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Aquí también hay que leer compulsivamente (LFC)

El Sistema

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All hail the golden lamb. Or the black suitcase...

All hail the golden lamb. Or the black suitcase…

El sistema es, como el Proceso (Atención a la mayúscula) imparable. Impermeable a lo externo. Incansable. Todo lo permea, todo lo alcanza. Nos rodea, como la fuerza, pero en vez de otorgarnos poder… nos lo roba. Nos vacía.

El sistema ya existía. Y probablemente seguirá existiendo. O no. De nosotros en buena medida depende. El sistema se compone de cada trampa. De cada engaño. De cada corruptela en constante proceso de engorde y cuyo objetivo final es un país donde se come queso y se pinta con Garan D’ache. El sistema somos –en parte- todos pese a que su objetivo es el clásico del neoliberalismo corruptor: Favorecer a unos pocos castigando a la mayoría. A la infinita mayoría.

Así, llaman la atención las declaraciones de un trabajador de DICO en las que habla de cómo se ha desarrollado el sistema. De cómo ha crecido y llenado cada vacío. Cada espacio. Por hastiado que esto pueda parecer… ¿De verdad es tal la sorpresa? ¿Estamos quizá actuando como el gendarme Renault cuando descubre que aquí, oh sorpresa, se juega?

Veamos….

Les diré, a estos efectos, lo que le escuche a un consultor en Andalucía cuando salto aquella noticia del famoso 3%: “Vámonos todos allí. Es mucho más barato”. No andaba equivocado: en mi tierra hay un alcalde al que llaman “El Iva”. Al menos sabes que va a tipo fijo, especialista en convocar concursos urgentes… para construir estadios de futbol, por ejemplo (Las urgencias, ya se sabe, son las que son). Y es que más allá del tono de irónica retranca, lo que se asume es que el sistema existe. Que está ahí. Que siempre lo estará y que a la postre, como Groucho pero con menos gracia, de lo que estamos hablando no es de ética, ni de dignitas,  sino del importe de la minuta.

El sistema está institucionalizado. Es oficial, no oficioso. No se desarrolla en parkings oscuros con gabardinas y gargantas profundas. Es claro y, a su perverso modo, es trasparente. Se resume en el lacónico esto es lo que hay, en el sucio lo de toda la vida. En esa eterna referencia insufrible, entre cómplice y desnortada, a la picaresca como factor genético irrenunciable de los españoles que no conseguimos sacarnos de encima ni a golpes, asumida y aceptada como el agua tibia de la rana que, sin saberlo, hierve. Jamás pensó el ciego que acabaría teniendo una cuenta en Suiza, ni el lazarillo que luciría trajes a medida, dizque regalados.

El proceso es sencillo. Tanto que produce terror. Empresas falsas, subcontratas dirigidas, facturas por no hacer nada, modificados a pachas. La mano amiga. Va de arriba abajo y de abajo a arriba. Las voluntades se venden al mejor postor y las salvaguardas para prevenir su compra de las que nos hemos dotado se demuestran fallidas.

Nos queda la ley, dirán algunos. Esa es la salvaguarda definitiva que nos debe proteger: la ley.

¿Seguro? La ley, en este país es un Jano bifronte. Contiene en si misma su propia destrucción. La ley es –a todos los efectos- como esos programas de ordenador infalibles que luce el Pentágono en las películas: Solida en apariencia, pero llena de puertas de atrás por las que se cuelan desde Matthew Broderick con un Spectrum a una ciudad del medio ambiente… en pleno espacio protegido a 58 millones de euros y con Bartleby revolcándose en su tumba.

Las salvaguardas están pues llenas de trampas. Más que una película de Fu-Manchu. De vaguedades suficientes como para afirmar una cosa y la contraria sin empacho ninguno. Siempre que haya el suficiente interés… ¿político?. O en otras palabras, siempre hay el suficiente interés cuando este está de rebajas… pasando por caja.

Lo demás, solo hay que dejarlo al cuidado de una administración anquilosada. Burocrática. Abúlica. Oscurantista. Procesos que las leyes definen –permítanme que me ría- como de participación y que reducen esta y su inmensa capacidad de transformación a un periodo de alegaciones que nace ya agotado antes de empezar. Ello cuando no se dedican a -pervirtiendo todo lo que debería ser sagrado en una contratación pública- emplear “contratos confidenciales”. A redactar leyes a la carta. Trajes (De nuevo) cortados a medida.

Si, cierto, los funcionarios tienen la capacidad de negarse, esa es en parte la razón de ser de su existencia. Y hay grandes funcionarios en este país. Serios. Responsables. Pero el sistema, de nuevo, es mucho más ágil: Empresas públicas, cargos de confianza, gerentes amigables a sueldo millonario.

No hay en España ayuntamiento que se precie sin su empresa pública. Sin su consorcio. Sin su compañía semiprivatizada de gestión en la que colocar al amiguete a razón de 6.000 euros al mes. De ahí a un concurso de VPO en el que de 20 solares, 15 se reparten entre dos (Uno de ellos firmaba el plano de situación que acompañaba la información del concurso, claro), hay un paso. Y muy poca vergüenza, claro.

El sistema no distingue escalas. Va de baúles en navidad –en los que muy bien cabria todo el vestuario de La Piquer y media cabaña porcina extremeña, en patas- a transferencias millonarias en cuentas off-shore. El sistema es rizomático, la parte es el todo. Y el todo es la parte en constante crecimiento espiral. Exponencial.

La escala es lo de menos, cuando lo que cuenta es el origen. Pero –Ay- el sistema sabe de nuestra idiocia. De nuestra banalidad y nuestra falta de lo que en ingles llamaríamos “backbone” y en español es más feo. El Algarrobico es, a todos los efectos de perversión de la ley, lo mismo que ampliar un restaurante pijo en medio de un parque natural, solo que en este último caso, se ve que salir mucho en las portadas del TIME y llevar puesto un escáner 3D en la cabeza es circunstancia atenuante.. o que abre puertas a golpe de sifón hidrogenado. La ley –asumámoslo ya- nunca es igual para todos.

El sistema es apolítico. Siempre lo es. Debe serlo. No puede permitirse otra ideología que su supervivencia. Meet the new boss, same as the old boss.

Creemos a veces los arquitectos que el sistema no nos alcanza, que una invisible barrera nos separa de su podredumbre. Nada menos cierto. Concursos “que tocan”. Premios “para que os vayan conociendo”. Intereses espurios ocultos tras lo que parecen límpidos procesos de adjudicación por ideas. Cenáculos, amiguetes, regalías. Hoy por ti mañana por mi. Creemos y creemos mal, olvidada hace tiempo la responsabilidad que nos debería caracterizar, ya sea sobre lo público o lo privado, de Valencia a Madrid Costa-Fleming (No por más literario este último, menos real).

Creemos, pues, mal, sumidos en cierta sensación general de “nunca pasa nada”. La misma que experimenta un impresentable capaz de despedir a sus empleadas por estar en disposición de quedarse embarazadas (Es decir, por tener menos de 40 años) sabiendo que nada habrá de pasarle. La misma de quien luce su estudio galera con displicencia. La galvana ética nunca es aislada. Todo lo alcanza.

El sistema es, a la par que despreciable, descaradamente presente. Como si quisiera acostumbrarnos cada vez más a su existencia. El sistema es ese picor insoportable que, a fuerza de ser permanente, acabamos percibiendo de forma difusa. Una ligera molestia.

Cuenta la leyenda que un viejo constructor andaluz se quejaba amargamente de que, antiguamente, lo que se pedía era una endodoncia para el niño, un curso de ingles para la pequeña, que estaba de erasmus, la matrícula de la universidad del mayor… y que algo se había perdido con la profesionalización del asunto. Que dolía más lo de la cuenta en Suiza. No se escandalicen, también Vito Corleone se quejaba de que Tataglia y Solozzo quisieran entrar en el trafico de drogas. Él era más del juego y la prostitución, vicios clásicos ya se sabe, porque en esto como en todo, también hay modas. O mejor dicho, también hay evolución.

Y ello porque siendo todo igual de sucio, lo cierto es que el viejo constructor, quizá sin saberlo, hablaba de la evolución natural –casi orgánica- del sistema: De su versión beta a la plenamente funcional. De lo artesano a lo industrializado. De sus incipientes comienzos a su florecimiento absoluto.

¿Qué nos queda, pues? Nos queda la sociedad civil. Nos queda organizarnos. Nos queda conocer las armas del sistema y usarlas en su contra. Podría parecer que uno es pesimista, la realidad es que nunca como ahora hemos estado en mejor situación, porque nunca como ahora hemos estado más hartos. Más enfadados. Es un buen principio, pero su recorrido es muy corto si no somos capaces de –fríamente- instrumentar los mecanismos sociales que hagan luz donde hasta ahora solo ha habido sombras. Que traigan sol y jabón donde solo hay oscuridad y roña antigua. Nos queda nuestra labor social, que incluye esta responsabilidad y dentro de ella, el saber –de verdad- decir que no (Sea con un concurso, sea con una obra privada, sea como perito, como docente, como funcionario, como editor, como crítico…). Decir que no, libera. No es fácil, evidentemente. Pero es necesario.

Es, en muchos casos, la única respuesta validad. La única éticamente aceptable.

[Dedicada a Dani Ayala, que me dio la idea para escribir este artículo. ]
[Mañana prometo volver a ser alegre. Hoy sólo me salía esto. Sabrán ustedes disculparme]

Written by Jose María Echarte

noviembre 20, 2014 a 21:39

Una respuesta

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  1. Hola Jose María: he leido atentamente el texto. Es un tema sobre el que llevo mucho tiempo reflexionando. Es nada menos que el tema del poder, la sociedad y la corrupción y su devenir: “¿Cómo hemos llegado a esto?”. Y me temo mucho que,aunque no lo creas, eres optimista. Es la sociedad civil la que con su apatía, su indolencia o su egoísmo permite o consiente que el poder, de origen inicialmente democrático, vaya corrompiéndose y convirtiéndose en demagógico, como ya descubrió en sus propias carnes Sócrates, y analizó después Aristóteles al clasificar las formas de gobierno. No es una historia de buenos y malos: todos somos malos, en la medida en la que no encontramos frenos a nuestra maldad ni incentivos a la conducta recta. La diferencia no es de clase, sino de grado. Aquí se repiten cada día los dilemas de los viejos griegos: ¿qué ha de prevalecer,la ley o la voluntad popular? Eso, que ya se planteó Sócrates, se lo siguen planteando los nacionalistas catalanes, por ejemplo, al entender que la ley debe ceder ante el peso de la mayoritaria voluntad popular.
    El poder es intrínsecamente perverso y expansivo y la solución democrática sigue siendo hoy la que perfiló Montesquieu: la separación de poderes, que el poder tenga contrapoderes como garantía de nuestra libertad. Cuando Alfonso Guerra decretó la muerte de Montesquieu, acabó, con ésta fórmula, por desvelar y explicitar la causa de todos nuestros males presentes: simplemente no hay poder judicial independiente, y el poder legislativo es un mero corifeo del ejecutivo, y por ello, sencillamente, no hay estado de derecho, sino mera apariencia, cascarón vacío, bajo la forma , fantasmagórica, de unas leyes que nadie respeta. Eso creo yo al menos. Un abrazo!! Juan Luis

    Juan Luis

    noviembre 21, 2014 at 16:42


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