al muy efímero e inconsistente mundo de la moda (o de la haute couture, incluso).

Asumiendo esta hipótesis como realidad, ¿Nos parecería tan raro que hubiera un agente de seguros, un oficinista, un administrativo dentro de Gran Hermano? Probablemente no. De hecho, no es el primer arquitecto que vemos en estas lides. Sin ánimo de abundar los ha habido cocinando (Master-Chef) y hasta casándose por la vía amarillista (Casados a primera vista). (En los últimos años, como bien apunta Diana Piñeiro, “No hay reality sin arquitecto”).

Puede, por tanto lo que nos parece extraño de un arquitecto en un reality es que, aun de forma subconsciente (ay, Freud), al ver un arquitecto tendemos a pensar en lo que en el informe sobre el estado de la profesión de 2003 se ofrecía como modelo estandarizado de prototipo profesional:

El arquitecto medio es hombre, tiene 42 años y ejerce la profesión como liberal. Su remuneración anual bruta no alcanza los 45.000 € al año; trabaja más de 44 horas a la semana y tiene 26 días de vacaciones al año.

Es, por otra parte, complejo aproximarse a la percepción de una profesión tan cargada de complejidades como la arquitectura. Sin embargo –y asumiendo lo muy interpretable de algunas cuestiones- parece claro que nuestra dificultad para asumir el paro estructural del sector como una realidad o la falta de denuncia histórica y endémica de nuestra propia precariedad entroncan con esa imagen única transmitida a lo largo de los años (enseñada en las escuelas) con poca capacidad de adaptación y escasa flexibilidad y que hace que a una buena parte de la profesión le resulte más raro ver a un arquitecto en la casa de Guadalix que a un arquitecto trabajando sin cobrar.

Y eso sí que es todo un experimento sociológico.

Written by Jose María Echarte

septiembre 12, 2016 a 13:13

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