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You Can Call Me Susan

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A Bullet Tooth Tony le pagan con contrato.

A Bullet Tooth Tony le pagan con contrato.

Avi: Should I call you Bullet? Tooth?

Bullet Tooth Tony: You can call me Susan if it makes you happy.

Snatch. Guy Ritchie, Columbia TriStar Home Entertainment, 2000.

Hace años vi el documental “NOMA, at boiling point”, en parte llevado por un cierto interés –que permanece- según el cual las concomitancias entre la deriva hacia una concepción simplificadamente artística de la arquitectura y de la cocina de alta gama han recorrido caminos paralelos en lo mediático y, lamentablemente, en lo laboral.

La hipótesis, que conocerán si son lectores habituales de esta santa Casa, es que la elevación impostada de dos profesiones –que pueden, alguna vez, llegar a ser sublimes, pero que son a priori y ante todo técnicas- a los altares de un concepto banalizado de lo artístico traería aparejada –y estaría sustentada en- la existencia de un meritoriaje laboral próximo al de los guilds medievales en el que la mejora del personal y su aprendizaje se emplea como moneda de cambio perverso para sustituir al justo pago por el trabajo realizado.

Así, en un mecanismo de traslación de la explotación, se asume la “necesidad” de ser explotado –oculta falsamente tras el ambiguo nombre de “formación”- para poder incluir en el currículo un hito que se considera necesario para llegar, a su vez, al nivel donde uno pasará de explotado a explotador.

El sistema, a la par que repugnante, se demuestra evidentemente falso (Solo hay que mirar los números de explotados en arquitectura o de stagiares en algunos tres estrellas) y sólo favorece a aquellos que lo han establecido. Cuestiona además la viabilidad de un modelo que necesita para ser funcional –y por tanto rentable- de mano de obra altamente especializada y gratuita, una disfunción difícil de soportar en cualquier otro sector y que se obvia en estos campos escudándose en la cuestión artístico –formativa.

¿Qué encontré en el documental?

Veámoslo.

Lamento decir que lo que esperaba. Es más, lo que ya conocía de algunos estudios de arquitectura pero cambiando los ordenadores por fogones. Sumado a este concepto de formación en el que el explotado debe además estar agradecido por “la oportunidad” que se le ofrece [“millones de chicas querrían tu trabajo” le decían insistentemente a la protagonista de “El diablo viste de Prada” –el libro- mucho más descarnado que la dulcificada y anodina película del mismo nombre] aparece a modo de corolario la falta de consideración por aquello que se obtiene de forma gratuita y que, a la postre, no cuesta nada y es fácilmente reemplazable.

René Redzepi se muestra, a lo largo del documental, como un horrible boss de libro. Un personaje enrabietado y ególatra. Una figura insufrible cuya capacidad de formación se basa en gritos, enfados y técnicas de castigo psicológico que van de lo infantiloide a lo ridiculo sin dejar nunca de pasar por lo cruel. El hecho de saber que los trabajadores a los que se grita o a los que se les está diciendo que “hoy es un día negro en Noma por tu culpa” aparentemente no cobran, hace que la estupefacción se convierta en indignación absoluta mientras uno observa como el restaurante se llena de gente que –es más que probable- no toleraría ofrecer sus conocimientos ni su trabajo de forma gratuita, ni probablemente ha llegado a poder pagarse el cubierto en Noma haciéndolo.

Poco después, y lamento decir que sin demasiada sorpresa, se publicaba la noticia de que Noma había mandado una carta a sus futuros “trabajadores”. Según parece, esta carta.

En ella, aparte de ciertas cuestiones relativas a las redes sociales que son entendibles en un trabajador (si cobra) y mantiene un acuerdo de confidencialidad con su empresa (por el que, de nuevo, se suele cobrar), aparecían dos aspectos fundamentales que convierten la indignación en vergüenza:

Por ser más claros, este es el texto (Las negritas son mías):

For stages, we accept people for a minimum of three months and, as previously stated, all stages must start on a Tuesday and end on a Saturday (although you may be asked to come on the Monday before your first day for a tour of the kitchen and formal introduction). Only extraordinary circumstances will warrant the early termination of a stage. Therefore, if you are worried that you will not be able to afford to stage very long, please ask for only the minimum length of stay here (three months). Ending your stage early without consent or simply not showing up will result in your name being added to a blacklist, which will be shared with others restaurants around the world with whom we share a good relationship. Please note, Copenhagen is expensive and even though we supply you with meals on working days, it is still up to you to support yourself whilst here.

[Para las prácticas, aceptamos gente por un mínimo de tres meses y, como ya se ha dicho, todas las prácticas deben empezar un martes y acabar un domingo (aunque puede que se te pida venir el lunes antes de tu primer día para un tour de la cocina y una presentación formal). Sólo en extraordinarias circunstancias se podrán finalizar las prácticas antes. Por tanto, si estás preocupado por no poder permitírtelas durante mucho tiempo, por favor pide el tiempo mínimo de estancia aquí (tres meses). Acabar tus prácticas antes sin consentimiento o no aparecer tendrá como resultado que tu nombre se añada a una lista negra, que será compartida con restaurante de todo el mundo con los que tenemos una buena relación. Por favor, ten en cuenta que Copenhague es cara y aunque te proporcionaremos la comida en los días laborables, mantenerte mientras estés aquí corre de tu cuenta.]

Traducido: Noma te admite –el término ya es curioso- durante tres meses, aparentemente no te pagará (Te dará, magro consuelo, de comer, pero sólo en los días laborables) y te retendrá durante esos tres meses con la clara amenaza de incluirte en una lista negra si, por razones que no quedan en absoluto claras, decides marcharte antes.

No sé ustedes, pero a mí el sistema me parece, claramente, un chantaje. Una aberración laboral en la que al “trabajador” no sólo se le explota a conciencia sino que además se le amenaza con perjudicarle en su futuro laboral si abandona un puesto en el que –no lo olvidemos- no cobra.

Los responsables de Noma calificaron la carta como “Un claro error”. Sin embargo lo cierto es que la misiva llego a circularse y que las justificaciones posteriores parecen, a juicio de quien esto escribe, control de daños y no una explicación clara del funcionamiento de un sistema a todas luces esclavista y muy consolidado en el que lo de menos es que la citada lista exista o no y lo de más –y realmente importante- es que la cuestión en su conjunto es fiel reflejo de ese trueque perverso entre formación de los trabajadores (de serlo estos) y explotación.

Pasados los años (La carta es de 2013), Redzepi parece haber tenido una epifanía y en un reciente artículo fantaseaba con una cocina más feliz (Redzepi, René. Fantasies of a Happier Kitchen, Lucky Peach). Que este artículo haya sido motivado –de forma quizá poco altruista- por la reciente crisis del sector, con restaurantes de alto nivel cerrando más días de los acostumbrados ante la falta de personal y la imposibilidad de contratar o de conseguir mano de obra altamente especializada, es algo que dejaremos a la interpretación de los lectores.

Sin embargo, dos cuestiones son fundamentales.

La primera, que resulta descorazonador –por no decir ridículo- que quienes se precian de ser titanes del emprendimiento, aquellos a quienes los medios encumbran como ejemplos de buen hacer y genialidad, sean tan absolutamente incapaces y estén tan perdidos como para tener que preguntarse por qué los jóvenes no están dispuestos a asumir unas condiciones laborales que salvo por los mandiles blancos (o negros) se asemejan mucho a un campo de algodón en la Norteamérica pre-guerra civil.

¿En serio necesitan más pistas? Trabajos extenuantes con horarios absolutamente fuera de todo control en los que se precisa mano de obra altísimamente especializada… que esté dispuesta a no cobrar (En el documental antes mencionado, es peculiar como Redzepi llama a sus stagiares “chef”. Esto es, no son pinches recién llegados, son profesionales de alto nivel) ¿Les hacemos un mapa, o creen que pueden entenderlo solos?

Cuando un modelo de negocio se asienta sobre un sistema distópico basado en la explotación de su mano de obra algo está funcionando muy mal. Muy fuera de lo racional o incluso de lo ético y esto debería llevar a Redzepi y sus pares a preguntarse no sólo por las causas que han motivado que –con buen criterio- nadie quiera que exploten su trabajo, sino por la viabilidad de un modelo que –eliminadas otras cuestiones- mantienen económicamente en buena medida los trabajadores (surrealista).

La segunda cuestión es, no obstante, la principal. El artículo de Redzepi, con todo lo que pueda tener de confesión más o menos sentida (no pone uno en duda el asunto, o sí, pero esta es una apreciación personal), falla en lo primordial. Puede tratarse de comer mejor, de poner música o de no gritar –cosa obvia esta última por otra parte- pero quizá la solución sea mucho más sencilla:

Páguenles.

¿Revolucionario verdad?

Páguenles. Paguen a sus trabajadores con honestidad, con justicia y con equidad. No confundan la formación necesaria para adaptarse a los requerimientos del empleador (ustedes) y para obtener un mejor trabajador y por tanto un mejor producto (que beneficia al empresario) con una moneda de cambio que sustituye a la justa retribución por el trabajo desarrollado. Es tan sencillo como eso.

Quizá eso les lleve a cambiar sus precios. Quizá no puedan presumir de tener todo el restaurante reservado en dos minutos para un año. Quizá su modelo de negocio deje de ser por tanto una disfunción que se escuda en el componente artístico y en un mal entendido concepto de “sacrificio” para convertirse en un proceso real. Honesto. Uno en el que el trabajo especializado con horarios extendidos se paga a precios de trabajo especializado con horarios extendidos y no a precio de… nada.

Quizá despierten para darse cuenta que sólo es capaz de soportar este sistema quien –en buena medida- está dispuesto a continuarlo, convirtiendo su profesión en un tiovivo eterno de explotación sin final aparente.

Lo mismo ocurre en nuestra disciplina. ¿Creen que es casual que algunos de nuestros mejores talentos, parte de la generación más preparada de este país en las últimas décadas, estén tan lejos que avanzar un poco más es ya dar la vuelta? ¿Les parece asumible la impostura de denunciar la emigración cuando se tiene un estudio que se nutre de “interns” que se mantienen gracias a sus familias, que pagan por trabajar (el acabose) o incluso que se soportan con becas, convirtiendo a los estados de origen en financiadores de negocios privados?

Hace ya tiempo que echa uno de menos la claridad necesaria en este asunto. En Redzepi y en nuestra profesión. Una claridad escasa de ver, y por escasa más encomiable aun cuando se produce, como en el caso de Carmé Pinós cuando –entrevistada por Anatxu Zabalbeascoa para El País– dice, negro sobre blanco, que:

¿Tratar bien a la gente en un estudio de arquitectura significa escucharles, dejarles tomar decisiones, pagarles dignamente? Todo eso. Y tenerlos con contrato.

A veces es tan sencillo como eso. Tan sencillo que parece absurdo que no seamos capaces de darnos cuenta de que nuestros clichés, nuestras herencias inexplicables de un pasado que ya no existe, nos atrapan y atenazan. Nos incapacitan para encarar un futuro más justo. Más esperanzador.

[Recientemente –y de forma necesaria- se está abordando el tema de la mujer en la arquitectura. Estando absolutamente de acuerdo con el espíritu de la cuestión y con las reivindicaciones establecidas, echo siempre en falta que se aborde este tema. Si la visibilidad es importante –por lo que tiene de educativo y de necesario y justo reconocimiento- estoy plenamente convencido de que uno de los mayores escollos para las arquitectas es, precisamente, lo endémico del sistema de explotación laboral en precariedad en la disciplina que lleva- de forma evidente- a una contratación inferior de mujeres en edad fértil. Si es fácil echar a un falso autónomo, el “despido” de una mujer relacionado con la maternidad –efectiva o posible- es cosa repugnantemente común en nuestra estructura laboral, y pone a las compañeras frente a una elección perversa que JAMÁS debería existir y que no tiene que ver con la decisión consciente de tener o no hijos sino con la negación de derechos –laborales y sociales- básicos en un país del primer mundo]

Puedes llamarme Susan si eso te hace feliz” responde Tony Dientes de Bala a Avi cuando este le pregunta cómo debe llamarle. Consciente seguramente de que una cosa es cómo le llame su empleador y otra, de muy diferente cariz, que van a pagarle sí o sí (Or else!).

Por tanto, y siguiendo el ejemplo de Tony, no se trata tanto de que nos llamen Susan o Tony o nos griten (Aunque también). De que nos pongan música o nos den más minutos para comer. Se trata de que nos paguen.

Con equidad. Con honestidad y con justicia. Y con contrato.

Lo lamentable es que hayamos llegado a un punto (España –o Dinamarca, para el caso-, primer mundo. Europa) en que eso, una paga justa por un trabajo honrado, sea lo revolucionario.

A tiempo estamos de arreglarlo o, como parece pasarle a algunos, de lamentarnos por la leche derramada sin llegar nunca a entender que la solución a veces empieza por lo más sencillo.

Written by Jose María Echarte

noviembre 10, 2015 a 13:53

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