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Toda Arquitectura es Política

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La maqueta… es que no me ha dado tiempo….

Les hago a ustedes gentes de bien, informadas sobre lo que ocurre a su alrededor. Ya saben, la profesión viene con una cierta curiosidad innata que es conveniente alimentar y cuidar, proteger para que no devenga en contemplación acumulativa y arropar para nunca perder. El día que dejamos de sentir curiosidad es el día que empezamos a ser un poquito más grises.

Tras la pléyade de debates con que las televisiones han trufado esta campaña electoral –que será recordada como la más mediática, sin que esto sea a priori ni bueno ni malo- me queda como siempre una duda… ¿Por qué nunca hay candidatos arquitectos?

No tengo nada en contra de abogados, economistas y politólogos. Algunos de mis mejores amigos lo son (Ups!, chupito), pero me resulta curiosa esta preeminencia de dichas profesiones en las listas (al menos en los puestos de cabeza, ya saben) y la casi endémica ausencia de profesiones técnicas.

No siempre fue así. En los ’70 los arquitectos e ingenieros desarrollaron una labor política ferviente, casi militante y muy próxima a ciertos movimientos vecinales y asociacionistas (únicos espacios de democracia e intervención que la dictadura posibilitaba “bajo el radar” por aquel entonces). Estas participaciones se tradujeron en cierta presencia en las primeras elecciones generales que, no obstante, fue diluyéndose hasta resultar prácticamente testimonial. Podemos contar con los dedos de una mano del capitán Garfio el número de altos cargos que no han salido de la abogacía o la economía… Borrell y Álvarez Cascos eran Ingenieros (De telecomunicaciones el primero, aunque también economista, y de caminos el segundo), Teófila Martínez decía que era “licenciada en arquitectura”… bonita y ridícula forma de decir que era aparejadora (O arquitecta técnica) en una suerte de snobismo bastante imbécil. Pio García Escudero es arquitecto… pero para lo que nos ha venido sirviendo lo mismo podía ser sexador de pollos…

Sirva un ejemplo: En la actual legislatura solo UN DIPUTADO es arquitecto. 155 son licenciados en derecho. El director general de Arquitectura y Vivienda– Juan Van Halen, nada que ver con Eddie– es a día de hoy licenciado en derecho.

Tengo para mí que la huida de los profesionales de nuestro ramo de la política, al menos algunos y al menos en origen –aquellos años 70-80-, proviene de la incapacidad partitocrática para asumir la autocrítica. Es este un país, ya saben, donde se vota contra el electorado y a favor del partido y sus intereses. Donde los candidatos por ciertas circunscripciones han estado por allí para besar dos niños y comprar unas manzanas en un mercado en el que nunca habían puesto el pie y que jamás volverán a visitar una vez pisado el rojo de la moqueta gubernamental. Aquí, lamentablemente, no se llega por ser un buen representante público, comprometido y empático con los votantes, sino haciendo culo de acero en los pasillos de las sedes respectivas y pisando alguna que otra cabeza (fuego amigo, ya saben) por el camino.

Casaba mal pues esta falta de capacidad para asumir los errores propios y los aciertos del contrario y de votar –por consiguiente- algo basándose en su puro análisis y no en su color político con una profesión en cuya base (repito, aquellos 70-80. Tafuri, Zevi, Archigram, Debord…) la cuestión analítica, critica y científica se imbricaban con el interés de mejora social panhumana como punto de referencia en el que han de medirse todas las obras.

Añadan a esto- y perdónenme por la grosera generalización- la tendencia natural de los arquitectos a ser productores… a parir cosas (que no a crearlas, termino del que suelo abominar), a organizarlas con un cierto grado de eficiencia y basándose en principios que serán mejores cuanto más justificados puedan considerarse. Una tendencia que tiene escaso encaje en unas instituciones político – gubernamentales generalmente estáticas, tendentes a la tabula rasa irreflexiva como método de oposición (Quítate tú, y todo lo tuyo, para ponerme yo y todo lo mío) y en las que, de nuevo, en muchas de las lamentables ocasiones no es la sociedad el fin último sino la permanencia en el poder sobre (y contra) todas las cosas.

Cabría pues quizá establecer una relación –no es la única, como en esta casa hemos denunciado una y otra vez- entre esta ausencia y la tendencia natural de la casta política por la banalización de las cuestiones directamente relacionadas con el ámbito de la arquitectura. En materia de vivienda los altibajos y bandazos son incontables, en ordenación del territorio –pese a la encomiable labor de grandísimos funcionarios, que los hay- suelen ser la directrices políticas y las puertas traseras entendidas como “posicionamiento de partido” las que contaminan las sucesivas legislaciones hasta convertirlas en excelentes exposiciones de intenciones plagadas de trampas previstas para saltarse esas mismas intenciones.

En obra pública… en fin, para que contarles. El recurso a la “estética” es ya carta común. Sería necesario –mandatorio- que quienes lo usan supieran de lo que hablan para no incurrir en insultos a la inteligencia o en –directamente- muestras de la más aberrante incultura pasada por la lectura –a saltos- de Pablo Coelho. Basten un par de ejemplos: En el primero resulta desopilante y muy revelador ver al señor Camps en un parlamento hablando de cierto señor que cobra en Suiza, apelando a su estética o a su condición de mejor arquitecto o, empleando –por ser concretos- las siguientes expresiones:

“alguien vio también que un arquitecto valenciano tenía que ser el que modernizase la arquitectura en el mundo y en Valencia”

[El señor que cobra en suiza] “nunca se olvida de la dimensión de la persona”, porque desarrolla “grandes proyectos al servicio” de los ciudadanos.

[Se trata del] “mejor arquitecto que hay hoy en cualquier lugar del mundo”.

¿Dimensión de la persona? ¿En planta o en sección? ¿Cuál es la escala humana de los mamotretos que pueblan la Ciudad de la Artes y las Ciencias?

Por otra parte que un proyecto sea grande –por caro, y voluminoso- no implica que sea grande –por excelente- y de esta excelencia adolece el señor en cuestión hace ya décadas. Sobre la primera y la última afirmación, son tan absurdas como facilonas; píldoras de conversación banal impropias de un presidente –me da igual el partido-.

En el segundo ejemplo, el desconocimiento –un desconocimiento además soberbio- se lleva a categoría de legislación. De la forma más impresentable, más cuestionable y más de no saber lo que se hace, Esperanza Aguirre decidió que la Comunidad de Madrid tenía que ser Wysteria Lane (Como lo oyen, o mejor léanlo en este fantástico artículo de Fernando Caballero Baruque y Jaime Caballero Mendizábal) y llevo la prohibición de construir más de tres alturas (Un modelo extensivo, consumista y poco sostenible) a la categoría de ley. Sospecha uno que con los escasos mimbres científicos y culturales que intuimos en quien piensa que “habría que matarles a todos” referido a los miembros de la profesión de quien esto escribe.

(Por casualidad son ambos del mismo partido, pero no se engañen, los hay iguales en todos. En Almería, sin ir más lejos, tuvo uno que soportar a un concejal de urbanismo de IU, Diego Cervantes, que tras convocar un vergonzoso concurso para soterrar las vías del tren, se despachó a gusto –en la sede del COAL, además- diciendo que “Luego ya vendrían los arquitectos a poner “la tapa” bonica”. Insuperable, en lo descerebrado).

No se trata, entiéndanme bien, de que uno esté o no esté de acuerdo con las propuestas, los gustos en arquitectos del señor Camps, el concepto urbano de doña Esperanza o la idea que tenga el señor Cervantes de las competencias y los concursos públicos. No se trata de compartir su visión política del asunto. Se trata, a la postre, de que la estructura intelectual que les soporta, la combinación de dignitas, firmitas, pietas y virtus, es patética. De que el nivel está por los suelos, excavando a ver si llega al centro de la tierra. De que da auténtica vergüenza ajena escuchar estas cosas de un dirigente político del máximo (En fin) nivel. Y de que, más aun, pocos –y honorabilísimos- son quienes analizan estos despropósitos sin emplearlos como un slogan facilón, recurrente y estúpido. [A este respecto, muy recomendable John Carlin hace unos días sobre lo impresentable de la casta tradicional española].

Ayer, lamentablemente, tuvimos una nueva sesión de taparnos la nariz. En ella un señor soltaba slogans sin excesiva profundidad ni aparente capacidad de desarrollo analítico (Un discurso propio de cualquier cosa menos de un candidato a presidente, del que se puede y se debe esperar más) y el otro vivía en los mundos de Yupi falsarios de sus propias trampas y clichés trasnochados, demasiado acostumbrado al tacto de la moqueta para saber dónde está la realidad (Otro discurso insufrible, autista e irreal, de nuevo impropio de un candidato a presidente), ambos incapaces de asumir la crítica o de profundizar en nada salvo en el ya clásico “manzanas traigo” y el no menos popular “¡Pues anda que tú!”.

¿Cambiaría el panorama si nos involucráramos algo más? No lo sé. Quiero pensar que sí, pero permítanme que como con todo, dude. No obstante, y si de diversificación hablamos, entre las muchas labores que los arquitectos pueden desarrollar está, precisamente, esta a la que nos referimos: La política. ¿Por qué no?

Ya hay quien, de nuevo y como ocurriera en los 70 desarrolla una labor social y participativa, involucrada con la ciudadanía, que está próxima a la política real, la que tiene por objetivo la mejora humana. Y que lo hace demostrando una muchísimo mayor capacidad de reflexión, análisis y empatía que la demostrada hasta ahora por la política tradicional.

Preguntado por la crítica, Manfredo Tafuri –parafraseo- decía que para las cosas estéticas, para saber si un rectángulo era mejor que un cuadrado… que para eso llamaran a Zevi. Él estaba para otras cuestiones, porque para Tafuri toda arquitectura era historia. Era un método de conocimiento. Era, en suma política.

Habría que saber si la política puede ser también arquitectura. O al menos lo mejor de la disciplina.

Quizá no estaría mal.

[Por cierto, y sirva como ejemplo: Uno de los miembros de esta santa casa, en la excedencia voluntaria, es a día de hoy diputado por un partido político. Y oigan, no es porque sea amigo, pero ojalá hubiera más como él. Arquitectos o no]

Written by Jose María Echarte

diciembre 15, 2015 a 13:25

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