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¿Can We Please Start Questioning Architects?

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See you there!

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Esta noche a las 19:00 estaremos en el Museo de la Biblioteca Nacional en la mesa de debate Palabra de arquitecto: el ámbito digital, ¿un nuevo espacio para la crítica arquitectónica? para dialogar sobre la critica de arquitectura en los tiempos del cambio que vivimos. La mesa tendrá como moderador a Domenico Di Siena y contara con Aurora Adalid (Zuloark), Santiago de Molina, Anatxu Zabalbeascoa y un servidor (Conocido envidioso sindicalista). [¡Gracias a Domenico y al Museo BNE por organizar el evento y por la invitación!] [Hashtag: #PalabraDArq, retransmitido en streaming en la página del Museo BNE]

Con este motivo hoy, como previo y generador de debate, vamos a hablar algo de crítica y de ahí el titulo (Ese questioning) de este artículo.

Así al menos titularía yo si de lo que se trata es de analizar lo que ha pasado con los arquitectos estos últimos diez – quince años.

No le parece así a Penny Lewis para quien la frase es justo la contraria y que da titulo a un artículo en Arch-daily en el que se basa este. Para Lewis, la petición es, literalmente la contraria:

¿Can we please stop bashing architects?

Procedamos por partes.

Lewis comete inicialmente -a mi modo de ver- el error de dividir a la profesión en tres sectores diferenciados sin establecer orígenes ni relaciones. Tres áreas estancas que pueden representar una fotografía fija, un momento congelado en el tiempo, pero que no explican las complejísimas dinámicas interprofesionales que han generado la situación actual.

Los tres grupos serían, a saber: los starchitects, los arquitectos de producción masiva –por alguna razón descritos como débiles o acomodaticios frente a sus clientes- y una tercera categoría “buenista” (Humanista, según Lewis) excesivamente esquemática como para resultar real.

Así, se nos presenta a unos arquitectos victimas de su propia incapacidad –falsa a todas luces para quien esto escribe- para manejar un supuesto nivel de poder frente a la sociedad, un problema al que habrían buscado solución –siempre según Lewis- con la introducción de los principios de participación social en el proceso de proyecto a modo de elemento capaz de minimizar su presencia y por tanto dicho ejercicio de poder.

Ambas cuestiones constituyen una tremenda simplificación: En primer lugar no es tanto un problema de poder como de responsabilidad. Es esta la figura que se ha eliminado –constante, contundente y conscientemente- del ideario profesional, no tanto de palabra (El papel lo soporta todo) como de facto. De ese olvido consciente de la responsabilidad proviene, por ejemplo, la creación del universo panestelar de figuras de relumbrón que salvaban sus numerosos fiascos a base de firma o la abulia con que profesión e instituciones han analizado la evolución estructural y laboral de la disciplina. ¿O es que acaso los excesos presupuestarios por los que ahora penamos –en época de vacas flacas y descubierto que el emperador iba desnudo- no son otra cosa que dejación de la primera responsabilidad de quien maneja un presupuesto público?

¿No éramos todos conscientes del exceso de ego y las equivocadísimas razones por las que se otorgaba el marchamo de “calidad” mucho de lo que se publicaba en los medios generalistas y –lamentablemente- especializados? ¿No conocíamos las distópicas reglas del juego, los impostados “reconocidos prestigios” que tolerábamos? ¿La falsedad detrás de bienales, premios Pritzker y demás? ¿No sabíamos de los excesos urbanísticos de los que, en buena medida, vivían –y muy bien- nuestras instituciones tratados con paños calientes en el mejor de los casos?

¿Y, conocedores como éramos, cual fue nuestra reacción?

¿La critica razonada? ¿El análisis técnico, económico, social… incluso ético? ¿La defensa -como gremio cuyo fin ultimo debe ser servir a la sociedad- de los principios básicos que implican esta defensa?

Antes al contrario. Nuestra reacción fue la del fiel acolito. La del seguidor enfervorecido y ciego. La de los tres monitos que no ven, no oyen, no hablan. En otras palabras: La profesión –al menos el sector que más responsabilidad tenia, el institucional y aquel dedicado a la critica, a la docencia… se convirtió sin problema ninguno en una mezcla de “Beliebers” ciegos a todo lo que no fuera la imagen del arquitecto como –nuevo- mandarín que ya nos contara Tom Wolfe en “Quien Teme al Bauhaus Feroz” y convidados de piedra a una fiesta que no parecía ir con nosotros.

Siendo esto malo el problema no quedo en una pura cuestión temporal, nacida al calor de la era neoliberal que remataron los hermanos Lehmann, antes al contrario la fiebre alcanzo los lugares donde el primer deber es el cuestionamiento razonado, el escepticismo educado y el afán de análisis: Las universidades y escuelas de arquitectura y con ellas (generalizo) a todo su procedimiento formativo. Muchas veces hemos hablado de ello, digamos para la ocasión como resumen que puede trazarse un claro paralelismo entre la situación profesional de las starchitects (Liberados de responder a nada por razones presupuestarias, técnicas o sociales, ajenos a la responsabilidad e impermeables a una inexistente critica) con lo que se propugnaba en muchas cátedras de proyectos como camino único y bendecido. [Preguntar por un presupuesto era “de aparejadores”, por una solución técnica era “de promotores” o peor aun, “de ingenieros”]. Paso así a valorarse un solo aspecto profesional de los múltiples que comprende esta complejísima disciplina ignorando el resto por considerarlos menores o no lo suficientemente “dignos” de ser llevados a cabo por quienes se estaban formando (Y esta es la cruda y absurda verdad) para ser la próxima generación de genios antes que para ser profesionales responsables.

He tratado con muchas profesiones técnicas a lo largo de los años. En ninguna he encontrado el desprecio interno casi fanáticamente religioso (Y lleno de moralina) que imperó y aun impera en la nuestra, donde se confunde con pasmosa levedad ética y estética, otorgando a la segunda –de cumplir con los cánones establecidos por cenáculos varios- carta blanca, bula y pasaporte para cualquier tipo de tropelía sea esta económica, social, ética o laboral. Quedan como ejemplo para el recuerdo las defensas desnortadas de quienes mentían en concursos públicos y no solo no lo llevaban con discreción sino que pretendían hacer de ello bandera de dignidades impostadas o la muy vergonzosa sistemática por la que toda una generación de arquitectos ha sido transformada en becarios explotados próximos a los 40 años y que –siendo de todos conocidas- acontecían –aun acontecen- sin el mayor problema.

Así establecido el sistema quien lo disfruta se erige a si mismo en adalid de las esencias de la arquitectura y quien es despreciado (Y no empleo este termino de forma exagerada) calla –y otorga- en un envilecido juego de falsedades cuyo objetivo es que no se le considere (Aun más) un outsider de “la verdad” transmitida a los creyentes, que lo eran hasta el extremo del auto de fe.

Solo como auto de fe puedo definir la conversación tenida entre varios arquitectos en cierto campus veraniego (Matizo: entre algunos de ellos, habiendo en el grupo voces lucidísimas como la de Fredy Massad, en franca minoría ante lo que le rodeaba) en la que se dividió la profesión entre un 2% que hace Arquitectura y un 98% que hace (Y cito) “mierda”. Estando de acuerdo en que hay arquitectos buenos, malos y regulares (En la misma proporción sospecho que en cualquier profesión) la alegría con la que se reparten los carnés y, sobre todo, los motivos por los que se hace me resultan estomagantes. En ningún momento de aquella conversación (Salvo excepciones como la de Massad y alguna más) se estableció esa diferencia (Irreal) en función de la excelencia, de profesionalidad o responsabilidad, sino más bien de una suerte de mercado del arte o de la moda sujeto a tendencias esotéricas y chamánicas basadas en malos aprendizajes filosóficos, técnicas cogidas por los pelos y especulaciones dignas de una charla de sobremesa pero no de quienes pretenden debatir sobre el futuro de la disciplina.

No deja de ser este un error constante transmitido en buena medida por ese sistema educativo presa (Salvo excepciones encomiables) de una tendencia que solo puede definirse como paranoica: La creencia acérrima en la idea de que somos tan, pero tan, especiales y tan superiores que todos los demás nos envidian, nos odian o quieren hacernos la vida imposible para que no podamos alcanzar la genialidad independiente (Recuerden: Sin muchos de los factores de la disciplina que pasan a considerarse “malignos”) que mereceremos. Así los arquitectos municipales o no valen o son el mal. Los urbanistas han sido durante mucho tiempo “los que no sirven para otra cosa” [Sic] y un largo etcétera de estupideces más propias de una secta que de un cuerpo educativo serio en una universidad que se precie de serlo.

Con estos mimbres nuestra capacidad de introspección, de autocrítica y análisis entenderán que es de chiste. Les pongo un ejemplo: Recientemente en Roca Gallery, en el evento “Reset”, magníficamente retransmitido por Q9Magazine, había quien se preguntaba si “nos sentíamos empresarios”, como si esto fuera una cuestión de sentirse flex por las mañanas y no un puro estado fiscal binario: Tienes una empresa y contratas gente (Legalmente claro): Eres un empresario. No es tan difícil y es algo que cualquiera –cualquiera que no sea arquitecto- ni se plantea. El hecho de que nos lo preguntemos da idea de lo perdidos que estamos en ese mundo paralelo que creemos especial para nosotros y que una y otra vez se demuestra tan surrealista como distópico. Por no dejar ningún ejemplo fuera, había en el mismo evento quien pensaba que los ingenieros eran capaces de “resetearse” mejor. Simplista forma esta de decir que –llanamente- los ingenieros no se han despreciado entre ellos –ni a su profesión- por dedicarse a calcular bombas de aire o a hacer periciales, eliminando de un plumazo más del 80% de las posibles actividades profesionales por las absurdas razones que les vengo desgranando.

En este campo yermo de egos presentes, aspirantes y sobrevenidos, de clichés y paranoia (Y mediadores profesionales, auténticos dealers de la irresponsabilidad)  la recuperación del factor social tan necesario en la profesión y su inclusión en lo que ha venido a llamarse corriente de arquitectura participativa me ha parecido siempre un soplo de aire fresco tremendamente necesario y no –como afirma la autora- una vía de escape ante el temor al poder o al control que debemos ejercer los arquitectos. De hecho, el peligro para esta corriente –representada en buena medida (Pero no sólo) por muchos de los llamados “colectivos”- no es, como parece por la lectura del texto, convertirse en una medicina sustitutiva sino –antes al contrario- que el mecanismo de control de una casta de poderes interesados, agentes, editores y otros oscuros agentes está, en la actualidad, afinado hasta el extremo.

Y lo está en dos sentidos: Uno primero capaz de convencernos (O intentarlo) de que lo que hasta ayer era negro hoy es blanco nuclear sin rebozo ninguno. George Orwell quedaría atónito al comprobar como Rem Koolhaas reniega de las archistars o dice que le preocupa el campo, Gehry se vuelve “verde” (Y no, no es verde dólar), Zaha Hadid dice que no ha construido más por ser mujer (Y no por sus muy evidentes carencias solo paliadas a golpe de talonario, neoliberalismo, petrodólar y Katya) y un largo etcétera de caídas del guindo y cambios de chaqueta a velocidad de vértigo que demuestran no solo lo irrealidad por la que transita el cotarro sino también el inexistente interés por el análisis o el estudio real de nada que pueda afectar a la gallina de los huevos de oro que supone el control de la esencia (supuesta) de la Arquitectura con mayúsculas.

Otro, más peligroso, consiste en una habilidad pasmosa para deglutir todo cuanto pudiera haber de interesante -y con capacidad para estropear este estatus quo de control férreo- banalizandolo hasta convertirlo en una simple etiqueta blanda y descargada de cualquier posicionamiento radicalmente moderno: el Feng-shui de turno. No es banal el campo de la cebada, no lo es la declaración de derechos urbanos, no lo son los necesarios y valientes análisis de N’undo, ni la actividad incansable de Paisaje Transversal o Ergosfera…. ni el trabajo de tantos y tantos otros estén o no en la categoría (Que ya resulta de por si reductiva) de “colectivos”… no obstante no puede dejar de resultarme curioso –sirva como ejemplo- aquel editorial del AV dedicado (Tardía e interesadamente) a dichos “Colectivos” que incluía a los anteriores y en el que Fernández Galiano nos contaba que lo del colectivo, en fin, había existido siempre (Y si nos descuidamos, que el tenia ya un blog, en UHF).

[Para que nadie se asuste AV ha vuelto por sus fueros con un editorial de esos que chorrean almibarina dedicado a Bjarke “Wonder Boy” Ingels en el que se recurre a clichés tan vacíos y celebritales como contarnos que el muchachote BIG va en bici por Nueva York mientras (Y cito) “concibe obras colosales” para acabar describiéndolo como una supernova de la arquitectura. ¿Habrá algún concursito en ciernes? El tiempo lo dirá]

No son banales y sobre todo, y esto es lo mejor y lo más encomiable, son debatibles, analizables y criticables (Entiéndase el termino en su sentido más profundo alejado de modismos mal entendidos) gracias en parte a los nuevos caminos de una critica más libre y menos interesada. Algo que casa mal con el indisimulado afán de convertir una compleja disciplina con afecciones técnicas, sociales, económicas, etc… en un mercado de la moda sujeto al criterio de unos pocos y cerrado para toda capacidad de introspección y de crítica que vaya más allá de “el rosa es el nuevo negro”.

Este y no otro es el problema: Sin critica, sin análisis, sin debate, reduciéndolo todo a una cuestión gregaria (Conmigo o contra mi) y basada en la aceptación ciega de principios, pierde esta profesión (Cualquiera, de hecho) la capacidad de mejorarse, de ser algo más que un ambiente viciado, endogámico y alejado de la realidad. Esa es la incapacidad principal y no el manejo de un poder del que los unos han disfrutado con gusto hasta el hartazgo (Aun lo hacen, y no me refiero solo a los manidos archistars) y que los otros (los más) no han conocido y a veces ni siquiera necesitado.

No es real por tanto –o al menos esta es mi opinión- que haya un architect bashing en marcha, más allá de ciertas cuestiones para las que nos hemos labrado solos –por muchos de los motivos anteriores- la travesía por el desierto (Calatrava, estaciones del AVE, Cidade da Cultura, Campus de la Justicia de Madrid, etc, etc…) hay en cambio un principio de descenso en el architectural NOT questioning que por unas o por otras hemos impulsado (Y en algunos casos, disfrutado) colocándonos a nosotros mismos fuera de la realidad. Puede ser cierto que en muchos casos este sea exagerado, o que provenga de los mismos medios generalistas que encumbraron en su día con escaso análisis a quienes ahora emplean como chivos expiatorios con la misma falta de profundidad. Puede también que no seamos ni más ni menos culpables que una sociedad que en su mayoría se bebió el veneno con la delectación de un Mitrídates con BMW, si bien la realidad es que éramos quienes debíamos –por conocimientos, por compromiso con la sociedad- haber clavado el papel en la puerta del templo y que quizá, con un músculo critico más ejercitado y no limitado a clichés buenistas y lugares comunes- inclusivo y racional- habríamos sido capaces de, al menos, dudar de algo.

 

 

 

 

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Written by Jose María Echarte

diciembre 11, 2013 a 12:10

Publicado en Actualidad, crítica, en la red

2 comentarios

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  1. Suscribo la idea general del post, José María, sobre todo la referencia a la necesidad de la crítica de Arquitectura a la que apela Fredy Massad (constantemente y, a mi parecer, con acierto), por su pertinencia actual para encontrar motivos a ese “… pero por qué hemos llegado hasta este punto?”.

    Creo que la crítica, en el momento actual, debería poder aportar luz al panorama tenebroso que nos rodea, e intentar incorporar los discursos teóricos contemporáneos para volver a generar una cierta confianza en nuestra disciplina y en quienes, estemos en la categoría que estemos como profesionales, (según la memez salida de boca de Mr. Lewis y citada al principio del post) nos dedicamos humildemente a trabajar en este ámbito profesional.

    En este sentido, os lanzaría una pregunta muy directa para la sesión de debate de esta tarde/noche:¿Puede la crítica ser “operante”, “propositiva”, para empezar a encontrar caminos de futuro (en vez de estar constantemente enredando con temas pasados que nos van enterrando cada vez más a los arquitectos aún en activo)?
    Enhorabuena por el post y que el debate resulte intenso…

    ( @ro_almonacid )

    [ r-arquitectura ]

    diciembre 11, 2013 at 18:34

  2. Pues la verdad es que esperaba encontrar un encendido y apasionante debate en torno a este valiente y lúcido post, que tiene la dosis de ácido necesaria. Por hacer avanzar la conversación, propondría lo siguiente. Cuando hay una configuración profesional tóxica como la que ha habido en (una gran parte de) la arquitectura de las últimas décadas, especialmente en esa madeja tóxica de enseñanza/crítica /maquinarias de prestigio/concursos enloquecidos (¿adivinan que sin criterios?), que termina trabando todo como una macla de esa que decís los arquitectos, cuando la hay, digo, el problema es que las alternativas tardan mucho en construirse. Por ejemplo: la educación del profesional requiere ejemplos ejemplares. Pues bien: hasta que no circulen como tales edificios en los que la gente viva y trabaje bien, que gasten poco, que se construyen a tiempo y sin problemas evitables, seguramente no funcionarán como “atractores”, como referencias de la práctica profesional. Así, muchas cosas. Pero para ello, hace falta hacer como hicieron los grandes a los que odio, como Le Corbusier: demoler lo anterior en la palabra, edificar la imaginación de lo que debía venir. Y que para tantos males, vino. Claro que soy más modesto: ¿qué tal si vamos armando un conjunto de criterios de juicio no fernandezgaliánicos? ¿Cómo decir si un edificio está “mal” o “bien”? ¿A través de qué procedimientos de crítica? No es tarea sencilla…

    Emilio Luque

    enero 9, 2014 at 0:54


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