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Frei Otto 1.925 – 2.015. De premios y verdades

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Rotulas de la estructura tensada del estadio olímpico de Munich. Frei Otto, 1.972

Rotulas de la estructura tensada del estadio olímpico de Munich. Frei Otto, 1.972

No creo que sea necesario glosar las verdades de la obra de Frei Otto. En primer lugar porque no creo que haya que glosarlas.

Hay arquitectos que no necesitan excesos de papel cuché para explicarse. Ni glosas, ni elegías, ni odas. Su trabajo habla por ellos más de lo que nadie podrá hacerlo. Cualquiera que haya visitado en Munich el estadio de los juegos olímpicos de 1.972 necesitara poco más para entender lo necesario de un trabajo constante, serio y responsable como el que el arquitecto alemán desarrolló (Modesto y silente en comparación con otras figuras –a falta de palabra mejor- mediáticas) durante más de 4 décadas. [Lean a propósito este magnífico texto de Miguel Angel Diaz Camacho ].

No obstante la triste noticia de su fallecimiento viene unida a la concesión del premio Pritzker (Premio Hoteles Hyatt, para ser claros) un día después de su muerte.

Así, mientras la perdida de uno de los grandes arquitectos de su generación debería llevarnos tal vez a debatir su magnífica obra y, no menos importante, el porqué de su exclusión académica en muchas de nuestras escuelas (Donde Otto es, no nos engañemos, poco más que un vergonzoso pie de página)… la intromisión mediática del mal llamado nobel de la arquitectura convierte todo en una cuestión publicitaria tremendamente reveladora de los derroteros por los que nuestra propia historiografía transita hoy día.

No hace mucho, con ocasión de la tercera jornada de Después de la Critica en Roca Gallery Madrid, Alicia Guerrero Yeste (A quien queremos ver más por la capital, siempre mesurada, firme y clarísima) David Cohn y Antonio Miranda, discutían sobre quién ponía el foco en según qué cuestiones. Es decir, y yendo al ejemplo utilizado, sobre la diferencia entre un omnipresente Mies emigrado a Estados Unidos (Donde Philip Johnson ya ejercía de dealer incontestable del todo arquitectos) y un lamentablemente olvidado Hannes Meyer huido a la U.R.S.S. y después a Méjico. La evidencia es incontestable, pregunten a cualquier estudiante (E incluso a cualquier persona medianamente formada) por Mies, y pregunten después por Meyer (Siendo tal vez Meyer bastante más interesante como arquitecto).

La semana pasada, por ahondar en la cuestión, en la jornada Periférica organizada por StepienyBarno y HNA en el CEU Arquitectura, una joven arquitecta de la que lamento no recordar el nombre (Esta cabeza mía) nos preguntaba (Acertadísima) por nuestra incapacidad de comunicación. Recordé al contestarle unas palabras de Domenico Di Siena –que probablemente repetí muy mal- sobre su interés personal en descubrir quién nos cuenta las cosas. Quien escribe nuestra historia o, mejor aún, quien dejamos que la escriba.

Es público y notorio el poco valor que tienen para mí los premios que concede la cadena hotelera Hyatt a través de su fundación. A lo largo de su historia no son poco los palmarios olvidos, la detección de muy poco disimulados intereses geopolíticos y económicos o el empleo de una normativa completamente absurda que parece ser únicamente capaz de reconocer un modelo de arquitecto a-la-Howard-Roark, valido con objetivos publicitarios pero de escaso interés y mínima capacidad de adaptación a la realidad de la profesión. La fundación, presa de un evidente e innegable carácter mediático que domina cualquier otra cuestión, premia y compensa como un mal arbitro y lo hace además a base de stunts publicitarios de muy escaso recorrido.

No es menor entre ellos la inclusión este año entre los miembros del jurado de Benedetta Tagliabue, publicitada como un triunfo para las arquitectas. Que Tagliabue, quien presumía no hace mucho de tener “trabajadores altruistas”, es decir trabajadores que no cobran (Ergo: explotados), sea un triunfo de nada me parece cuestionable. Que lo sea para las mujeres arquitectas cuando son precisamente ellas las que más padecen el precario sistema de becarías y explotaciones que domina en ciertos estudios es ya una desvergüenza que cursa con el agravante de pretender que los demás somos, a todas luces, tan inconscientes como quien no tiene empacho en hablar de “trabajadores altruistas” en pleno siglo XXI.

A pesar de ello, y siendo claros, los señores de la cadena hotelera pueden hacer lo que les plazca. Faltaría más. Sin embargo lo que no pasaría de anecdotario curioso adquiere otros tintes más lóbregos cuando el premio en cuestión pasa a formar parte de la extensa imaginería (fantástica) a la que los arquitectos somos tan extremadamente aficionados. La liebre y el gato, la arquitectura es sacrificio, menos es algo –aunque ya no sepamos el qué- y los premios Pritzker son el nobel de la arquitectura. El lugar al que llegar. El punto de control incontestable.

Es este un cliché muy poco inocente, extendido por la prensa generalista (cosa que poco debe extrañarnos dado el estado del periodismo en este país) pero –y esto es más grave- también por la especializada. Por escuelas, y en general por todo el sector profesional. Se equipará así un premio de cuestionables principios con la seriedad (tampoco infalible, véase el Nobel preventivo de la paz a Obama) de la Academia Sueca, y, al hacerlo, se convierte a la cadena hotelera y sus intereses en un prescriptor autorizado de esa historia de la que hablaba Domenico que tantas veces hemos dejado que otros escriban.

En los debates que surgieron –fieros algunos, apasionados otros, interesantísimos todos- con respecto a la petición del Pritzker para Denise Scott Brown, nuestra postura (algunas veces malentendida) fue precisamente esta. La de negarle el valor intrínseco a un premio capaz de premiar a Robert Venturi por su trayectoria (Mayoritariamente, no nos engañemos, teórica) dejando fuera de manera absolutamente estúpida a la coautora de “Complejidad y Contradicción” y “Aprendiendo de Las Vegas”. Desde este posicionamiento, la petición concedía para nosotros valor –el de querer recibirlo- a algo que no lo tenía cuando probablemente lo más claro hubiera sido la denuncia y la firme y clara petición de no recibirlo dado su escasísimo interés y sus muy cuestionables cimientos. Parafraseando a Groucho Marx, lo acertado –es nuestra opinión- hubiera sido no querer formar parte de semejante club, construido a base de favores, camarillas y campañas mediáticas (Y conseguidores) muy poco disimuladas.

Ocurre lo mismo con Frei Otto. El arquitecto alemán pasó toda su carrera trabajando sobre la ligereza, la eficiencia, la interdisciplinariedad, la sostenibilidad bien entendida y sobre la tantas veces olvidada investigación (que no especulación) técnica fundamentada y científica y, lo que es más importante, lo hizo llevado por un espíritu de compromiso social incontestable. Sin necesidad de entrar en el campo de la adulación es claro que lo descrito replica, punto por punto, un catálogo incuestionable de aquellas cuestiones que se perfilan como fundamentales para recuperar el camino (o los caminos) en una profesión que ha circulado y aun circula excesivamente próxima a la despreocupación infantil y egoísta de la moda más banal (Incluyendo en la comparación la desaparición de la crítica, el retorno del estilismo más autocéntrico (y paramétrico) y la explotación del tercer mundo).

Es por tanto, y sin ánimo de establecer comparaciones que podrían incluso (Como bien dice Antonio Miranda) medirse, inexplicable que haya que haber esperado a que Otto estuviera tan mayor como para que el premio se le haya concedido un día exacto después de su muerte mientras otros receptores lo recibían por la razones completamente contrarias a las expuestas en el fallo del jurado. Inexplicable y no menos surrealista.

No dudamos de que el jurado hubiera pensado en premiarle antes del triste fallecimiento (Se le comunicó en vida, según cuentan las crónicas), pero estamos seguros que en la decisión no habrá tenido poco peso la posibilidad de que Otto muriera sin tiempo para hacerlo (El Pritzker no se concede de forma póstuma por lo que en este caso se ha adelantado el fallo casi un mes para –entendemos- evitar suspicacias).

Como ya ocurriera con Shigeru Ban en 2.014, la cadena hotelera escribe derecho con renglones absolutamente torcidos. Es su prerrogativa. La nuestra quizá sea dejar de conceder valor a lo que evidentemente se rige por unos parámetros no solo cuestionables sino incluso perjudiciales para una disciplina para la que la solidez analítica y crítica debería ser un objetivo, un ideal, que predominara sobre la volubilidad interesada y la siempre fatídica ley de las compensaciones a bandazos neoliberales. Una prerrogativa que debería incluir ser muy conscientes de que la historia y sus redactores son tan importantes como las floreadas imágenes (¿renders?) que ilustran sus páginas.

Dicho todo esto, lo más importante es que hoy debemos celebrar a Frei Otto. Celebrar su trabajo, su obra y su excelencia. Su infinita capacidad como arquitecto sin estridencias ni neones innecesarios. Su responsabilidad y honestidad. Con premio o sin premio, eso es lo que debería pasar a la historia.

Descanse en paz.

Written by Jose María Echarte

marzo 11, 2015 a 15:19

Publicado en General

Una respuesta

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  1. Querido amigo:
    Adopto la fórmula de carta (aunque sea abierta) para que quede claro que me dirijo a ti personalmente, que no es un comentario al sol…
    Te decía querido porque se quiere lo que resuena con uno, tal vez no lo próximo, pero si lo deseado próximo, y es que tu texto me ha ido gustando e ilusionando -a pesar, o precisamente, por su tono crítico- según avanzaba en él. He entrado a leerlo movido por la admiración a partes iguales que suscitan en mí la seriedad y la capacidad de Otto (como bien dices no es seguramente este el sitio y puede que el momento para hacer una loa del arquitecto (con mayúsculas) alemán, y su capacidad silente, siendo lo anterior.
    Y, sin embargo, lo que me he encontrado ha sido una crítica muy bien argumentada del panorama mediático de la arquitectura contemporánea que, fíjate mi ignorancia, no había leído, al menos del tirón, nunca. Lo bueno del caso es que describe con precisión las razones por las que desde hace muchos años me cuesta seguir la prensa “especializada” y me siento feliz investigando por mi cuenta, ya sea en mi estudio, ya sea en las bibliotecas.
    Gracias, gracias, gracias.
    Me alegra que haya sido a la luz de este cruce de noticias sobre Frei Otto (su muerte y el Pritzker -por cierto, no he leído a nadie la posible y para mí evidente relación entre estos dos eventos: Otto muere al saber que le iban a dar el Pritzker, Otto no resiste el peso de la “púrpura”-) como haya encontrado tu texto. Un primer milagro atribuible.
    En todo caso, gracias otra vez, y te seguiré con más cuidado y atención.

    Eduardo Delgado Orusco

    marzo 11, 2015 at 17:36


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