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Puntos en un Render

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¿Cómo se muere uno de un infarto en una obra?

¿Cómo se muere uno de un infarto en una obra?

Nunca hemos tenido duda al respecto de determinadas actitudes que en esta profesión han sido aceptadas – cuando no jaleadas e incluso defendidas o, peor aun, tomadas por ejemplares- con pasmosa galvana. Al menos eso podemos decirlo claramente. Quizá porque es –y verán a lo largo de este texto la importancia de lo que viene a continuación- nuestra prerrogativa más intima y más personal. La ultima, la de pasar o no por ciertos aros con todo lo que ello conlleve.

Dicho de una forma más sencilla: Tener principios, o llamémoslo simplemente decencia (En la sencilla, pero efectiva forma en la que lo describe Morgan Freeman al final de “Bonfire of vanities”) no es –la mayoría de las veces- cómodo. Peculiar situación está extendida en nuestra sociedad en la que es –abismalmente- mucho más fácil, más rentable y probablemente –y esto resulta lamentable- más aplaudido no tener ninguna.

No, no es fácil, pero en ocasiones, en casi todas las ocasiones, es el mayor grado de libertad. Poder decir que no.

Vayamos al tema

Frente a un claro y encomiable intento de recuperar el valor social que esta profesión olvido durante muchos años, los vestigios de un pasado y un stablishment que solo piensa en hacer valido a Lampedusa (Que todo cambie, para que todo siga igual) subliman ese despotismo ilustrado que nos llevó a creernos (Y vender) un falso carácter social de opereta en el que la sociedad (a la que tanto decíamos servir) molestaba. Un ejercicio (práctico y en buena medida teórico) que se dedicó a convencernos de lo muy sostenible de sus procesos y que ocultaba lo muy insostenible que resultaba el escaso interés puesto en el contexto social (en su más amplia definición) en el que se desarrollaban estos, junto a sus muy fuertes responsabilidades.

[No es esto nada que debamos considerar alejado, propio de la arquistars o de otros tiempos. Aun hoy en muchas escuelas de arquitectura hay quienes siguen transmitiendo la idea de que el usuario es un mal menor a soportar, una molesta mosca cojonera cuya única función (A parte de pagar, claro) es perturbar nuestra límpida visión artística y nuestros engrandecidos egos]

Así, adormecidos por la costumbre, puede parecer normal que un dictador como Nursultan Nazarbayev sea el nuevo mecenas de cierto tipo de arquitectura. Que pase por una cuestión social la ocupación de unos bajos (De un Banco, nada menos) en Hong Kong, a la mayor gloria de Norman Foster en una bienal o que Ai Wei Wei sea tomado como ejemplo de disidente.

Y quizá eso es lo que pasa por la cabeza de Zaha Hadid al hacer sus últimas declaraciones. La sensación de que –valga la redundancia- no pasa nada (Nunca pasa nada) en un campo en el que la crítica se desprecia –tachada infantilmente de envidia- o se ejerce de forma amiguista al socaire de la palmadita en la espalda y el “no nos vamos a molestar” del chiste del dentista como forma de mantenimiento de unas élites endogámicas y excesivamente acostumbradas a ser adoradas por la peana.

El contexto del asunto –vayamos al grano- es el que describe muy bien este artículo del The Guardian (Y sus enlaces, entre ellos este). Les resumo: como saben el próximo mundial de fútbol se celebrará en Qatar. Como todo mundial este lleva aparejadas fuertes inversiones en infraestructuras, más aun en un país en el que el fútbol no tiene la presencia mediático-económica de la que goza (Vergonzosas ayudas estatales mediante) en Europa. En sencillo: se van a construir estadios / hoteles / facilities para aburrir.

Por supuesto entenderán que el hecho de que Qatar sea una monarquía absolutista, su –como poco- peculiar relación con los derechos humanos, los de la mujer, y los principios más básicos de un régimen democrático, a la FIFA le importa entre poco y nada… lo que no viene mal para comprender, detrás de la vomitiva faramalla lacrimógena que suele rodear estos eventos (Con o sin jugadores millonarios mamados como cubas en lo alto de un autobús a cargo del contribuyente), que la citada organización no es sino una corporación más que negocia con obras, pasiones –de las bajas- y –sobre todo- presupuestos públicos de estados (Entre los que nos encontramos) que aun no se han desprendido del panem et circensis.

Para el caso qatarí las obras en cuestión han costado ya unas 800 vidas (Un numero absolutamente desproporcionado) a unos trabajadores sujetos a un régimen legal totalmente surrealista que –de facto- consiste en la negación de la libertad de elección y su dependencia (Hasta la esclavitud) de sus contratadores. No hablemos ya de las condiciones laborales: jornadas de 12 horas sin interrupción para cuadrillas que viven hacinadas en slums en unas condiciones que contrastan bastante con el “glamour” de los millonarios en pantalón corto a cuya mayor gloria está destinado lo que construyen.

[Resulta peculiar –visto lo anterior- que la rimbombante página de la FIFA nos anuncie que:

En su compromiso de “construir un futuro mejor”, FIFA quiere utilizar la influencia del fútbol para lograr un impacto positivo en la sociedad.

Do as I say, not as I do.

Do as I say, not as I do.

Habría que preguntar si “construir un futuro mejor” (Entrecomillado en el original) difiere mucho de construir un futuro mejor (sin entrecomillar) o si las comillas van acompañadas de un codazo-codazo-guiño-guiño. O si sencillamente el mundo es mejor… pero solo si no eres un trabajador nepalí o indio porque, a la postre, estos compran pocas camisetas y lo que hace mejor el mundo es, claramente, comprar camisetas para hacerle mucha propaganda a un veinteañero millonario con novia modelo al lado]

En este contexto es en el que Miss Zaha, autora a la sazón del estadio Al Wakrah (Famoso por otras cuestiones más… digamos… ¿Anatómicas?) nos deleita con las siguientes perlas publicadas en un reciente artículo de Dezeen:

[…] architects have “nothing to do with the workers” who have died on construction sites in Qatar, according to Zaha Hadid,

“It’s not my duty as an architect to look at it, I cannot do anything about it because I have no power to do anything about it. I think it’s a problem anywhere in the world. But, as I said, I think there are discrepancies all over the world.”

“Nothing to do with the workers”…. Excepto el hecho de que, querida Zaha, van a construir tu cacharrito, lo que no deja de ser una relación bastante directa.

La actitud, digna de Poncio Pilatos en sus mejores momentos de higiene manual, es –lamentablemente- bien conocida. Es la que alega que los arquitectos solo proyectan, sin ser cuestión que deba importarles para quien lo hacen o los medios por los cuales su trabajo se lleve a cabo.

La primera afirmación –la del “solo” proyectar- es rotundamente falsa. Y lo es por supuesto con pleno conocimiento de una Zaha –cínica hasta lo estomagante- perfectamente conocedora de que su trabajo –por causas que ahora no comentaremos pero que son de todos conocidas- escapa a lo puramente –asépticamente- proyectual para caer en lo propagandístico, en la venta y comercialización de una determinada imagen final de (falsa) modernidad por parte de un régimen que tolera la explotación laboral como medio para conseguir ese fin. En otras palabras: Se está vendiendo un falso progreso maquinista, basado en la pura apariencia –en la pura y simplista imagen- que está muy alejado de esa falsa modestia que se nos vende.

Sobre todo porque, y de nuevo el cinismo, Miss Hadid nos sorprende con ese “Not my duty” que por lo visto solo se aplica cuando lo que está en juego es el interés económico propio y no la protesta publicitaria de quien, no hace mucho, se despachaba contra el machismo en el mundo de la arquitectura –mientras prestaba sus servicios a estados en los que los derechos de la mujer son como poco… peculiares- o se unía a la campaña para que el Pritzker de Venturi fuera extensivo a Denise Scott-Brown –sin devolver su propio Pritzker, por supuesto -.

Parece por tanto que la posición no es la de no considerar la existencia del deber de expresar una opinión clara sobre aquello que se considera intolerable (Y queremos creer que la situación de los trabajadores qatarís le parece a cualquiera intolerable), sino la de someter el criterio de selección de aquello sobre lo que se tiene o no ese deber (O por decirlo claramente, esa decencia de la que hablábamos al principio) a un baremo de control previo que –siendo benévolos- podríamos definir como “aumentar la propia obra” y –siendo claros- como puramente económico. En otras palabras, protestar está bien, y no parece Miss Hadid ajena al asunto, mientras no afecte a la cuenta de resultados. Con las cosas de comer, por lo visto, no se juega.

Es precisamente este cinismo el que establece una doble moral ejercida de forma absolutamente consciente para dos públicos muy diferenciados: La primera manufacturada para consumo occidental basada en la venta de lo políticamente correcto, y en buena medida en la más absoluta banalización publicitaria, de aquello que se dice defender y que forma parte del imaginario de posicionamiento a la mayor gloria de cualquier estrella mediática que se precie. La segunda, silente y mucho menos publicitable, la que olvida todo lo anterior o lo oculta tras la siempre conveniente –pero endeble y estomagante- figura del trabajo aséptico o de la falsa modestia relativa a la incapacidad para hacer nada al respecto de todo lo que pueda perjudicar el negocio.

Dice la arquitecta londinense no tener poder. Permitan que no nos lo creamos. Lo tiene y mucho y de el disfruta en buena medida cuando se la emplea como reclamo publicitario de una falsa modernidad puramente visual y con los pies hundidos en el fango. Lo tiene y lo ha ejercido como parte de ese juego repugnante de doble moral que –permitan la comparativa- considera una obligación reclamar un premio de la cadena Hoteles Hyatt para Denise Scott-Brown y que se pone de perfil de la forma más trapacera cuando de lo que se trata es de defender a los explotados que construyen nuestros proyectos, máxime cuando estos  proyectos son –más allá de su uso primario- iconos propagandísticos de los regímenes que permiten dicha explotación en primer termino.

Que la arquitectura deja de tener sentido fuera de su carácter de servicio a la sociedad dan buena prueba los años pasados, cuyos coletazos aun perduran al abrigo del petrodólar en  Qatar, dentro de un proceso sublimado hasta sus ultimas consecuencias en el que se consiguió la pirueta moral de engrandecerse (Y, no olvidemos, enriquecerse) a través de una sostenibilidad y un tinte social que se revelan falsos cuando se descubren los medios sobre los que se asientan (Ver a este respecto “The Dubai in me” o la falacia de la ciudad de cero emisiones de Masdar construida por trabajadores desplazados en régimen de explotación). Por ello quizá lo más insoportable del asunto –y por ende de la actitud de Hadid- sea que son precisamente estas figuras de “prestigio” (con su Pritzker a cuestas) quienes más posibilidades tienen de ejercer esa máxima libertad de la que hablábamos al principio. Ese poder individual, intimo e intransferible: El de decir que no.

Y eso es lo que para nosotros Hadid ha sacrificado (¿Vendido quizá?) voluntariamente en aras –en nuestra opinión- de otros intereses mucho más mercantiles: El negarse a participar en semejante farsa sustentada en una de las más aberrantes de las actitudes humanas, la que considera al individuo una simple pieza del engranaje productivo, tan fácilmente sustituible como prescindible. Un puntito en un render, poco más.

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Written by Jose María Echarte

febrero 28, 2014 a 12:37

7 comentarios

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  1. Certero y doloroso artículo, como siempre.
    Dice la RAE que la elección es la “libertad de obrar”
    Me quedo con la paradoja de que nuestra libertad está más en la renunica que en la elección. En decidir no obrar.

    rqlmartinez

    febrero 28, 2014 at 13:00

  2. […] FIFA: Construyendo un futuro mejor con jornadas de 12 horas laborales y 800 muertos […]

  3. Aunque no apoyo el trato a los trabajadores del estadio, siento decir que en este caso Hadid tiene razón. Su papel contractual es de diseñadora del estadio, no es empleadora de operarios. Ni tan siquiera se encarga del seguimiento de la obra, ni desplaza personal alli.

    bsl

    marzo 2, 2014 at 18:49

  4. Lo que viene a ser lavarse las manos de la forma mas aseptica y legalista posible.
    ¿Lo de que no se encarga del seguimiento de la obra ni desplaza personal lo sabe usted de que manera?

    Parece que la excusa Speer esta de moda.

    Jose María Echarte

    marzo 2, 2014 at 19:56

  5. Se sorprendería usted de lo poco que pinta el ArchiStar de turno en su propia obra…
    Normalmente son multinacionales las que se encargan de todo excepto el mero diseño externo. En el estadio objeto del artículo ni siquiera los interiores corren a cuenta de la firma de la señora Hadid. La manera en que conozco ésta información, creo que es evidente ;)

    bsl

    marzo 4, 2014 at 4:49

  6. Probablemente es cierto que la señora Hadid, AHORA, no pueda hacer nada.
    Quizá lo que si está en su mano o la de la archistar de turno es obligar, vía contrato, antes de vender su “mero diseño externo”, que la construcción se llevará a cabo y la realice quién la realice, por ejemplo, cumpliendo con la normativa mínima de seguridad y salud que considere oportuno.
    Y a eso creo que es lo que se refiere José María, porque si ella pusiese esa condición, probablemente dejaría de vender “meros diseños” o al menos dejaría de hacerlo en paises “democraticamente subdesarrollados” (próximamente España).
    En resumen, pasta por delante de principios. Y lo más doloroso es que se esgrimieron esos principios, entre otras cosas, para llegar a la posición de archistar que ahora posee.
    Ahí está la cuestión.

    JCM

    marzo 10, 2014 at 14:54

  7. yo sólo trabajo aquí hoyga

    sasafras

    marzo 16, 2014 at 17:29


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