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Aquí también hay que leer compulsivamente (LFC)

Malevolución

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Imagen de "Marshall Law", comic  de Mills & O'Neill.

Imagen de “Marshall Law”, comic de Mills & O’Neill.

En las ocasiones en que he coincidido con Santiago de Molina en alguna charla, le he escuchado decir (Y viniendo de él hay que escuchar con atención) que los estudiantes que ahora están en las escuelas, en estos tiempos de crisis e incertidumbre, tienen una ventaja: Tienen que tener una vocación enorme.

Y lleva muchísima razón.

Me voy a permitir añadir algo –espero que Santi me perdone- y es que en general, enfocan esa vocación acertádamente.

Este fin de semana se organizaba en Madrid Portfolio Speed Dating, en el que gracias a Paco Casas y Bea Villanueva y a la organización de Roca Madrid Gallery, tuvimos la suerte de poder ver el trabajo de jovenes arquitectos (Con titulo reciente algunos y próximo otros, pero arquitectos todos) en un interesante formato de intercambio de experiencia entre ellos y un jurado de profesionales muy variados.

No voy a romper la costumbre de no escribir mucho (Más bien nada) sobre las cosas a las que asisto, pero si de emplearlas como McGuffins, así que permítanme que diga dos cosas:

La primera, gracias. Gracias a todos los que pasaron por allí por dejarnos ver su –magnifico- trabajo. Y sobre todo su ilusión. Sus ganas, su vocación en palabras de Santiago. Ocurre con frecuencia que uno siente este pequeño placer algo perverso al pensar que por mucho que haya podido aportar… es infinitamente más lo que le han aportado los demás. Así que gracias a todos.

La segunda… que todos los compañeros con los que tuve la suerte de hablar, mostraron un altísimo intereses por su labor (Fuera esta la que fuera, desde el diseño a la edificación, pasando por la gestión o la facilitación) entendida como una forma de servicio cargado de responsabilidad en la que la implicación social era objetivo principal y razón de ser ultima.

Si el día ya era bastante redondo, esta percepción acabo de alegrármelo.

Lo hizo además cuando recrudece el debate sobre el ultimo premio Pritzker, sobre lo que es o no humanitario (término algo impreciso) y sobre la innovación, a cuenta de las palmaditas en la espalda con cierto grado de puñalada de ciertos gurús del parametricismo.

Créanme, nada de lo que vimos este sábado estaba exento de innovación. De conocimiento. De investigación.

Pues ocurre, con frecuencia, que se establece con demasiada levedad (Y una buena dosis de mentira interesada) la falacia lógica de petición de principio que pretende demostrar que la innovación y el valor de la responsabilidad social implícito en lo que hacemos son opuestos y por tanto excluyentes.

La responsabilidad social es políticamente correcta.

Lo políticamente correcto no es innovador.

Luego la responsabilidad social no es innovadora.

Podríamos incluso eliminar el paso intermedio sobre la corrección política, entendiendo que este busca únicamente repetir el esquema de forma circular añadiendo a la primera una segunda falacia: la de que lo social es siempre corrección política falseada, una impostura pensada a modo de ariete purista contra una supuesta libertad creativa (O más bien irresponsabilidad creativa) que llevaría (Otra falacia, post hoc ergo procter hoc) siempre indefectiblemente aparejados los mas altos grados de innovación.

Así, se confunde de forma simplista el amplio termino “social” con el ridículo chascarrillo “para los pobres” o se define la arquitectura (En toda su amplísima complejidad) como un cocido con ingredientes en el que añadir uno en concreto -La responsabilidad social- destruye el conjunto o lo rebaja a la categoría de aburrido, antiguo. Poco innovador.

Existe no obstante una verdad repetida a lo largo de la historia: Los mayores avances, los mejores momentos de la humanidad, son aquellos en los que la responsabilidad social ha sido parte inseparable de la ecuación y no una opción –un extra- a añadir. Durante esa modernidad a la que el manifiesto parametricista se opone para definirse, es esa responsabilidad –presente en profundidad- la que aúna nuevas tecnologías, nuevos programas y nuevas posiciones político-sociales para resultar en uno de los mayores saltos evolutivos de nuestra disciplina. Podremos discutir sobre su deriva, sobre sus errores o podremos leer a Tom Wolfe y hablar de sus enormes contradicciones, y sin embargo el principio seguiría siendo valido y su contrario (Innovación contra responsabilidad social) una mera justificación ad hoc para involuciones que solo pueden conducir a un callejón sin salida. Tecnológicamente asombroso, pero vacío.

En el comic de Pat Mills y Kevin O’Neill “Marshall Law”, una revisión distópica y crepuscular sobre el concepto de superhéroe, el punto de partida transforma la simplicidad del concepto original (Superhéroe = Superpoder = Superbondad) en una némesis perversa (por real) en la que se cuestiona esa falacia de principio: Los superpoderes no implican bondad aparejada. La innovación, entendida aquí como ese principio Sci-Fi de la evolución superheroica, despojada de esa impostura, genera lo que Mills y O’Neill definen en el titulo de su mejor capitulo como “Malevolution” (Malevolución), desmontando de manera descarnada esa apariencia prístina de evolución que es en realidad maquillaje sobre lo conocido.

No es innovación lo que en muchos casos se nos vende como tal. Desde la nueva chancillería del Reich a los iconos propagandísticos con piel de doble curvatura en Qatar, hay poca –demasiada poca- distancia. La tecnología puede haber mejorado –y mucho- pero las intenciones permanecen, y esta es la malevolucion de quien pretende que ese silogismo falaz (Innovador vs. responsable) sea excusa y tupida cortina tras la que ocultar otros intereses.

Si algo debemos aprender de estas derivas endogámicas y autosatisfechas que con consistencia hemos tolerado durante años, es que hay cuestiones que no son opcionales. No lo es la sostenibilidad (Que no el greenwashing) ni lo es el valor social de lo que hacemos ni sus implicaciones (Que no el socialwashing, como bien deberían saber quienes alardean de conciencia y explotan sin ambages a sus pares). En ningún caso estas responsabilidades son antitéticas con la innovación. Con la verdadera, que va mucho mas allá de la obsesión fetichista por la herramienta, tan tecnificada como esta sea.

De ello he tenido personalmente grandes ejemplos este fin de semana, lo que resulta esperanzador, en los que daba igual si el resultado era (Entiéndanme la simpleza de los términos) más formalista o más curvo, más de Campo o más de Chinchilla, un cartel, un edificio, una casa o un traje, pues no se trata de esa reducción a la veneración por la herramienta, lo visual la forma o la complejidad (que nadie niega) sino de no perder un objetivo que nos hace responsables, que va mucho mas alla del qué y se centra en el cómo, y que con ello da valor a lo que hacemos.

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Written by Jose María Echarte

marzo 31, 2014 a 13:16

3 comentarios

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  1. Totally agree.
    Me produce además un enorme desazón que individuos como Schumacher, que se apropió unilateralmente de un concepto arquitectónico, para convertirlo en estilo más unilateral y egoístamente todavía, estén haciendo con sus actitudes y su frivolidad, que todo el potencial creativo y verdaderamente propositivo de la tecnología se cargue injustamente de inhumanidad y egoísmo.
    Lo verdaderamente paramétrico (y es un palabro que me gusta tanto o más que decir blog) puede ser muy, muy responsable.

    arquitextonica

    marzo 31, 2014 at 19:16

  2. Si algo he aprendido con el transcurrir de los años es que la gran deficiencia en nuestra formación como Arquitectos ha sido no profundizar en la importancia de trabajar en enquipo, saber trabajar en equipo y “enriquecerse” en equipo y, más importante, el saber hacerse sentir “necesarios”.

    Se nos han mostrado ejemplos de Arquitecturas aisladas, bellas, sin duda, impresionantes si cabe, pero que no sólo no eran necesarias sino que el tiempo las ha relegado a ser sencillamente regodeo intelectual de unos pocos, viejas batallitas… el clima que rodea a todos estos encuentros no pasa de ser un “lucirse” entre iguales pero cuyo reflejo en la sociedad es prácticamente nulo… lo más que puede esperarse es que algún excéntrico loco se enamore de tu “estilo” y te contrate para proyectos aislados, desmesurados… pero no deja de ser un enriquecimiento individual que termina por empobrecer la Arquitectura.

    A menos, claro, que entendamos que unos pocos ejemplos, son suficientes para mantener la “estirpe” de la Arquitectura.

    Cuando seamos capaces de resolver problemas concretos de quienes viven/usan nuestras “ideas/casas/edificios” y hacerlo de forma brillante, no habremos hecho nada por la Arquitectura más allá de convertirla en un extraño objeto de deseo, un mito, una leyenda, algo “bonito” “but absolutely useless”.

    Antonio

    abril 1, 2014 at 12:14

  3. Antonio, sólo puedo entender tu comentario como algo escrito o desde el resentimiento o desde el desconocimiento, o puede que desde ambos. No has entendido nada, pero por suerte, algunos, como profesores y como comisarios de eventos como este, advertimos que hay una generación mucho mejor que la nuestra y que la tuya (que no sé cuál es) y que está dispuesta, muy al contrario de lo que tú dices, a compartir su portfolio con sus compañeros sin las miserias de las que hablas en tu texto que, la verdad, sólo destila tristeza y pereza, muy al contrario de lo que el sábado vimos allí no uno y dos, bastantes más de cien (entre participantes, jurado, organización y público) personas venidas desde muy lejos (algunos viajando toda la madrugada en bus o coche), gente generosa y con ilusión, muy por encima de la pequeñez que entrañan tus palabras, que lamento haber leído.

    paco bRijUNi

    abril 1, 2014 at 15:21


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