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Aquí también hay que leer compulsivamente (LFC)

Patton, Gary Cooper, los 7 Magníficos y las Tizas de Jimena

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The tanks are coming... the tanks are coming...

The tanks are coming… the tanks are coming…

Este texto es un relato, libre, de la pequeña charla que he dado como parte de OPENHOUSEMADRID.

[Aprovecho para agradecer a Paloma Gómez la invitación, a Anatxu Zabalbeascoa su moderación –no es fácil lidiar con arquitectos- y a Anna su ayuda para que todo saliera perfecto. Y a todos los ponentes por su generosidad]]

El título es raro. Lo sé. Yo soy algo raro… así que no debería extrañarles queridos lectores. Sin embargo, trataré de ser más claro.

Yo soy de Almería. También es un sitio raro. Lo digo con cariño, no crean. Con el cariño de Radiohead al cantar I’m a creep, I’m a Weirdo. Con el cariño del emigrado interior que vuelve a su tierra cada vez para descubrir cómo va cambiando sin su presencia, siendo la misma y diferente a la vez, ajena y sin embargo propia.

En Almería, vean, hay una catedral. Es –creo que se van haciendo ustedes a la idea del asunto- una catedral rara. Una catedral fortaleza. De planta de cruz pero sin brazo corto, el acceso se produce por la fachada lateral, quedando la portada relegada a un papel secundario. Y junto a la catedral, una plaza.

La plaza es, en parte, la protagonista de nuestra pequeña historia. Es una plaza… lamento repetirme, rara. Un cuadrado extraño en una trama de ciudad árabe que tiende al desorden organizado. En ella se agolpan la catedral, el palacio episcopal y la residencia sacerdotal (que sustituye al antiguo colegio diocesano) obra de Ramón de Torres (magnifico arquitecto Almeriense).

En su día la plaza contenía una fuente, extraída de una tabla enorme de mármol de Macael y un arbolado de porte generoso, crecido a lo largo de los años, que aportaba esa combinación de agua y sombra que los profesores de proyectos solemos tachar a veces de banal (así somos a veces, perdónennos) que por razones evidentes suele ser muy querida en una ciudad que sufre los rigores de un verano largo en meses y temperaturas.

Plaza de la Catedral. Almería

Plaza de la Catedral. Almería

En los años 60 la plaza sufrió un primer revés. Los árboles se cortaron, se amplió el espacio para los coches y la fuente se desplazó a un lugar extraño, junto a la catedral.

La plaza, en los 60, con la fuente ya trasladada.

La plaza, en los 60, con la fuente ya trasladada.

No sería el último cambio.

Almería, déjenme que les explique, es un sitio muy de esquinas. De encontrarse en ellas, de pasar la tarde en una hablando, al fresco. Quizá en parte porque Almería es, en sí misma, una esquina. Ni andaluza, ni murciana. La niña fea durante muchos años hasta que el milagro del plástico la saco (sólo en parte) del olvido. Y así pasaba el tiempo en la que era mi ciudad: un poco en esquina… hasta que en los 60 descubrimos el cine.

O por ser más claros, descubrimos que el cine tenía una cosa que se llamaban rodajes y que estos necesitaban localizaciones. Y que estas, en según qué países, eran muy caras y nosotros ofrecíamos el mismo clima y parecido paisaje a precio de oferta.

Así llegaron a Almería Sergio Leone y Clint Eastwood (Y las leyendas sobre sus noches de farra en la parte vieja, al pie de la Alcazaba). Llegó John Lennon del que se decía que tenía una casa en el paseo marítimo y del que nuestro profesor de inglés de 1º de BUP nos contaba que se lo había encontrado junto a Paul y George en “Los Espumosos” tomando un café con leche sin que nadie supiera muy bien quienes eran aquellos tres guiris con camisas floreadas. Llegaron también Lawrence de Arabia… y el general Patton, reencarnado en George C. Scott.

Quedémonos con Patton. No solo se rodaron en Tabernas las escenas de las batallas de tanques, sino que –ya puestos- se rodó el desembarco en Messina, (Sicilia), para el que Almería sirvió como escenario a precio de oferta y alcalde amigo y deslumbrado por el todo “joligú”.

Y aquí se cruzan (entre cuatro esquinas) la trama urbana de Almería y el cine. En algún lugar había que colocar los tanques para la escena de la llegada de Patton al centro de la ciudad y no habiendo otro espacio, el equipo de rodaje decidió que la plaza de la catedral era el lugar idóneo para el despliegue. Dicho y hecho, sin mucha oposición por parte del municipio el poco verde que quedaba se eliminó, la plaza se convirtió en erial y la fuente se trasladó al aeropuerto. Eran, quizá, otros tiempos. Aunque como veremos no tan distintos de estos.

La plaza, tal como aparece en Patton, convertida en Messina.

La plaza, tal como aparece en Patton, convertida en Messina.

El equipo de rodaje reconstruyo la plaza. Mal. Los coches ganaron (más) espacio y el lugar de estancia se convirtió en una rotonda extraña con unas pequeñas jardineras y unos ficus, pálido remedo de los arboles magníficos con que contaba el espacio antes de caer ante los coches primero y las orugas de los tanques de forma metafórica… y literal, después.

Esta última es la plaza que yo conocí. La que viví durante mi niñez y mi juventud, tan cercana como estaba de las cuatro calles, la zona tradicional de bares y copas de Almería. Escenario de cigarros furtivos, litros de agua de Valencia y otras bebidas adolescentes y primeros besos compartidos a oscuras, marcaba el límite entre la ciudad vieja y su ensanche, o lo hacía de forma mental ya que no exactamente de forma histórica.

La reconstrucción, ya sin la fuente, tras el paso de los tanques.

La reconstrucción, ya sin la fuente, tras el paso de los tanques.

Y así permaneció hasta el año 2000. En ese año, elecciones encima y poco que enseñar, el ayuntamiento decidió rescatar un proyecto del año 78 para remodelar la plaza. Curiosamente, uno de los primeros proyectos ganados por Alberto Campo Baeza y cuyo objeto era proveer a la catedral de la nave del brazo corto que jamás tuvo. Una nave de luz, decía Campo, una bóveda de palmeras y la fuente que se recuperaba.

El concurso ganador de Campo Baeza en 1.978

El concurso ganador de Campo Baeza en 1.978

La fuente no se recuperó, pero el resto sí. Es la plaza que pueden ver hoy si se acercan a este rincón de mi tierra (Y si lo hacen no dejen de ir un poco más arriba al Bahía de Palma a por unas tapas).

Es un buen proyecto. O diré mejor que es un buen proyecto de escuela. Es sutil y es tremendamente evocador. Limpio como pocos. Claro.

Y sin embargo es un proyecto que encuentro hecho desde lejos y algo desde arriba al que los almerienses jamás han tenido excesivo cariño. Yo, que he vivido ambas plazas, la muy mala y la muy buena (al menos para los cánones de lo que se entiende por arquitectura) tengo memorias de la muy mala, y no tantas de la muy buena, excelentemente concebida pero algo inhóspita.

La plaza de la catedral en la actualidad.

La plaza de la catedral en la actualidad.

Para acabar la odisea, otro alcalde –el sucesor del anterior- decidió próximo a unas elecciones –y por los mismos motivos- que algo había que hacer. Y quiso por tanto recuperar la fuente de la plaza de la catedral. Como quiera que AENA le había cogido cariño y no quería devolverla… la copio en mármol y la coloco en una plaza próxima, la plaza Granero, donde es un objeto algo marciano. Fuera de escala y proporción, pero apropiado para hacerse unas fotos. Eso siempre es lo importante.

Instalación de la réplica de la fuente en la plaza Granero.

Instalación de la réplica de la fuente en la plaza Granero.

En esta pequeña historia… poco hemos hablado de los ciudadanos. Les he contado lo que recuerdo, ciertamente. Me he desnudado un poco para decirles como echo de menos la plaza mala porque en realidad, quizá, echo de menos aquellos años más despreocupados de mi adolescencia. Pero aparte de esta melancolía (que sabrán ustedes perdonarme)… ¿Dónde está la ciudadanía en este periplo urbano de uno de los pocos espacios generosos con los que cuenta el casco histórico de Almería?

Pues lejos. Mirando. Jamás se les pregunto. Se nos preguntó. ¿Para qué?

Ni los ciudadanos ni el espacio urbano parecen importantes en esta sucesión de imposiciones, destiempos, tanques y prisas. Y normalmente solemos los arquitectos (o solíamos) mirar sólo hacía el exterior… culpar a las fuerzas vivas, ya saben. A esos poderes que retratara Rosi en Le mani sulla cità. Y sin embargo… ¿Nos miramos a nosotros mismos?

Rosi. Le manni sulla città

Rosi. Le manni sulla città

Miro el arquitecto que me dijeron que tenía que ser, y que quizá fui, y veo a Howard Roark en El manantial. Impasible ante su edificio. Inamovible. Solido. Independiente. Un dios benévolo… sin garantías de serlo. Un demiurgo en ocasiones intratable, un solitario. Le miro y le veo demoliendo a base de dinamita el proyecto de Cortland Homes, pervertido por unos promotores con los que no quiere trabajar.

Veo a Cooper y pienso –hablábamos de Almería y la mente tiene estos recovecos- en su papel en High noon. Solo ante el peligro se llamó aquí. Un héroe solitario, autosuficiente. Parece que los arquitectos estuviéramos condenados a movernos entre la arcadia ideal de Pruitt Igoe y la calle San Francisco con sus setas falleras en Alicante. Del fracaso de la primera al éxito de la segunda, no todo es sin embargo tan claro. Hay otros caminos. Los vemos en el campo de la Cebada (Zuloark) en Hamar (Ecosistema Urbano) en los procesos participativos de Paisaje Transversal. En tantos y tantos otros compañeros que han negado esta -ridícula- lucha entre extremos.

Porque, pensando, me acuerdo de los siete magníficos. ¿Por qué ganan los 7 magníficos? Pues ganan porque son siete, y son todos distintos. Uno es frio y calculador, otro (Ay Charles Bronson) más bruto que un arado pero con buen corazón, otro es impasible, otro pendenciero. Pero ganan principalmente porque según llegan al pueblo se integran en el. Les enseñan a usar una trinchera, a defenderse. Porque pelean con los ciudadanos a su lado y no lejos. Y me pregunto si no es esta nuestra labor, más que la heroica solidez incontestable y distante de Roark. Si no es nuestro futuro el de ser los expertos que acompañan a una ciudadanía que es parte del entorno urbano y que lo habita sin necesidad de nuestras complejas cuestiones.

El espacio público no necesita instrucciones para usarse. El espacio público es urbano, pero de urbanidad. De educación. De educar. ¿No es nuestra labor ser los agentes de esa participación? ¿Intentar conseguir una ciudad más equitativa, participativa y justa?

Me lo pregunto mientras pienso en Jimena, mi hija. En como juega con sus tizas en un parquecito anodino y como lo transforma a su antojo, dibujando en el suelo aquello que le falta, que quiere o que le gustaría que hubiera. Pienso como la caja de tizas es reclamo para el resto de niños del parque y como todos juntos se organizan –sin adultos algo condescendientes- para aprehender su entorno. Para transformarlo y jugar en el.

Transformando la ciudad, one chalk at a time

Transformando la ciudad, one chalk at a time

Jimena tiene un libro, un libro muy de hija de arquitecto, mea culpa, llamado Popville. Al final del libro un poema de Pablo Guerrero, y dentro del poema una estrofa:

[…] sobre todo la ciudad

es la gente que la habita

Van deprisa o despacio

al trabajo

o a pasear por los parques soleados.

Vivo en una ciudad y soy una ciudad.

Pues más o menos es eso. Sin muchas más complicaciones.

Written by Jose María Echarte

septiembre 29, 2015 a 11:31

Publicado en General

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