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Aquí también hay que leer compulsivamente (LFC)

Elogio del Recoveco

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Callejón cerca de las 4 Calles, Almería.

De la serie: -Post de verano-. BSO No obligatoria: Calle Melancolia. Joaquín Sabina.

Las ciudades están llenas de ellos. Y no, no me refiero a los maravillosos estragos que el aglomerado en frío del Plan E ha dejado por las calles de nuestro país, sino mas bien a esos lugares de nuestros entornos urbanos que todos reconoceremos.

Esos lugares estrechos, angostos a veces, más amplios otras. Formados por recortes, esquinas y restos, anchurones en la trama urbana y pequeños planes que nunca llegaron a acabarse porque nunca existieron pero que dejaron restos tras de si. Vestigios de momentos en los que cualquier hueco en la abigarrada trama de las ciudades mediterráneas era un lujo (O un capricho adaptado de urbanistas viajados a otras tierras).

Esos lugares donde el exceso por controlarlo todo y el hiperdiseño aun no han podido hacer estragos, aun no han conseguido uniformar bajo el traje pret a porter de lo políticamente aceptado la experiencia construida de años y siglos que se resiste casi intacta, defendiéndose contra baldosados infames, mobiliarios urbanos con exceso de protagonismo y egos descontrolados que creen saber mejor que los propios ciudadanos “Qué necesita su plaza”.

Hablo de esos lugares con nombres maravillosos: Estrechas, callejas, callejones, plazas-placitas y placetas, adarves, pasajes, pasos, correderas, traseras de, rondas, caminos (Y antiguos caminos)….

De todos esos entornos que existen únicamente para sus ciudadanos. Olvidados por los ayuntamientos, por los arquitectos, por la propia ciudad de la que forman parte.

Los primeros, nuestros amados ayuntamientos, no los consideran un activo, un bien añejo, como un gran vino que lleve mucho tiempo madurando hasta alcanzar su estado perfecto. Los consideran antiguallas a eliminar. Problemas. Fuentes de ingresos (Pues a la postre esto es lo que le interesa a un Ayuntamiento) precarias. Sus ojos se vuelcan en los nuevos desarrollos, esa hipertrofia desarrollista desproporcionada en la que los beneficios se miden a golpe de IBI ingresado y de convenio urbanístico con monetarización de oscuros orígenes y tenebrosos destinos.

Los segundos, nosotros, tendemos a no apreciar su valor. Su densidad de usos y programas acuñados por los años, por la costumbre y por el crecimiento vegetativo y lleno de lógica que muchas veces impera en esos organismos que son las tramas urbanas. Intervenimos en ellos como elefante en cacharrería, olvidando que las rayuelas pintadas en el suelo, que las dos mesas del pequeño bar que existe en una plaza desde hace decenios y que sus árboles adultos estaban allí antes que nosotros, antes que casi nadie, y que quizá podrían enseñarle algo al observador atento si dejara de ensimismarse con modas y tendencias que, si algo han demostrado, es su pronta caducidad y su inexorable decadencia.

En Andalucía, o, por ser mas concretos, en la esquina en la que vivo, Almería (Y ocurre lo mismo en tantos otros lugares) la pasión por el pavimento duro y por la plaza hiperdiseñada ha dejado ejemplos infames de espacios tan neutros como empobrecidos, donde jugar es para un niño misión imposible y donde sentarse a la sombra de un ficus es tarea de audaces. Espacios en los que solo caben tres actividades, el parkour el skate y el botellón, actividades contra las que nada tengo en contra, pero que no cubren todos los posibles usos que pequeños espacios y placetas permitían antes de ser “modernizados” a golpe de baldosa hidráulica. Y que encima, no entraban en el plan de las administraciones que suelen reaccionar contra esos usos (Los únicos que han posibilitado) con virulencia carpetovetónica.

Recuerdo así los ficus centenarios de la Plaza de San Pedro, con aquellas raíces nudosas en las que podías esconderte. Recuerdo sus sombras y su pavimento de albero compactado con cal y recuerdo muchos niños jugando, corriendo… No había grandes alardes de diseño, el mobiliario era probablemente muy sencillo (Aquellos clásicos “bancos de iglesia” en forja y madera mil veces pintada y repintada). No hacia falta más.

Hoy en día, la plaza es un erial. Uno que encima sufre la ignominia de haberse decorado (Y las cursivas son por algo) con un remedo de imaginería andaluza romanticoide, compuesta de fuentes a la árabe, baldosines con greca y falsas pérgolas ridículas en las que nada crece ni puede crecer. Un decorado –malo- de película de posguerra tipo “La lozana Andaluza” que añade al desaguisado y a la perdida la sensación de hastío que supone descubrir lo muy poco que el espacio le importa a quien lo debe alentar y mantener.

El espacio, si. Pues allí no había otra cosa que esa. Un buen espacio. Sin muchas tonterías ni muchas mandangas. Con un programa presente aunque discreto y que no es esa solución actual del “todo vale” y que solo significa que no valdrá a la postre nada.

Un buen espacio, que no suele estar ni en los leds direccionales, ni en el volcado de trailers de mobiliario de Santa&Cole, ni en las luminarias Wega empotradas, ni en las baldosas de diseño molón y paramétrico. Un buen espacio que no necesita mucho, un poco de sombra, un poco de lógica y un poco de cuidado y delicadeza por parte de quienes en algún momento tengan que intervenir en el.

Ahora todo son avenidas. Desolados paisajes de antenas  y de cables…y de hormigones de colores y otros males no por muy fotografiados, menos dolorosos. Ahora es verano y busco esas placetas, esas esquinas, esos pasajes, sombríos unas veces, tocados por rayos que se cuelan entre edificios o entre árboles otras. En las avenidas del desarrollo animal de nuestra desvergüenza de nuevos ricos europeos hay poco sitio para lo improvisado, para lo casual y domestico, para los espacios. Para rayuelas. Para mercadillos y mesas.

Para los lugares.

Todo es lo mismo y es nada, el blanco de un negro de moles de ladrillo atenazadoras y huecas.

Podría parecer que defiendo melancólicamente la ciudad del XIX y que no soy consciente de sus muchos problemas. Ya saben, no dejo de ser un reaccionario envidioso de provincias.

Lamento desilusionar a algunos, no es en absoluto este el caso. No es la mimesis lo que me interesa. No es el apalancamiento en el pasado. No le tengo especial querencia a los ensanches y a los cascos antiguos. Tampoco un odio africano por las plazas duras.

Será que lo que me interesa es el espacio urbano… vístase este de lo que se vista. Que me gusta reconocerlo como propio y no como algo ajeno y aséptico, uniformador y aburridísimo.

Decían los situacionistas, que en las ciudades había lugares apasionantes…. no se si queda mucha pasión en los no lugares que nos rodean.

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Written by Jose María Echarte

julio 19, 2011 a 18:31

Publicado en General

3 comentarios

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  1. Preciosa apología de los buenos lugares… esos que hay que descubrir… esos que siempre han estado ahí… esos perfectos ejemplos de buenos espacios que muchas veces pasan desapercibidos a los ojos de cualquiera… esos que nos dan millones de pistas de cómo con muy pocos elementos se pueden conseguir grandes cosas… esos trocitos de ciudad, de pueblo, de calle, de plaza, que silenciosamente y sin armar mucho escándalo, nos hacen seguir amando el escenario en el que vivimos…

    Esos fantásticos buenos lugares, que nos hacen olvidarnos de modas y de Códigos Técnicos.

    Esas realidades sin maquillaje, que nos hacen desviarnos de nuestras rutas diarias.

    Esos pequeños recovecos… que todos conocemos.

    Julen y Nieves

    julio 19, 2011 at 19:28

  2. Tiempo de releer “El Paisaje Urbano” de Gordon Cullen, libro estupendo para desmontar mitos y reconocer lo valioso de esos espacios donde se reconocen las personas, donde se graban las historias del barrio.

    Isaac Estanislao

    julio 19, 2011 at 21:19

  3. Quitando el aire “Cuentamé” (esta melancolía nos asola…) excelente artículo :)

    mOe

    julio 20, 2011 at 8:46


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