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Odas, Panegíricos y Loas

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¡Era la testosterona! ¡Ahora nos lo explicamos!

¡Era la testosterona! ¡Ahora nos lo explicamos!

Leo con cuidado el reciente texto de Vicente Verdú sobre Norman Foster en el País. Digo con cuidado porque este año he cumplido cuarenta y me tengo que empezar a vigilar los excesos con el azúcar.

La excusa –si hiciera falta una- para escribir sobre Norman Foster, es que cumple 50 años de profesión.

Oigan, 50 años es para aplaudirlos. Enhorabuena, Sir Norman, pero –now really– ¿Era necesaria esta almibarina desproporcionada?

Veamos

Creanme que no querría entrar mucho al detalle, pero no puede uno por menos que destacar ese párrafo en el que se menciona la –por lo visto- inagotable testosterona de Sir Norman. Muchas gracias, Don Vicente, es una imagen que me llevo a la tumba (o que me hace querer sacarme los ojos con un cangrejo Leroy… no lo se). Sobre todo si a continuación me dice usted que de esa inagotable… ejem… ¿fuente? se deduce la “potencia” [sic] de los grandes edificios del arquitectos. Hace usted bien en incluir las torres, Don Vicente. También le digo que con este párrafo tendría el discípulo más tonto de Freud para un tratado entero.

[Habría que pensar en mandar al señor Verdú a que nos averigüe si Zaha está también surtida “inagotablemente” de estrógenos, no vaya a ser que nos expliquemos muchas cosas]

La cosa transita luego hacia una diferenciación –algo simplista en mi opinión- entre artistas sentimentales e ingenuos. Corresponde la primera categoría a los que sufren y la segunda a los que les sale todo solo (permítanme que me ahorre describírselo más, no creo que  merezca la pena), con una alegría de vivir que da gozo de verla. Por si lo dudaban, Foster es de los segundos.

Tampoco se lo tomen muy en serio. La clasificación es tan endeble como su punto de partida. No son artistas. Son arquitectos, que es cosa bien distinta, salvo para aquellos que gozan con la idea de encapsularlo todo en pastillitas simplificadas para consumo inmediato. Para ellos (Y Verdú parece ser del grupito) la arquitectura –la buena se entiende- la hacen artistas, craso error del que muchas veces hemos hablado y que ha servido para que elementos como Calatrava (et altri) medraran a la sombra de esa falsa aureola. Craso error que nos lleva al terreno del juego autocomplaciente cuyas reglas se establecen por y para si mismas (Huizinga, Homo Ludens) y cuya necesidad de justificación es escasa. Nada más alejado de lo que debería ser la arquitectura.

[Partamos de la base de que el autor define a Sainz de Oiza como “artista ingenuo”. No creo que Oiza estuviera muy de acuerdo, y quizá le recordaría a Verdú su intención –parafraseando a Lorca- de poner en letras de oro en la puerta de la ETSAM que el era arquitecto no sabía si “por la gracia de dios -o del diablo-, pero lo era seguro por la técnica y por el esfuerzo”]

No les profundizo en la lista por no hacer más sangre (Le Corbusier muy torturado no andaba, y a la contra Gaudí no era la alegría creadora de la huerta) y sobre todo porque es tremendamente simplista. Pensada únicamente para ensalzar –innecesariamente- a un arquitecto al que se acaba describiendo como un regalo de los dioses a nosotros, pobres mortales.

Y, más allá de lo atinado o no de la clasificación o de la descripción testosterónica, una pregunta es inevitable:

¿Necesita Norman Foster, Sir del Thames, Pritzker recipient, el arquitecto con el estudio más grande del mundo y una obra extensísima este tipo de odas melifluas y edulcoradas?

La respuesta es que no. Aun peor, la respuesta es que estos panegíricos desmerecen a un gran arquitecto que lo es con sus bondades y sus flaquezas. Con sus obras buenas y sus obras no tan buenas. Con sus genialidades y sus catástrofes. Es esa combinación real, ciertamente menos sobreactuada y menos obsecuente que las odas a las que nos hemos acostumbrado, la que convierte a Norman Foster en un gran arquitecto.

Lo es, no tengan duda. Y lo es sin la absurda necesidad de blanquearlo para consumo simplificado en manejables pastillas de caldo insípido. Sin desgrasarlo para que resulte falsamente perfecto y con ello banalizar las tremendas complejidades que una carrera que se extiende a lo largo de 50 años implica.

Es de esa combinación, de esa realidad (Magnifica, buena, menos buena y hasta mala) que engloba la carrera de un arquitecto sobresaliente, de la que debemos y podemos aprender, y no de su imagen transpuesta a lo publicitario, remodelada innecesariamente hasta convertirla en easy-listening de la que solo podremos obtener una imagen parcial. Existe un Foster real, un grandísimo arquitecto cuyo análisis no elimina nada, y existe la píldora para consumo de masas Norman Foster, ©, Tm, señor del Thames, marido de Helena Ochoa (En España, donde esta coletilla “rosacea” parece acompañar todo lo que se escribe sobre el arquitecto británico), remedo de Oliver Twist “on the other side of the railways” según su propio documental (aquel publirreportaje aburridísimo por los mismos motivos: ¿Era necesario el exceso de almíbar?)

En los últimos años hemos vivido esta tendencia hasta el hartazgo. La de confundir arquitectura con arte, a los arquitectos con artistas y el perfil, la entrevista –o la critica- con la loa y el elogio desproporcionado, exageradamente cargado de una épica innecesaria e impostada para la que Zaha Hadid “pateaba las noches con autoridad lobuna”, algunos eran Bartleby redivivo, Peter Eisenmann tenia que ser transparente (si no lo era bastante), Bjarke Ingels iba en bicicleta pensando magnas obras con el brillo fulgurante de una estrella,  y Santiago Calatrava era, directamente, Dios.

[No entraremos en particularidades, pero de aquellos Dioses… estas caídas, que no ocurren precisamente en  Ragnarok]

A la postre, no es lo curioso que Verdú escriba este articulo (Estando o no de acuerdo, es muy libre oigan). Lo curioso es que piezas de similar factura han sido el pan nuestro de cada día en un entorno profesional, que debería regirse por otros principios, y en el que se ha eliminado el análisis para sustituirlo por la pleitesía acritica, silente y cómoda. Impuesta en gran medida por quienes han convertido la arquitectura de una profesión metódica, pausada, compleja, social y técnica, en un Billboard de nombres y firmas y de su cotización al peso. Lo curioso, lo peor, es que dicho adocenamiento del músculo analítico haya hecho grumo en nuestras ETSAs, precisamente donde jamás debería. Donde si algo debe ejercitarse es el cuestionamiento racional y científico como forma de aprendizaje sin el cual estamos perdidos.

Y si bien el articulo de Verdú es el McGuffin de este, no lo es tanto tener la absoluta seguridad de que nuestra incapacidad como profesión para reaccionar ante los desafíos que estamos viviendo (LCSP, paro, desestructuración, mercado laboral sumergido, etc…) provienen en buena medida de esa heredada incapacidad para el autoanálisis que discurre pareja a un estar encantados de habernos conocido en el que seguimos pensando que somos “diferentes” (Con comillas). Una diferencia que nos lleva –ya nos ha llevado- a una irrealidad paralela de la que solo con mucho esfuerzo, mucha humildad y mucha autocrítica seremos capaces de salir.

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Written by Jose María Echarte

enero 20, 2014 a 15:11

2 comentarios

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  1. Como siempre, me encantan vuestros post.
    Hoy tenía que comentar porque últimamente he encontrado un comentario de Bruno Munari, del año 1966 (!!) que dice, entre otras cosas “Es preciso que el artista abandone todo aspecto romántico y se convierta en un hombre activo entre los demás hombres, informado sobre las técnicas actuales y sus métodos de trabajo, y que, sin abandonar su innato sentido estético, responda con humildad y competencia a las demandas que el prójimo le pueda dirigir” Saquen sus propias conclusiones :)

    cristinarquitecta

    enero 20, 2014 at 15:23

  2. Como ya le comenté a Fredy en FB, solo me explico el tono de VV (al que daba por un tipo medio culto) por haber escrito tal bodrio bajo los efectos del alcohol. ¡Un abrazo fuerte!

    Andrés

    enero 20, 2014 at 18:32


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