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Por Allí Hay Dragones

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Hic sunt dracones

Hic sunt dracones

Hic sunt dracones. Por allí hay dragones. Horrores localizados que parecen no ser de nuestra incumbencia. A los que la distancia nos hace lamentablemente impermeables. Últimamente es una cuestión que me interesa. Y en parte porque siendo habitantes del primer mundo no somos ajenos a ella como la crisis de los refugiados sirios huidos de una guerra entre –como diría Kissinger, premio Nobel de la paz por cierto- “nuestro hijo de puta” y una banda de fanáticos ha puesto lamentablemente de manifiesto (Llamarles “emigrantes” me parece una muestra de metalenguaje perversa).

Y si bien todos somos de alguna manera (Y de muchas) culpables, resulta un mecanismo perverso y muy occidental el emplear esa generalización como lente borrosa con la que –asumida la barbaridad o al menos banalizada, interiorizada- no profundizar en aspectos particulares de la aplicación de eso que, tan solemnemente, llamamos principios. Deontología. Ética. Un mínimo.

No es nuestra disciplina ajena a estas cuestiones. Si me apuran cabría decir que no lo es en absoluto en este siglo XXI en el que las predicciones de Guy Debord sobre la espectacularización de la sociedad parecen a estas alturas, tras 16 ediciones de Gran Hermano, debates políticos en los que se miden las alturas de las sillas y el juicio de OJ Simpson, una aproximación muy comedida a la realidad.

La arquitectura es un fin, en ocasiones, y un medio muchas veces. Para cierta casta gobernante ambas situaciones coinciden: El fin es la gestión del poder. La propaganda pura y dura. La exhibición de musculo, caridad mal entendida o control absoluto. El medio, lamentablemente es la propia disciplina, convertida así en un objeto formalizado y vacío. Descargado de ese mínimo ético, lo que producimos troca en una fachada falsaria cuyo objetivo es en muchas ocasiones ayudar al lavado de corrupciones varias, obviando el atropello a los derechos humanos básicos o el absolutismo fascista más repugnante.

¿Es esto lo que entendemos por arquitectura? Sospecho que, airados, muchos responderán que no. Que nunca y que jamás. O incluso que cómo me atrevo. Y sin embargo, toda nuestra –en ocasiones, impostada- palabrería social, nuestra constante alusión al ser humano o a las humanidades como parte intrínseca de la formación de un arquitecto, chocan con una realidad en la que, por ser claros, no somos capaces de separar lo que en otros campos nos parecería sangrante. Inasumible y altamente cuestionable. Nuestra capacidad de crítica, o mejor dicho de autocrítica, se desconecta ante un render y un apellido. Es tan triste –tan patético- como eso.

[Generalizo, por supuesto, pero creo que es conveniente hacerlo cuando no hablamos ya de la capacidad evocadora de un proyecto sino, como veremos, de esclavitud humana]

No espera pues quien esto escribe que ciertas paginas tengan una línea editorial –sea esta la que sea- pero resulta como poco analizable que se publiquen al mismo nivel y de la misma forma –espectacularizadas- intervenciones que buscan aquello tan básico en la arquitectura de facilitar la vida, cobijarla o albergarla… mejorarla en suma (Esté yo de acuerdo con ellas o no) y proyectos para los que esta cuestión es simplemente una molestia o –peor aún- una falsa fachada que oculta actitudes rayanas en agit-prop más descarnado.

Y sin embargo, pese a ello, no puede dejar de asombrarme como una entrevista tan fallida (por parte de la arquitecta) como la de Zaha Hadid en BBC4 se convierte en los comentarios generales de la noticia en una excusa para defender cuestiones estéticas y fanatizadas absolutamente ajenas a una realidad incuestionable: La de que Qatar es una dictadura teocrática en la que los esclavos existen y mueren trabajando en la construcción de una realidad paralela cuyo único objetivo es que el régimen absolutista que gobierna el país quede bien ante un bloque occidental idiotizado y de doble moral. En otras palabras, para que podamos vender muchas camisetas y ver a 22 millonarios jugar a la pelotita y por supuesto preocuparnos mucho por si sudan. Pobres.

La entrevista, no lo olvidemos, se programaba con motivo de la concesión a Hadid de la medalla de oro del RIBA por su contribución a la disciplina.

Estemos de acuerdo o no con lo que esta contribución significa, resulta apropiado releer las palabras de agradecimiento de Hadid al recibir el premio (Las negritas son mías):

[…] This recognition is an honour for me and my practice, but equally, for all our clients. It is always exciting to collaborate with those who have great civic pride and vision. Part of architecture’s job is to make people feel good in the spaces where we live, go to school or where we work – so we must be committed to raising standards. Housing, schools and other vital public buildings have always been based on the concept of minimal existence – that shouldn’t be the case today. Architects now have the skills and tools to address these critical issues.

[ […] Este reconocimiento es un honor para mí y mi estudio, pero igualmente, para todos nuestros clientes. Es siempre emocionante colaborar con aquellos que poseen un gran orgullo cívico y visión de futuro. Parte del trabajo de la arquitectura es el de hacer que la gente se sienta bien en los espacios donde vivimos, vamos a la escuela o trabajamos –así que debemos estar comprometidos con subir los estándares. Las viviendas, escuelas y otros edificios públicos vitales siempre se han basado en el concepto de existencia mínima –ese no debería ser el caso hoy. Los arquitectos tenemos las habilidades y las herramientas para abordar estos asuntos críticos]

Cabe pues preguntarse, ¿Qué tipo de orgullo cívico tienen algunos de los clientes de Hadid, que por lo visto también reciben, por extensión, el premio?

Por ejemplo, cuál es el nivel de civismo de Ilham Aliyev, hijo de Heydar Aliyev cuyo nombre lleva el centro construido por Hadid en Azerbayan e inaugurado en 2012. Quizá sea el haber eliminado la restricción de mandatos presidenciales para perpetuarse en el cargo (¿Es esta la visión de futuro de la que habla la arquitecta?), su costumbre de detener a la oposición en fechas electorales (Ah, los clásicos) o su demostrada pasión por encarcelar periodistas por difundir o simplemente investigar cuestiones incomodas para el régimen (entre ellas su –cuestionable- fortuna personal).

O, volviendo a Qatar, cual es la del Jeque Tamim bin Hamad Al Zani, un gobernante absolutista en una monarquía hereditaria cuya reciente burbuja inmobiliaria se asienta sobre un sistema laboral llamado Kafala que sitúa a los  trabajadores (Emigrantes en su mayoría) en un estado de semiesclavitud actualizada al siglo XXI, otorgando a sus contratadores el poder de cancelar permisos de residencia, impedir la movilidad laboral o incluso impedirles abandonar el país.

Cuál es la de un país que con 2,7 millones de habitantes alcanza en un año según la UITC 600 muertos por accidente laboral. (España, en 2015: 45 millones de habitantes, 285 hasta junio).

Y sobre todo podríamos preguntarnos cómo se elevan los estándares cuando lo que se produce para estos clientes tan cívicos es simple y llanamente propaganda en forma de objeto construido a la mayor gloria de la perpetuación de regímenes altamente cuestionables. Quizá habría que preguntarse qué son exactamente esos estándares que Zaha Hadid nos dice que son el trabajo de la arquitectura y cuales las habilidades que poseemos según ella para elevarlos. O simplemente si el camino para hacerlo es este.

Quizá la triste respuesta es que a lo que parece referirse Hadid es a simples (Y la palabra no es baladí) cuestiones estéticas. Formalistas. Más grande. Más curvo. Más caro. A cualquier (A CUALQUIER) coste. Quizá lo peor del asunto es que eliminada esa cuestión cívica de la que Zaha parece presumir (Y que no es tal en su obra para nosotros) lo único que permanece es un juego autosatisfecho al servicio de intereses que están en las antípodas de aquello que hace de la arquitectura una fuerza con capacidad para mejorar la vida de las personas y no un oscuro reflejo cuya única habilidad es la ocultación de la realidad, la tramoya tantas veces utilizada para desplegar la imagen del poder.

“Not on our site”. No en nuestra obra, es la respuesta de Hadid preguntada en la BBC4 por las supuestas 1.200 muertes asociadas a las obras de infraestructuras en los últimos años en Qatar.

Y es cierto. Not on their site. No en su obra. [Las cifras son anteriores a esta]

Pero… ¿Y cien metros más allá? ¿Y doscientos? ¿Se trata de una cuestión de geolocalización? Legalmente puede que sí, y esto es lo perverso de una sociedad occidental –y de una profesión- que parece ser capaz de proclamar hasta el paroxismo su apego por ciertos valores sociales (democracia, igualdad, derechos humanos, equidad…) mientras olvida por el camino que el problema es sistémico y que no resulta creíble el primer discurso cuando se ejerce después un escapismo de letra pequeña, no por más legal menos ajeno a la mínima ética sostenible. Que conceder, por ejemplo, unos mundiales de fútbol a un país cuyo régimen laboral nos parecería intolerable en Europa es absolutamente vergonzoso o que recurrir a la localización geográfica del problema (de la valla para allá o para acá) mientras se erigen los decorados propagandísticos que perfuman el hedor fascista de dicho régimen puede ser perfectamente legal pero es –como poco- analizable y  ciertamente cuestionable.

Máxime cuando, paralelamente, el socio de Hadid, Patrik Schumacher, tiene por costumbre descargar en Facebook discursos que harían sonrojar al neoliberal más asilvestrado en los que pide movilizaciones de la profesión por aspectos tan, pero tan, preocupantes como el hecho de que la Bienal de Venecia no sea lo suficientemente Avant Garde (sea esto lo que sea para Schumacher) o la financiación pública de las escuelas de arte por razones tan infantiles como clasistas. Pensaría uno que quizá Schumacher podría pedir que los arquitectos nos uniéramos para protestar por otras cuestiones como –sin ir más lejos- la situación de los trabajadores emigrantes en Qatar asociados a la construcción o la falta de libertad de prensa en Azerbaiyán, pero quizá no tocaba o quizá el viejo refrán de “haz lo que digo y no lo que hago” asociado a lo agradecido que tenga uno el estómago sigue siendo válido. Y el de Schumacher parece agradecidísimo.

A la postre, déjenme ser claro, Hadid está en su perfecto derecho de construir para quien quiera y como quiera. De tener o no tener los clientes que prefiera. Lo mismo ocurre con Schumacher y sus “rants” (para mí, insoportables). Y para que quede claro, no hay pruebas actualmente de que haya habido ningún problema asociado con la construcción del estadio en cuestión que por lo que sabemos es el paraíso laboral con bebidas con sombrillitas.

Pero junto con ello, y ejerciendo el mismo derecho y una mínima capacidad crítica, no tenemos por qué tragar con ruedas de molino en una profesión que debería –rápidamente- recuperar su capacidad de análisis introspectivo para abandonar el discurso de cartón piedra en el que los dictadores acaban convertidos en “clientes con orgullo cívico y visión” mientras nuestras instituciones premian la reducción de la arquitectura a la categoría de objeto estético, apolítico y espectacularizado.

Hic sunt dracones. Por allí -¿A 100 metros? ¿A 200?- hay dragones. No tenemos porqué, y no deberíamos, ser partícipes, por razones tan absurdas como las puramente estéticas, de un sistema en el que nuestra capacidad crítica, nuestros mínimos, aquello que deberíamos aspirar a ser para la sociedad, queda suspendido y desactivado más allá de los límites de una valla de obra.

Written by Jose María Echarte

octubre 26, 2015 a 11:43

2 comentarios

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  1. No sabía que era tuyo hasta el final. De acuerdo casi al cien por cien. Claro y directo.

    Aito

    octubre 26, 2015 at 14:19

  2. […] nuestra propia trayectoria personal. Dejemos a su escudero Patrick Schumacher aparte, olvidemos sus cínicas palabras al recoger la Medalla de Oro del RIBA de este mismo año 2016, y quedémonos con sus hallazgos: sus espacios escurridizos, […]


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