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Becariedad

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Maquetación 1

El cocinero. El rostro de nuestro tiempo. August Sanders, 1919

Cuando uno va a defender algo –más aun cuando ese algo es altamente cuestionable- dicta la coherencia que debe preparar una cierta argumentación estructurada y que, al menos, debe conocer aquello de lo que habla.

El sábado, en la Sexta, en un supuesto debate sobre la polémica de los stagiaires (a partir del 2:16:00) -o mejor dicho sobre el trabajo precario y la explotación-, la incapacidad de Sergi Arola para contestar cuando Antonio Maestre expuso, negro sobre blanco que, aparte de las consideraciones que el chef pudiera tener sobre lo que es o deja de ser lógico (30 segundos, sólo salvados por el presentador del programa), lo que impera es la legalidad vigente, es prueba evidente de cómo se gestiona en este país la cuestión de la becariedad (término este que copio a los fantásticos Stepien y Barnó, suma de becaría y precariedad).

Más allá de lo que resultó evidente –la situación absolutamente ajena a la realidad de los voceros del sistema de precarización que todos conocemos- quedó claro que la única defensa esgrimida por el invitado fue la de exponer, negro sobre blanco, el modelo que hace años hemos denominado “traslación de la explotación”. En otras palabras, la asunción de la explotación propia como forma de alcanzar la posición de posible explotador y replicar el ciclo ad eternum.

La exposición comenzó con una buena carga de demagogia. Así, ante el hecho de que un stagiaire no mostrara su rostro para denunciar el trato al que había sido sometido, Arola se preguntaba, muy convencido:

“La gente que defendía daba la cara, la gente que criticaba se escondía”

“Yo entiendo por qué te tienes que esconder”

La respuesta no es muy complicada y basta una lectura a esta noticia, en la que se descubre como NOMA, restaurante número uno del mundo durante unos años, dirigido por Rene Redzepi –formado como Arola en ElBulli-, amenazaba a sus stagiaires (que no cobraban) con una lista negra, compartida por otros restaurantes, en caso de que –sorpresa- alguno desarrollara conciencia de clase durante el proceso o se hartara de ser un explotado y decidiera irse antes de los tres meses mínimos exigidos por el restaurante. [Aquí, la carta: Stagier-Introductory-Note-Noma ]

Sirva este ejemplo, primero, para entender “porque te tienes que esconder” y, segundo, para entender la dimensión de la afasia de la realidad que demostró el supuesto experto.

No es la única perla que dejó Arola, para comenzar se despachó con su propia consideración de lo que es el talento:

“A nadie le obligan a elegir un tipo determinado de cocina”.

“La criba para el talento está precisamente en aguantar esa presión”.

La afirmación constituye un claro ejemplo de censura ideológica. La elección de un tipo de cocina u otro no suspende los derechos laborales del elector ni autoriza al empleador a saltárselos. La aceptación del modelo “uno o lo otro, pero no ambas cosas”, es decir, o excelencia o derechos laborales es sencillamente, censura (Volvemos a Zizek y su concepto de control por imposibilidad de elección establecida por el poder).

A la postre Arola confunde excelencia y trabajo con lo que cualquiera entendería por explotación. Defiende pues el chef un modelo que asume que la primera depende –aparentemente- del sacrificio de los derechos laborales, una perversión neoliberal que, con la excusa de la meritocracia, sólo consigue favorecer a las clases dominantes –que pueden permitirse, por ser claros, vivir sin ganar dinero-.

[A estos efectos, merece la pena comprobar como el discurso ha sido asumido hasta el extremo de ser irreconocible por aquellos que se benefician de el –y que pretenden ser iguales a los demás, que lo sufren- como recientemente ha descubierto la tuitera Laboralista Amateur contestando a otra usuaria que defendía a Jordi Cruz y decía no sentirse esclava pese a haber trabajado gratis (por lo visto para su padre)]

Arola, lanzado ya sin remedio por una cuesta de chascarrillos que pretendían compensar lo insostenible de su posición, convirtió toda su justificación en un recurso constante al empleo del propio ejemplo como validación del proceso. Si él lo hizo, todos deben -o pueden- hacerlo. La ausencia de empatía que este criterio demuestra solo puede explicarse en quien ha asumido sin cuestionamiento alguno que lo que es a todas luces intolerable representa no una anomalía a eliminar sino un marchamo de calidad a mantener.

“A mí me ha pasado […] de estar trabajando, no de becario, no de stagiarie, de estar trabajando en nómina en ElBulli y yo había días que subía a la habitación, y me ponía a llorar porque pensaba que nunca iba a ser capaz de darle a Ferrán lo que Ferrán pedía de mí”

Hemos escrito varias veces sobre este criterio de degollina y sobre el triunfo que, en profesiones vocacionales, la arquitectura entre ellas, ha supuesto para los posibles explotadores la asunción del mismo por parte de quienes, a la postre, acaban sustentando sobre sus hombros la viabilidad de la cuestión: los trabajadores. El eslabón más débil.

Julito Anguita, con tremenda precisión, llamaba a este problema “la moral el esclavo feliz”:

 “El carcelero ha conseguido que el esclavo esté calentito en la prisión; que, aunque la puerta esté abierta, el prisionero no se escape ni pretenda hacerlo; es ésta la dominación perfecta”. “El sistema ha conseguido instaurar la moral del esclavo feliz”

En nuestra profesión es conocida la historia de quien solicitaba de esta guisa posibles trabajadores:

“We welcome applications from slaves who have completed their first stage of architectural education and are looking for a stimulating torture chamber in which to complete their practical training”

Lo revelador de este último ejemplo –y lo que da la razón al siempre lucido Anguita- es que –tras ligero debate con amenazas de mandarnos a sus abogados- el responsable del estudio aclaró que el cuerpo del anuncio había sido redactado por sus trabajadores, confirmando así que el modelo había alcanzado sus últimas consecuencias. El trabajador asume –y poco importa que sea de broma- que estos ritos de paso –execrables- son lo que le diferencia, lo que le hace mejor los demás.

Resulta preocupante la introducción en un modelo de derechos laborales que costó mucho conseguir (y cuesta mantener) de esta suerte de justificación, entre testosterónica e ignorante, del aguante como justificación y que recuerda a aquella, arcaica y retrograda, que se empleaba con el servicio militar obligatorio donde –supuestamente- “te hacías un hombre”.

Arola llega al extremo de justificar lo absolutamente injustificable, que presenta para la ocasión –y completamente fuera de la realidad a estas alturas de programa- como anécdotas curiosas de esta suerte de camino iniciático. Entre ellas, describe el invitado como le ponían a pelar marisco al que –por lo visto- es alérgico o como el chef para el que trabajaba –sin cobrar- le mando volando por los aires de un manotazo cuando vio que algo no se estaba haciendo como él quería.

Si en el primer caso el extremo del mal entendido sacrificio parece que llega al punto de pasarse la legislación sobre prevención de riesgos laborales por la máquina de hacer el vacío, en el segundo hablamos directamente de una agresión a un trabajador. Arola no solo no lo denunció, sino que pidió perdón. Baste el ejemplo pluscuamperfecto de la deriva de irrealidad del modelo que el chef pretendía defender.

No merece la pena entrar en más consideraciones, sin embargo creo necesario hacer una última relativa a la formación o, si lo prefieren, a la educación.

Formar no significa explotar. No significa aprovecharse del trabajo de otros (Sea este pelar guisantes, levantar espumas, montar un plato entero, sacar planos o redactar memorias). Formar, enseñar, es una actividad que –cuando se hace bien- dimana en casi todos los casos de la calidad humana de los formadores. De su generosidad, que desaparece cuando se pervierte transmutándose en un modelo de trueque y sometimiento, absolutamente asimétrico y sustentando por el ejercicio del poder (y como hemos visto, en algunos casos, la amenaza) como forma de control y censura. Apelar a la supuesta generosidad formativa de quien obtiene un beneficio con el trabajo de otros me resulta, en lo personal, estomagante y, en lo general, tremendamente preocupante.

Y me permitirán que del (en chino) chef del mal, hable otro día, porque se me revuelve el estómago.

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Written by Jose María Echarte

mayo 8, 2017 a 11:23

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