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Aquí también hay que leer compulsivamente (LFC)

Cambiar la Sociedad

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Changes, ah changes.

Changes, ah changes.

Le parece a José María Torres Nadal que Cosmo (La obra de Andres Jaque para el festival PS1 del MoMA en Nueva York) y la biblioteca de Exeter de Khan están ahí-ahí oigan. Bueno, no del todo porque Cosmo además (cito) “quiere cambiar la sociedad”.

Me van ustedes a permitir que discrepe, porque si la intervención hace algo es para mí, precisamente, dejar la sociedad exactamente igual.

Entenderán que a estas alturas de la cuestión el aparato en si me dé bastante igual (Estoy seguro de que estará bien construido, funcionará, y gustará a los asistentes al festival)

Esta falta de interés proviene de la consideración del objeto como un mero vehículo para un discurso que se pretende revelador y políticamente significativo y que –para quien esto escribe- no  supera la performatividad simplista a la que tan acostumbrados estamos estos últimos años. El vídeo en el que el autor nos presenta la obra es –de nuevo- una impostura sobre sobrepasar el uso “hedonista y celebrativo del agua” que, sin querer uno presumir de capacidad sintética se resume en: El agua es un bien escaso y su gestión un problema de primer orden que deberíamos atender.

Mezclando cosas.

Mezclando cosas.

Sin querer entrar en muchas profundidades añadiremos que el agua es un bien escaso y un problema de primer orden en Haití. En Kenya. En Congo. En cualquier campamento de refugiados de los surgidos por la huida masiva de ciudadanos del territorio controlado por ISIS… pero no en Nueva York. Parece pues algo aventurado –como señala Torres Nadal- que un cacharro que hace de forma algo peculiar algo que ya está inventado para servir de fondo a un festival de música experimental, patrocinado por esa empresa perteneciente al stablishment más rancio que es el MoMA, vaya a ser el germen de ninguna cuestión revolucionaria. Resultará en cambio más adecuado ponerlo en contexto -en contenido y objetivos reales- con una de las galas de las estrellas presididas por la celebrity de turno con carácter benéfico – publicitario.

No otra cosa es Cosmo. Un anuncio bienpensante, una de esas acciones de aplacamiento de conciencia para occidentales cuyo rápido consumo suele ser tan banal como su pronto olvido. Volvemos pues a la cuestión del discurso simplificado y diagonal. Endulzado para un hemisferio norte y occidental que se presenta incapaz de asumir cuestiones educativas y sociales de primer orden (El agua, la vivienda, la sostenibilidad…) y que necesita que se lo pongan muy de colores para aceptarlo, al menos durante una noche de baile electrónico (imagino que hedonista y celebrativo a partes iguales) que trae de extra la limpieza de la mala conciencia y el conocimiento en píldoras de soma aptas para consumo rápido y discusión breve.

O, siendo claros, que necesita que venga ¿Bono? ¿Lady Di? a decirles que está la cosa muy malamente para darse cuenta del mundo en el que viven.

Podría uno aceptar que –perdida en parte la batalla de la civilización a la que todos deberíamos aspirar- la cuestión celebrital asociada a ciertas situaciones es un mal menor. Un estadio intermedio entre una sociedad plena y otra con la potencia de llegar a serlo pero en la que aún se le pregunta a Jude Law su opinión sobre el conflicto Afgano (Lean a este respecto el magnífico libro de Marina Hyde “How Entertainers Took Over The World and Why We Need an Exit Strategy”. Entenderán muchas cosas [Gracias Alicia Guerrero Yeste por descubrirlo]).

Podríamos, por ser claros, entender que hay en nuestra acomodada sociedad occidental quienes necesiten que venga Lady Di, o Bono, o Jude Law, o Angelina Jolie, a aplicarles la doctrina del shock en su versión fan pero, ante las palabras de Torres Nadal, la pregunta que deberíamos plantear entonces es:  ¿Somos los arquitectos parte de ese grupo? ¿Ese es el cambio social que ilusiona a Torres Nadal? ¿A esto a lo que aspiramos?

De  aceptar el mal menor como vehículo discursivo reduccionista a considerar que sea precisamente esa disfunción compuesta a partes iguales de espectáculo banal y discursos automáticos lo que va a cambiar el mundo, media un abismo que no se salva con los bandazos habituales de nuestra disciplina -siempre dispuesta a la grandilocuencia sin análisis intermedio- ni con performances por mucho que las compre, de nuevo, el MoMA. No ya solo porque esta impostura occidental es lo más antiguo del mundo sino porque además –como tantas otras veces- el sistema emplea estas raciones controladas de autosatisfacción para evitar enfocar el problema real (Educativo, económico, social, moral…) de forma clara y mantener así un nivel de simplificación controlada conveniente a sus intereses.

Existe además otra perversión en todo este proceso sistemático en la arquitectura española. En los muchos años que lleva uno haciendo prácticamente de todo ha conocido a personas como Alberto, que paso un año en Haití después del terremoto peleando con la reconstrucción del país. A varios de los miembros de N’undo que trabajan como arquitectos en cooperación (África, América del Sur…). A compañeros que se dedicaban a construir depuradoras y centrales de saneamiento en campamentos de refugiados. Sin llegar a lo extremo, a arquitectos que se han dedicado a la gestión del agua (Servidor es de Almería, donde gestionar el agua no es debate sino necesidad vital, y por tanto hace falta algo más que unas plantas macrófitas para que quien esto escribe baile la conga de Jalisco). Todas ellas son labores que pueden desarrollar los arquitectos y que de hecho desarrollan. Lo hacen en una periferia vaga, alejada de focos, intereses mediáticos y cenáculos, en la que la realidad puede llegar a ser letal y en la que los elogios no se miden en fotografías sino en civilidad. En la que los discursos son precisos y claros como un nomograma. Lo hacen a pesar de que en sus procesos formativos, antes y ahora, se buscara la impostura unidireccional y estrecha y no la realidad, amplia y múltiple pretendiendo con ello un alejamiento infantil de estas cuestiones que, por ser claros, eran consideradas (Y aun lo son) menores o carentes de algún interés si no están revestidas del pertinente discurso grandilocuente para elegidos.

Lo hacen –y este es en buena medida su mayor mérito- a pesar de que esta profesión parece querer ser cada día más Bono regalando Ipads y cada día menos lo que debería y –lo que es más triste- podría ser.

No es pues casual la comparación con Khan. Un edificio, por lo visto, no “cambia la sociedad”. No está uno muy seguro de que lo haga, al menos no siempre, pero sí de que ciertas cosas –en esta vorágine del cambio de paradigma post-icono en el que todo cambia para seguir igual- parecen molestar. De que el discurso ligerito de la visibilidad propagandística sustituye irremediablemente a la labor civilizadora compleja y necesariamente áspera cuyo objeto –callado y muchas veces estúpidamente despreciado- si es cambiar el mundo de forma profunda y no asumir que el mal menor del espectáculo simplificador es sustitutivo de una transformación real, educativa y profunda de la sociedad.

Puede por tanto que Cosmo consiga que alguien, entre epatado por la fluorescencia y encantado por la música experimental, se planteé alguna de estas cuestiones. Y probablemente, tal y como va esta sociedad, no sea esto ni extraño ni algo de lo que quejarse en absoluto.

No se trata de eso. Se trata de entender que si esto es la idea que los arquitectos tenemos de cambiar la sociedad, y no de asumir dócilmente sus muy preocupantes carencias, estamos tardando en votar a Angelina Jolie para presidenta de la ONU.

Written by Jose María Echarte

junio 29, 2015 a 21:39

Publicado en General

6 comentarios

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  1. Al primer cuarto lo he tenido que dejar… el texto empezaba a desvariar a similar altura de lo que critica.

    Mik

    junio 30, 2015 at 7:43

  2. Con lo que el debate es imposible.
    Pero gracias por llegar al cuarto. Poco a poco.

    Jose María Echarte

    junio 30, 2015 at 9:40

  3. Mik, yo estaría encantado de que tú (o cualquiera, incluso Torres Nadal o Jaque) me explicasen, de forma argumentada, no tanto por qué Domo cambia la sociedad sino cómo es esa nueva sociedad que propone y por qué debemos felicitarnos porque se materialice. Hasta entonces, seguiré pensando lo mismo que ha explicado Jose María Echarte en un post que considero mucho más atinado que las declaraciones que citaba al principio.

    Carlos Cámara

    julio 5, 2015 at 13:00

  4. […] una tras otra. Lo que estábamos esperando, apuntan los Colegios dos meses después. Tod’s está cambiando la sociedad, declara Torres Nadal, cantando claro. Un delirio, […]

  5. En otro orden de sosas : el Colegio de Arquitectos de Valencia publica unas bases de un concurso por los 50 años de su sede para remodelar un cachito que les sobra. ¿Premio? 3000 Euros a cuenta de los honorarios del trabajo ( ¿que te creias que eran por la cara? ) en dos fases ( debido a la coplejidad técnica, programática y cantidad de propuestas recibidas, como el Guggernhiemm de Helsinki para hacernos una idea) y esto no acaba aqui, inscripcion de 50 Euros, con lo que se paga el premio la obra y la fiesta de inauguracion (cuento con la abalancha de propuestasmencionada).

    Si alguien se sorprende de que esto lo haga un Colegio de Arquitectos, consuelese que es el de Valencia, y ¿cuando se ha visto una noticia decente sobre Valencia? ¿eh? ¿eh?

    Incluyo este pataleo aquí, en ausencia de buzón habilitado a tal efecto, por parecerme una entrada algo adecuada al tema (que siempre es el mismo)

    Ilustre Colegio

    julio 30, 2015 at 18:18

  6. Adjunto bases para que cada cual se tire de sus respectivos pelos:

    http://www.arquitectosdevalencia.es/sites/default/files/00_bases_concurso_sede_ctav.pdf

    Ilustre Colegio

    julio 30, 2015 at 18:25


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