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Aquí también hay que leer compulsivamente (LFC)

El Toblerone. Poética, Memoria y Primas.

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Un gigante paciente, cargado de modernidad.

Un gigante paciente, cargado de modernidad. Imagen de Juan Carlos Cortés

Hace unas semanas rellene una tarjeta n’undo tras una magnifica conferencia en OpenMadrid. La tarjeta, que ilustra este artículo, incluía dos espacios, uno a desmantelar y otro a reutilizar. El primero era el hotel de El Algarrobico. El segundo era el depósito de mineral de hierro situado en Almería y conocido como “El Toblerone”. Junto a un boceto –malo- de este último, como si pudiera gritarlo desde su tranquila calma –ahora abandonada- dibujé un grito: Puedo ser un espacio público.

Pocos días después…..

Mi tarjeta n'undo

Mi tarjeta n’undo

Pocos dias después, la prensa local anunciaba el desmantelamiento del Toblerone. Su demolición como parte de una operación inmobiliaria de tintes ciertamente peculiares en la que un ayuntamiento con pocas ideas –el de la capital Almeriense- gestionara el 81% de unos supuestos beneficios futuros cuyo destino parece ser el de sufragar el coste del soterramiento de las vías del tren que aun hoy llegan hasta prácticamente el centro de Almería.

Es esta del soterramiento una antigua aspiración de todos los ayuntamientos de la capital. Es la promesa del etanol perfectamente descrita por Sorkin en “The West Wing”: Hay que repetirla, como un mantra, sea o no correcta, para ganar unas elecciones.

En los años que llevo escuchando hablar de la obra, que son muchos, esta se ha planteado de muy diversas maneras: Un concurso restringido, un concurso abierto organizado por el Colegio de Arquitectos sin repercusión en el anterior al que corría paralelo, unos ganadores del primero que querían construir una marina de agua en las actuales playas de vías (Quizás alguien, debido al clima de Almería, confundió la localización con la de Emiratos Árabes y las necesidades ciudadanas con los caprichos de un Jeque del petrodólar). Hemos asistido a peleas entre el puerto y la ciudad, a la presentación (No menos de 5 veces) como novedad de un “proyecto” que no pasaba de estudio informativo y que debe tener ya las esquinas ajadas de tanto enseñarlo (Siempre el mismo, siempre a bombo y platillo). Se ha pasado por el soterramiento completo, por el medio soterramiento, por el apantallamiento…

Y probablemente nadie se ha preguntado si un traslado no es más sencillo. Es la ballena blanca en la habitación de unos políticos atados por sus propios clichés (Por la promesa del etanol) y por una inercia ciega que les obliga a dejar la racionalidad para repetir el esquema de sus antecesores a la caza de votos rápidos empleando el sistema más rancio de cuantos el urbanismo patrio ha generado: El de cambiar edificabilidad residencial [Rápida, presente e inmediata] por dinero para obras que posibiliten dotaciones [Lentas, futuras y sospechosamente etéreas. Largo me lo fiáis]. Como suele ocurrir, lo dotacional es el pariente pobre. Lo que queda, si es que queda, al final de un proceso del que los beneficios más apreciables son los privados convertidos en una suerte de caja registradora que –indefectiblemente- falla en la suma, sisando al ciudadano y cuyos resultados a obtener son lugares semidesérticos, desafectos y yermos, carentes de alma (permítaseme la metáfora): Excusas urbanas con parterre que ocultan –mal- el fracaso de un modelo para el que la acumulación de metros, su cantidad, sustituye a la calidad de estos.

El Toblerone tiene mi edad. Ambos estamos cerca de los 40 años, una cifra en la que se alcanza (O eso quiero pensar) cierta calma. Cierto equilibrio cómodo entre la experiencia acumulada y la expectativa –la ilusión- de descubrimiento futuro. Para mi el Toblerone estaba precisamente en ese momento dulce. En la situación de poder ser, de ver cumplida la enorme potencia urbana que encerraba, tras haber sido parte de nuestra memoria y del perfil de una ciudad a la que sirvió con esa simplicidad bellísima de las obras que son verdaderamente modernas, pues se basan en la poética. En el hacer. Que no buscan como objetivo a apriorístico la belleza sino que buscan servir y –en algún caso- encuentran la belleza por el camino. Pues esa es la carga magnífica del Toblerone, esa su potencia. Su ser. Eso es lo que el concejal al cargo resume simplonamente en unos precios de compra que bien podían haber pagado –como veremos- desde 1999, y en normativas que cita no ya mal sino fatal. Asiste uno desde la distancia (Ya no vivo en Almería) a estas y otras declaraciones altisonantes que ignoran otras posibilidades urbanas, otros espacios de convivencia ciudadana y otros modelos de conservación que no sean los museísticos –congelados en el tiempo- no por menos necesarios más diferentes e igual de importantes.

Algunas de ellas, como las de quienes cobran un sueldo público de asesores del Ayuntamiento y se permiten el insulto grosero olvidando que sirven a todos los ciudadanos sean estos “unos pelmas”, Agamenón o su porquero, resultan especialmente significativas del estado de unos medios que se nutren excesivamente de estómagos agradecidos de un poder al que servirían mejor si abandonaran “la paguica” (El sueldo, o el sueldazo) y expresaran entonces sus opiniones, tan poco compartidas como estas puedan ser por quien esto escribe, sin estar en misa y repicando, que parece ser el lema de estos adalides del insulto burdo y el argumento fácilmente desmontable.

Permítanme que sea partidista: soy Almeriense, conozco demasiado bien el urbanismo de mi ciudad: Elitista y paternalista en su planteamiento, oscuro y mercantilista en su proceso, completamente alejado de una ciudadanía que parece molestar a un poder político que ignora que su mandato proviene de un pueblo al que ningunea, despreciando una sociedad cívica a la que teme y de la que solo le importan los votos. Cursa además este desprecio con una suerte de soberbia, de actitud caciquil que se revela con cierta contumacia. Malas compañeras son las hemerotecas para quienes, como el Alcalde de Almería, Luis Rogelio Rodríguez Comendador, o como el concejal Pablo Venzal han tenido una trayectoria peculiar.

Hace unos años, en 2008 precisamente, cuando ya sabíamos todos lo que había, siendo ya Alcalde el señor Comendador y entonces concejal de hacienda el señor Venzal (O sea, el que manejaba esos dineros que ahora le parecen tan excesivos), ambos dos se embarcaron en la construcción de un pabellón de congresos, haciendo bueno el dicho de que en la España de la década pasada, el pabellón de congresos era el nuevo pantano del Plan Badajoz, y cursaba su construcción con los mismos mimbres que la de este –dictadura incluida-

No se puede llamar de otra forma –está uno ya harto de los paños calientes- que dictatorial o caciquil al intento de contratación digital (Esto es, a dedo) de Norman Foster (Aunque en una posterior fase y demostrando que lo único que les importaba era el glamour pagado con el dinero de otros, barajaron a Zaha, a Calatrava y a Gehry en una suerte de yenka arquitectónica de bajísima estofa).

Poco importaba para conseguir aquella megalómana empresa saltarse la ley de contratos del Sector Público. Poco importaba entonces que Almería ya tuviera un Pabellón de Congresos en desuso con menos de tres años de antigüedad (Utilizado como almacén de los enseres de la villa olímpica de los juegos mediterráneos de 2005 de los que la ciudad fue sede). Lo que importaba era traer a Foster. Tener un Foster. Comprar los libros por metros y por el lomo. Costara lo que costara, que no era poco, pues el concejal Venzal encontraba rentabilísimo –y así lo declaraba- pagarle su abultada factura al Sir del Tamesis porque para esto, para esto si amigos, se ve que había dinero. Su educación, escasa, y su cultura, magra o nula, le llevaban a pronunciarse de semejante guisa:

«Lo que hubiese sido una desviación de poder es que el proyecto se hubiese puesto en manos de un arquitecto novel o amigo», pero «Foster es un arquitecto de una reconocida trayectoria» y, por tanto, «la Ley permite que se adjudiquen sin concurso proyectos excepcionales como éste».

Lo primero es la respuesta de un inculto. Lo segundo es taxativamente mentira. Es cierto que la ley ofrece una posibilidad remotamente parecida a su interpretación para mentes con pocas luces, pero la realidad es que ni Foster proyecta ARTE, sino edificios, ni es el único licitador que puede hacerlo. Lo que el concejal Venzal defendía es –negro sobre blanco- el conocido SISTEMA CALATRAVA, de tan buenísimos resultados ha dado para sus compañeros de partido en Valencia, para el propio interesado Don Santiago y no tanto para los ciudadanos que aun ven aparecer facturas bajo las piedras.

Es cierto no obstante que Norman Foster es el unico licitador que se llama “Norman Foster” lo que es –esto si- un contundente abuso de poder de un cacique pueblerino cuya ignorancia –atrevida- le lleva a insultar a esos “arquitectos noveles” encantado como está de haberse conocido.

El sainete, lo publicamos entonces en varios posts, fue de aupa. Con tintes de España de la más negra cuando finalmente conocimos que el “contacto” con Foster era una prima de la mujer del señor Venzal que por lo visto trabajaba con el arquitecto británico. El proyecto fue abandonado, tras el pronunciamiento en contra del Consejo Consultivo (que avaló la tesis de la improcedencia del modelo digital), tras barajar un concurso de doble vía en el que “los elegidos cobrarían cada uno unos 25.000 euros por participar (Hasta un total de 125.000 al ser 5) y no sin antes sorprendernos de nuevo el Alcalde con otra muestra más de ignorancia sobre los procesos de licitacion, la ley y la arquitectura declarando que quienes entonces protestaban:

“no quiere[n] que un palacio de congresos diseñado por un arquitecto de fama internacional como Norman Foster se haga en Almería”

La excusa, más paternalista, más sucia y más pasivo-agresiva de cuantas ha tenido este arquitecto la desgracia de escuchar para justificar los encargos digitales de la década del despilfarro con tintes de pan y circo.

Y este es el problema y no otro. Es tener unos dirigentes que llaman ARTE a algo que ni conocen (Y que aun no existe) por el simple hecho de que lo firme un señor (E ignorando en el proceso que si hay algo más alejado de la arquitectura de autor en este aspecto de autorías, es precisamente… la arquitectura de autor así entendida). Es tener dinero para pagárselo al contratador de la prima de la mujer del concejal (O similar que haya el concejal visto en un Vogue o lo que le pille a mano)por hacer un palacio de congresos cuando ya tienes uno -nuevo-, pero no para el Toblerone.

Es tener unos dirigentes incapaces de entender que la belleza de este ultimo está en que no es apriorística e impostada, como ese llamar arte a lo que no lo es para engañar a la ley y trapacear con su espíritu, sino tangible y hallada en el proceso de servicio. Bello como una maquina para la guerra, diría Antonio Miranda. Bello como poética –como hacer-, como muestran las magnificas fotografías de Adela Gomez Caparros (Gracias!) que desvelan esa estructura tensa, limpia, que responde en su inclinación a la eficiencia del ángulo de rozamiento interno del mineral de hierro y que ha generado –sin saberlo- esa nave catedralicia, ese vientre de ballena en el que –puedo asegurárselo- uno queda sobrecogido por la limpieza de su telos, de su ser lo que se es en si mismo, sin artificios. Un lugar en el que instintivamente se habla más bajo y que un mínimo de imaginación no anclada en el pasado ni fruto del falso juego de suma cero sobre “qué hay que conservar” ve lleno de potencia ciudadana, en una ciudad en la que los espacios de convivencia no abundan.

Foto de Adela Gomez Caparros.

Foto de Adela Gomez Caparros.

Porque esa es la otra recuperación que existía como germen en el Toblerone. La de la ciudadanía. La de la sociedad cívica entendida y puesta al mismo nivel que el poder político y que ciertos estómagos agradecidísimos confunden con personajes televisivos o tachan de chundarata perroflauta en una exhibición de clichés tan rancia como desfasada.

Así, mientras en Almería un espacio cargado de modernidad y de memoria de nuestro pasado que podría convertirse en un elemento revitalizador de la zona y activador de los espacios ciudadanos, es demolido, en Nueva York prácticamente en el mismo periodo de tiempo en el que el gigante tranquilo que es el Toblerone era condenado a la desaparición para sustituirlo por –adivinen- más viviendas en torres de hasta trece pisos, la sociedad cívica conseguía reconvertir las antiguas vías del ferrocarril elevado en el parque High Line. Un ejemplo de reutilización, de reconversión impulsada por los ciudadanos que una autoridad política tuvo la capacidad de comprender y de favorecer. El High Line es una de las atracciones turísticas de Manhattan. Un espacio público de primer orden… y lo que es más, es un elemento económico imprescindible que ha garantizado el crecimiento y recuperación de la zona en la que se encuentra.

No es necesario mucho para recuperar ciudad y ciudadanía. Lo más complicado ya existía, ya lo teníamos, y era (es aun hasta que acabe su destrucción) ese magnifico espacio. Ese lugar tan lleno de posibilidades como cargado de una modernidad sin medias tintas. Solo era necesario que unos políticos a los que por lo visto no les importaba gastar el dinero en “estrellas” y “Pabellones de Congresos” hubieran pensado menos en su ego y más en un futuro lleno de posibilidades que no puede fundarse en el urbanismo del pasado, visto como simplista caja registradora. En el construir viviendas ahora para proveer de dotaciones después (Quizá, quien sabe, y probablemente no) sin pararse a preguntar cuanto se sacrifica con semejante canje. Cuanto se pierde. Cuan poco se buscan nuevas formas de gestión urbana y cuanto se es esclavo de promesas, como la del soterramiento, cuyo sentido es únicamente un ciego sostenella y no enmendalla con poco espacio para la reflexión y mucho para la promesa electoral de rentabilidad facilona.

O quizá, visto lo visto, lo que era necesario es que el Toblerone tuviera una prima que fuera mujer de un concejal. Y eso… sumado a todo lo otro, da muestra del estado de la cuestión y del futuro urbano de una ciudad, mi ciudad, en manos de semejante trouppe de mediocres.

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Written by Jose María Echarte

julio 7, 2013 at 22:33

Publicado en General

5 comentarios

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  1. ES un contenedor impresionante. Merece mejor suerte que el desguace inútil y costoso. Pero como bien dices, nuestros ignorantes y mediocres dirigentes son un horrible problema. Un lastre. Con filosofía n’Undo, ganaríamos eliminándolos. Menos cargos chupópteros, más expertos con conocimiento.
    Salud

  2. Articulo de lectura obligatoria. Enhorabuena. Yo soy mas que pesimista con respecto al tema. Son demasiados años y demasiada gente comprando viviendas (para no vivir en ellas, la mayoría de las veces) “en primera línea de soterramiento” y demasiadas daciones en pago de empresas promotoras y constructoras con el agua al cuello, como para que alguien que tenga intereses económicos en la zona le importe un carajo esta maravilla que haría enmudecer a Mendes da Rocha. De la clase dirigente ni opino, hace tiempo que presupongo su, mas que inanidad, ordinariez…Saludos

  3. Yo tambien tengo casi los mismos años que el Toblerone y la verdad que me ha encantado esa analogia. La demolicion del toblerone es una escenificacion de lo que nuestros dirigentes estan haciendo con toda una generacion… Quitandola de enmedio, socavando su voz, mientras ellos se hunden en au propia ineptitud. El Toblerone como la generacion que tiene entre 35 y 40 años tenia mucho potencial pero …
    No se como acabará toda esta situacion de la “crisis” pero yo desde luego no olvido …

    enparalelo

    julio 8, 2013 at 14:23

  4. El trazado ferroviario suele ser en muchas ciudades una gran grieta urbana, una tremenda herida que segrega barrios enteros. Rescatar esos espacios, mediante el soterramiento de las vías, creando grandes corredores verdes lineales que cosan los barrios segregados puede ser una buena práctica. Pero rápidamente surgen operaciones inmobiliarias, que poco a poco, se olvidan del fin principal, esto es, recuperar un gran espacio público, centrándose en la obtención de plusvalías. Estas operaciones acaban llevándose por delante todo lo interesante que se encuentran por el camino, dejando las vías férreas hasta el siglo siguiente. Hoy le toca el turno a Almería, que con la disculpa del soterramiento, que no hace, se carga el interesante edificio industrial conocido como el TOBLERONE………………, antes fue la catedralicia nave de Potasas y Derivados en Cartagena, incluso una ejemplar guardería infantil en Murcia, para desarrollar virtuales proyectos de ficción.

    Lo peor es que al final para cumplir compromisos comerciales internacionales y cobrar “lo pactado” se compran varias unidades del pajarraco ferroviario, que diez años después llega por superficie, aumentando la grieta urbana, no se realiza el soterramiento, se perpetúa la segregación de barrios y las preexistencias de interés que podían prestigiar y dar servicio a la zona revitalizada hace años que ya no existen……

    Francisco Camino

    julio 8, 2013 at 18:01

  5. Políticos catetos que nos gobiernan. Lo que cabe preguntarse es ¿porqué? Una buena educación, también en la arquitectura, es lo que se echa de menos en este país, porque los políticos que nos des-gobiernan no son sino el reflejo de los ciudadanos que los votamos.

    JCM

    julio 16, 2013 at 11:30


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