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Privateers

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Esto, con el dinero que hay, no se puede... ¿Abordar?. Arrrrr!

Esto, con el dinero que hay, no se puede… ¿Abordar?. Arrrrr!

La semana pasada se cumplía lo que hace tiempo en esta santa casa venimos auspiciando como el más que probable final de muchos de los señoriales (Y muy publicitados) mostrencos que pueblan la geografía arquitectónica pública patria.

La Generalitat Valencia, propietaria a través de una sociedad pública de La Ciudad de Las Artes y Las Ciencias, ese parque temático del “All Calatrava”, privatizará el complejo cediendo su gestión por un periodo de 15 años.

Así, pese a que la Generalitat venderá el proceso como un ejemplo de gestión responsable (En aras del nuevo Dios omnipresente –y aplicado vectorialmente, es decir solo en una dirección- la Austeridad) la realidad es que resulta vergonzosa la nula responsabilidad asumida por una casta política que creyó ser Los Borgia por la parte mecenas (con dinero ajeno, por supuesto) y de serlo en algún momento lo fue únicamente por la parte Lucrecia.

¿Son los únicos responsables, no obstante? Veamos.

Resulta siempre peculiar como la absoluta incapacidad de gestión pública se achaca al hecho de tener esa denominación, y no a la demostrada estulticia de los así llamados “responsables políticos”. Por emplear el ejemplo más al uso, resultaría risible -si no fuera trágico- que se privatice una sanidad pública lastrada por cargos de confianza, asesores, colocados a dedo y otros elementos de gestión (Incluimos cuñados, primos y estómagos agradecidos de partidos y sindicatos, pues de esta corrida cobran muchos subalternos) puestos ahí por quien -Oh sorpresa- decide al poco que la solución es que  “lo público”, sin distinguir entre lo que lo es y es pura faramalla política, no funciona. En otras palabras, yo lo estropeo –de la forma más estúpida posible- y una vez roto, yo lo vendo (Y, ojo, a quien lo vendo). Lo importante siempre es tener algo que inaugurar, dinero en caja para gastar y cintas que cortar. El proyecto ciudadano de cualquier político de este país no va más allá de los cuatro años de un periodo electoral y durante esos años el único (EL UNICO) objetivo es la reelección al coste que sea.

En el caso valenciano, dado que el mismo partido gobierna desde hace años (Y aunque el complejo de la CAC se iniciara con los socialistas en el poder) la broma es ya de mal gusto.

Los números son claros: El horror Calatraviano ha costado -oficialmente- al erario público la bonita cantidad de 1.100 millones de euros (Sobre los 465 presupuestados). Sus beneficios (Y no es que los beneficios sean la prioridad absoluta en lo público, pero eran lo que se vendía en este caso), no alcanzan en los años que lleva funcionando la mitad de esa cifra, lastrado el complejo por los desmanes presupuestarios de quien (Como buen inculto trajeado) valoraba más la firma del “artista” que el resultado, por  constantes fallos y unos mantenimientos absolutamente desbordantes. Ello sin incluir los 100 millones (Dietas y otros gastos aparte imaginamos) cobrados por el autor, en Suiza y sin IVA, precioso. Los porcentajes –y la desvergüenza- dan pavor.

Y si los responsables políticos están claros, como está más que clara su falta de una mínima dignidad que les lleve a asumir públicamente errores de tamaño calibre, no es menor -aunque sea de diferente hechura- la de los profesionales que debieron en su momento poner pie en pared y denunciar lo que era un secreto a voces sobre los excesos constructivos de este país y el sistema perverso que los permitió, y que englobaba al sistema educativo, instituciones, y un largo etcétera de agentes.

La de unos profesionales que tienen un nombre: Nosotros. Los arquitectos.

No parecía importante hablar de conveniencia, de necesidad, de prioridad, de mantenimiento o -lo que es peor- de responsabilidad, en una década en la que estos temas eran despreciados como reaccionarios. Antiguos o incluso -Dios nos libre- propios de otras profesiones a las que estúpidamente despreciábamos. Nosotros estábamos, por lo que se ve y contaban en las escuelas de arquitectura, para cosas más elevadas y geniales. Para alabar por la peana a los mitos vivos de la arquitectura mundial obviando que nuestra labor, sin su dimensión social y económica, se convierte en capricho. En moda -en la más espuria definición del termino- en falsedad, en kitsch. Se convierte en propaganda política a la que la ausencia de crítica o -peor aun- la crítica falsa e interesada, el cenáculo camuflado, dan visos de validez y marchamo normalidad a lo que no es más que tramoya.

Todo esto ha pasado y era, ay, nuestro turno de guardia. La ciudad de las artes y las ciencias, lo hemos señalado con anterioridad, solo se diferencia de la imbecilidad de Eisenmann, de la flanera justiciera de Alejandro Zaera, de las estupideces Zaragozanas o del pabellón de España en la Expo de Shanghai con su Manolito y todo, en una pura cuestión estética que nos reduce como profesionales insertos en la realidad que nos rodea a la categoría de abúlicos despistados capaces de distraerse de la realidad científica y social con simples juegos de manos. ¿Dónde está la bolita?

La realidad de nuevo es rápida -probablemente sea también injusta, y asumo que generalizo- y la situación se demuestra circular. Una inversión de 1.100 millones  de euros, que pasarán a manos privadas. Perderá la ciudad un lugar público que (Bueno o malo, de nuevo no es esta la cuestión) se gestionó con la desidia de los manirrotos, la estupidez de los corruptos y la peligrosa dajadez de los responsables convertidos en laxos irresponsables. Dado que la mayor parte de las grandes constructoras de este país poseen empresas de servicios (O, por ser claros, de compra de servicios públicos para privatizarlos) cabe la posibilidad de que quien construyó el mostrenco Valenciano con sus consabidos sobrecostes, se lo lleve ahora a precio de saldo durante 15 años en lo que es un jugada que aplaudiría hasta el mismísimo Nucky Thompson.

No obstante ¿Es de esperar algún cambio? Ninguno por parte de la política, salvo decirnos que no lo volverán a hacer y que, claramente, hemos vivido -los demás, ojo- por encima de nuestras posibilidades. El infierno siempre son los demás, y no preocuparse que tenemos la mejor liga del mundo y lo importante es ver quien ocupa la portería del Madrid.

¿Y por nuestra parte? No es el primer caso. No será el último. Las setas sevillanas de Jürgen Mayer (Otro que tal baila) pertenecen en la actualidad a la constructora, incapaz el ayuntamiento de pagar la factura (el espacio se cierra con unas vallas de obra por las noches). La Expo de Zaragoza lleva camino. Y la lista continúa. Lejos de pensar si debíamos, solo pensamos en si podíamos, o peor, en si “queríamos”.

Lo triste es que no lo hicimos para buscar el bien común (Lo que sería un gámbito aceptable). No lo hicimos para mejorar la vida de nuestros conciudadanos (Lo que sería justificable). No lo hicimos por abundar en una sociedad más justa y equitativa, más sostenible (Lo que sería esperable). Lo hicimos por pura vanagloria absurda. Por satisfacer egos estúpidos y poses patéticas. Revisen ahora, como ejercicio, algunos anuarios de famosas revistas de arquitectura, y vayan googleando a la vez, para descubrir como la foto en papel cuche nos distrajo de lo importante y para asombrarse de lo huecos que muchos impostadísimos y chamánicos discursos suenan después de no tanto tiempo.

En resumen, hicimos (O dejamos hacer) algo esperable de alguien como el señor Camps (Amiguito del alma), de un iluminado de otra realidad como Calatrava, de pagados de si mismos como Eisenmann, Zaera, Hadid, Foster, Herzog (bellos y graciosos) & De Meuron… pero algo –en suma- que no debería sernos propio a nosotros, profesionales de la realidad incluida su componente económica sin la que nuestra disciplina está peligrosamente de devenir en capricho propagandístico inane. Del servicio, en suma, a la sociedad.

Es esto lo que debemos recuperar. Ese carácter social de la arquitectura que se asienta en la capacidad de crítica. En la de autocrítica. En el ejercicio y valor de la responsabilidad como integrante básico de cualquier practica profesional. Más allá de cenáculos, intereses propios mal disimulados y clichés absurdos que ocultan tras vana palabrería el amor por un oscurantismo poco real y plagado de artisteo caprichoso.

En el siglo XVII (principalmente), ciertos capitanes privados -de barcos privados- recibían patentes de corso que les permitían ejercer la piratería sin penalización del estado (Ni de la sociedad), siempre que los afectados fueran los otros. Corsarios, se llamaban (Privateers en ingles, un termino muy preciso), y más allá de la romántica asociada al nombre -nada real- parece que hayamos seguido extendiendo patentes de corso cambiando el barco por el presupuesto público y la bandera negra por la suspensión de la responsabilidad elevada a los altares del artisteo arquitectónico.

Hace tiempo que los corsarios aprendieron a seguir navegando. Escondida la bandera, disimulados los cañones, mantenido el color negro. La música sigue, junto con las privatizaciones. Los rostros de hormigón (Que curiosamente se llenan la boca hablando de patentes de corso, cuando ellos pretendieron ejercerlas sin pestañeo alguno) también.

Y quizá es hora de que nos decidamos a no permitirlo, o al menos a denunciarlo.

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Written by Jose María Echarte

septiembre 24, 2013 a 12:33

Una respuesta

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  1. Autocrítica bien entendida. Qué lejos queda este pensamiento, con el que me identifico, de aquel con el que entré a la escuela y que nadie se molestó en rectificar, sino todo lo contrario.
    ¿Sacaremos algo en claro del desastre para que no vuelva a ocurrir? Vistas las hordas de becarios-esclavos, parece que no.
    Enhorabuena y gracias, como siempre, José María.

    JCM

    septiembre 24, 2013 at 15:02


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