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Aquí también hay que leer compulsivamente (LFC)

¡El Apocalipsis Va a Llegar!

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Y el “mineralismo” también

Parte de lo más perverso del discurso neoliberal bebido, tragado y procesado hasta convertirlo en una papilla de fácil digestión, es que se presenta a sí mismo en una miríada de acabados que van del esplitado rugoso de Joaquín Torres por la vía de lo burdo, a un muchísimo más peligroso brillante epoxi en tono apocalipsis.

Es éste último el más perverso, o al menos el que personalmente me resulta más enervante, por lo que tiene a partes de iguales de falso y de simple estratagema para epatar y engordar el ego, ignorando por el camino que –en su afán por ser “más radical que naide”- está haciendo en muchos aspectos la jugada al poder. A uno del que precisamente reniega, para más y descacharrantes señas.

En este tono apocalíptico de Charles Bronson en “Yo Soy la Justicia”, se enmarca para mi la entrevista a Manuel Ocaña en Plataforma Arquitectura.

Podría parecer que la coincidencia es elevada en algunos aspectos. Y no seria en absoluto así.

Empezando por el principio, Ocaña divide la explosión de la burbuja en cinco derivadas, a cual de ellas más simplista.

Para la primera, la burbuja de la complacencia social, no puede afirmarse, con absoluta tranquilidad y sin el menor atisbo de matiz, que el problema radica en:

“[…] una suerte de neo-catolicismo digital que se desarrolla en ciudades ricas del primer mundo, el paraíso es ver a niños en solares desocupados con instalaciones de columpios de diseño trash, haciendo talleres de macramé pagados por Instituciones públicas sin ofrecer ningún avance social útil, productivo, provechoso, y solvente a cambio”

Si bien es cierto que lo público se ha complacido a sí mismo con profusión en el terreno arquitectónico y que lo ha hecho por motivos tremendamente espurios, ni el ejemplo es el más afortunado (Pero seguramente si el más –por emplear el termino- trash) ni todo el monte ha sido orégano, ni entiende uno que pinta ese “neo-catolicismo digital” que no dudamos atraerá a las mentes más ávidas de etiquetas fáciles pero que no va más allá de un titulo impostado. Se sea o no del club, es una jugada excesivamente fácil.

Y dejando de lado lo afortunado o no del cuadro que Ocaña pinta (a brochazos), la realidad cruda y sin etiquetas es que hay ejemplos con nombre y apellido mucho más preocupantes y autocomplacientes que el empleado. Por ser claros: No es la autocomplacencia de los columpios la primordial, sino otras más elevadas y mainstreams que pasan, como se está convirtiendo en habitual en estos discursos radicalizados solo para la galería, tranquilamente de perfil.

Para la segunda, llamada burbuja YBSA (Young &Brilliant Spanish Architect), no se exactamente donde ve Ocaña –salvo quizá en sus propios fantasmas- la sobrevaloración de la juventud en una profesión en la que la parte gorda del pastel público (Creemos entender que a eso se refiere), publicitario, mediático, educativo e incluso privado se la ha llevado una generación que ya no es –en absoluto – “joven” (por mucho que Europan se extienda hasta los 40 años). No querría uno intuir una cierta pasión por la gerontocracia o por aquella tradicional mentira interesada y apechugada al más rancio poder camarillero de que un arquitecto –joven- para formarse y estar preparado necesita penar y chupar rueda durante al menos 20 años en otros estudios (en determinados estudios) y que constituye una de las principales bazas del sistema atroz e ilegal que ha imperado en nuestras estructuras laborales.

Si bien es cierto que Ocaña reniega de lo que él llama “democratización de la genialidad” y que en ello podríamos estar de acuerdo, el término es tremendamente erróneo por lo que tiene de elitista (Casi de paternalismo). Lo que José Antonio Coderch, a quien sin duda hace referencia sin nombrarlo, consideraba en su famoso escrito de 1961, “No son genios lo que necesitamos ahora”, es que no se podía producir la genialidad en serie, como objetivo, no que la aspiración a la misma no pudiera ser democrática, esto es, pretendible por la vía lógica de la excelencia, que es lo que si se debía producir o al menos inculcar. Sorprende no obstante esta declaración en la que se acusa a “los jóvenes” (De nuevo, a brochazos) de excesos de originalidad que han sido más propios de generaciones de arquitectos que ya frisan los 50-60 y que son en la actualidad –cuando se producen- prohijados por esta misma generación en una suerte de abrazo del oso mortal.

Sorprende aun más la afirmación, que parece tener que ver con una critica de extrema tibieza al sistema educativo, cuando en otra de sus burbujas, la denominada académica, el “drama” no es –como podría entenderse visto lo anterior- la transmisión de un sistema de valores perverso, de la ausencia de un código de responsabilidad, de una nula enseñanza empresarial o de unos mínimos éticos o incluso la obsesión por la producción –que no democratización- de la genialidad en nuestras escuelas… sino los puros y simples números. La cantidad. Excesivamente simple.

La sorpresa es mayúscula si se contempla que quien responde a la entrevista forma parte del sistema universitario como profesor de proyectos. Esa asignatura (Y no una pura cuestión de edad, completamente anecdótica) cuyos postulados generales son en gran medida responsables de lo que muy gruesamente se define como “transformar a toda la profesión en artistas de los colorines y los circulitos” y que debiera dar para un análisis bastante más serio a quien se dedica al asunto.

Dejemos para el final (Obviando algunas, totalmente prescindibles) la burbuja mediática, en la que Ocaña incluye un supuesto exceso de información: la publicación masiva y homogénea de contenidos relacionados con la arquitectura. Mezcla aquí sin problema blogs, papel e imagen y lo incluye todo sin criterio en ese exceso informe que tan negativo le parece. Se eliminan por ese camino las infinitas diferencias que existen entre medios de procedencias y objetivos tan diversos, ignorando los muy variados postulados desde los que se enfrentan al asunto unas publicaciones maninstream preñadas de elitismo y conciliábulo y otras, secundarias quizá y seguramente menos leídas, que mantienen en su no dependencia ni pertenencia a cadena de cotos de poder alguna su libertad y su principal baza. Se niega así el debate fundamental al respecto perdido en una generalización  absurda.

Esta generalización nos lleva de nuevo a la contradicción, que parece marca de la casa, y que se hace evidente cuando líneas más abajo habla el entrevistado del sistema discográfico y del oligopolio de las majors como algo negativo, olvidando que los posibles (y deseables) cambios en el mercado musical provienen de la facilidad de publicación individual ajena a sistemas puramente interesados y oscurantistas de producción muy similar a la existente en el caso de la arquitectura. No se trata pues de que se publique mucho o poco, sino de que la publicación de contenido no pasa ya por un proceso laminador más pendiente de politiqueos internos, pagos de favores y endogamias de cenáculo y que es, como resultado, infinitamente más libre.

Podrá, evidentemente, ser el contenido mejor o peor. Fantástico o fácilmente olvidable –y en ello tiene mucho que ver ese concepto de responsabilidad y excelencia, del que hablábamos, perdido en las escuelas – y por tanto requerirá de un proceso de filtrado personal y de las armas convenientes para ejercerlo, suministradas quizá en una asignatura como –Oh, sorpresa- proyectos, pero es innegable que las ventajas resultan mucho mayores que los naturales problemas.

Porque, y volviendo a la comparación con el ejemplo del mismo Ocaña, ¿Cuál es el ideal entonces? ¿La auto-represión doliente? ¿La cesión de la capacidad de decisión sobre qué resulta conveniente o no publicar a manos de una élite paternalista? Lo primero nos llevaría a pantanosos terrenos llenos de códigos de conducta que enmascaran censuras puras y duras (el Comics Code de Estados Unidos es un buen ejemplo) y lo segundo a la situación existente antes de que proliferaran esos “blogs” con “hordas de fans” a los que es deporte entre cierta intelectualidad soberbia ridiculizar. Ninguna de las dos opciones parece deseable como contrapunto a la posibilidad de que haya quien publique lo que a las majors no interesa (Por unas muy determinadas razones) y de que haya quien lo consuma, quien lo lea, y quien se atreva a cuestionarse el status quo inmovilista por el que las primeras abogan una y otra vez.

Siendo lo anterior -no diremos preocupante- curioso, la aproximación por exceso de frenada a un discurso neoliberal del que en lo literal se pretende rehuir se acentúa hasta extremos que rozan lo incomprensible en los párrafos siguientes. Así, preguntado por los estudios de arquitectura que están sobreviviendo y cómo, Ocaña responde:

No va a sobrevivir prácticamente ninguna firma de las que se forraron en el boom. Solo quedarán las grandes ingenierías y los estudios artesanales. Los términos medios se desvanecen en el neoliberalismo radical. A pequeña escala imperará la subcontratación de autónomos. Los contratos fijos son ya tesoros del pasado. La vida laboral no se asegurará jamás. Y menos para más de 35.000 profesionales sin trabajo.

La peor parte se la lleva una generación perdida (los que hoy tienen alrededor de 30 años) que o bien deciden emigran o bien protestan y lloran, arremetiendo con mucho resentimiento contra el arquitecto empresario. Cientos de blogs “sindicalistas” se lamentan inoperativamente y exigen derechos que, por desgracia, son derechos irreversiblemente perdidos. Pienso en los vampiros de Ann Rice, que solo mueren si no se actualizan y aceptan el presente.

De nuevo, churras y merinas comparten escenario sin problema ninguno, pero alcanzando en este caso una posición tan próxima a los lenguajes del capitalismo más ultra y extremo que produce sonrojo.

Resulta, en opinión de quien esto escribe, de un corto de miras abrumador esa separación entre “grandes ingenierías” y “estudios artesanales”, que parece asumir dócilmente y sin resistencia ninguna que es imposible para la profesión alcanzar el funcionamiento de las primeras quedando por tanto condenada a una practica moribunda, artesanal, y poco menos que anecdótica (Y de nuevo, de perfiles claramente elitistas)

Y lo hace tan borregamente que olvida contarnos que si las ingenierías y los ingenieros soportan mejor el paso de la crisis y funcionan con mayor eficiencia no es en menor medida porque se encuentran en un altísimo porcentaje (en su mayoría) dentro de una legalidad a la que se renuncia aquí con un “Los contratos fijos son ya tesoros del pasado”.

Máxime, cuando en el segundo párrafo trascrito se emplea el paternalismo más aberrante para compadecerse, primero, de una generación a la que se le ofrecen, después, dos posibilidades: Largarse o tragar, emigrar o llorar, para acabar aparentemente defendiendo después al “arquitecto empresario”-en las palabras del entrevistado- contra el que –nos dice- se arremete “con mucho resentimiento”.

Cabría apuntarle a Ocaña que si de algo adolece esta profesión es de empresarios, ya que de la misma manera que El chapo Guzmán no es un empresario del entretenimiento más o menos traviesillo, los “contratadores” de servicios en régimen de falso autónomo ilegal, tramposo y caníbal no lo son en buena ley de la arquitectura, debiendo quedar lógicamente el termino reservado a quienes no hacen de la ley un coladero. Una cosa no puede ser su contraria.

Podríamos además entrar en cuestiones que van más allá de esta absurda caracterización, más propia de cadenas como Intereconomia, y hablar de competencia desleal, dumping, bajas de precios, falseamiento de costes, precarización de la estructura laboral, dislocación del mercado, formación reglada del trabajador, esperanza de crecimiento personal derivada del compromiso (legal) contratado-contratante… pero no parece útil con quien nos impele a acatar lo que hay o salir por la puerta falsa.

Podríamos asumir, eso si, el pesimismo de cualquiera –incluido el de Ocaña- y no es servidor sospechoso de ver el mundo pintado de color de rosa, pero existe una enorme diferencia entre eso y la burda chanza sobre los “blogs sindicalistas”, si no por otra cosa porque posturas que asumen que derechos como los laborales, que han costado sangre sudor y lagrimas a nuestros mayores, son poco menos que un entretenimiento para diletantes aburridos que no saben por donde les da el aire resultan tremendamente rancias. Si quería Ocaña darse una patina de radical lo cierto es que está –infantilmente- haciéndole el caldo gordísimo a lo peor que ha producido nuestra profesión y el capitalismo de finales del siglo XX y principios del XXI.

Así, la analogía del final está bien traída siempre que cambiemos la orientación. No son los trabajadores que reclaman lo que es justo y legal los que se asemejan a los vampiros de Anne Rice, sino esos “empresarios” arquitectos, sufridores de resentimiento (pobres), quienes se parecen a los noctífagos de la escritora de Nueva Orleans. Por la parte de toma mi yugular, sácame la sangre y que te aproveche, claro.

Pero no acaba aquí el galimatías ni la contradicción, que se elevan a cotas inimaginables cuando se alcanza la inevitable pregunta sobre la emigración de los profesionales españoles. La respuesta –que por el interés les copiamos entera- no puede ser más surrealista, cuando no insultante.

¿Cuál ha sido el efecto en España de la migración masiva de arquitectos jóvenes y talentosos?

El efecto tiene más que ver con ellos y sus familias que con el País.

Les envidio, les han dejado en bandeja esa katarsis que Tolstoi reivindicaba: Si no tienes una katarsis intelectual antes de los 35 años te quedas estéril intelectualmente para el resto de tu vida.

Nuestros titulados saben dibujar y tienen un amplio repertorio de imágenes consumidas vorazmente durante estos últimos años. Pero no se ha demostrado que sepan producir, gestionar. No han tenido oportunidad. No tienen una experiencia laboral solvente. Son casi todos de perfil creativo y hay muy pocos de perfil ejecutivo.

Lo peor es que muchos saldrán a trabajar al extranjero como lo que antes se llamaba Delineante Proyectista o acabarán ejerciendo la arquitectura de una manera paralela en que muchos músicos de talento acaban ganándose bien la vida, tocando versiones de Paul Anka en cruceros o en hoteles de cinco estrellas.

Por ello dudo que la ambición profesional que muchos tenían sea satisfecha a medio plazo. El sistema nos ha mimado tanto que ahora, sin su teta, deberíamos ser absolutamente conscientes de que los países emergentes lo son porque trabajan mucho más y por mucho menos.

Es más que evidente para cualquiera con dos dedos de frente que para un país como España malvender (regalar) en el exterior a sus profesionales (a los que ha costado un dineral público formar que incluye –por ejemplo, alto o bajo- el sueldo de los profesores de la ETSAM) resulta un problema económico y social de primera magnitud mucho más serio que ese displicente “para ellos y para su familias”. El término fuga de cerebros, lejos de las burdas imágenes a las que parece querer remitirnos el entrevistado de andenes, lagrimas y conferencias a larga distancia, no es baladí. Implica la perdida de capacidad de innovación, de estructura social de producción de servicios especializados y por tanto generadores de tejido laboral, de descenso de la natalidad, de perdida de capacidad económica y de pauperización cultural inevitable de un país que entrara irremediablemente en un circulo vicioso muy similar (aunque por otros motivos) al que hemos vivido en la burbuja económica anterior en el que sectores puramente especulativos y de producción básica y altamente rígida e inestable pasaran a ocupar posiciones excesivamente predominantes. Algo que quizá pueda interesar a tipos de la calaña de Sheldon Adelson pero que parece extraño proviniendo de quien al principio de la entrevista se quejaba de los “talleres de macramé pagados por Instituciones públicas sin ofrecer ningún avance social útil, productivo, provechoso, y solvente a cambio”.

En esta línea de desconexión con la realidad, Ocaña afirma que “envidia” a quienes tienen que dejarlo todo y salir del país olvidando que lo hacen no por elección y como opción –lo que seria positivo- sino por absoluta necesidad y como único recurso, y que entre quienes lo hacen no está solo una juventud aventurera y menor de 35 años sino también profesionales de mucha más edad cuya situación se vuelve insostenible y para los que emigrar (con hijos, con familias, con media vida a cuestas) es un drama sobre el que no necesitan la “envidia” impostada y falsa de nadie. La alusión a la catarsis de Tolstoi, preciosa sobre el papel, resulta una pobre excusa para acabar poniéndose al lado de impresentables como el ministro Wert. Quien nos lo iba a decir.

Y aquí ya es donde se entra en tromba: De nuevo un miembro del estamento educativo público nos explica lo mal preparados que están nuestros jóvenes, lo precarios que son sus perfiles, en parte –nos dice- porque no han tenido oportunidad ni una experiencia profesional solvente. La dislocación del discurso (cuyo único interés, a estas alturas, tenemos claro que es darse un baño de ego) es ya aberrante cuando se ignora que esa falta de experiencia solvente proviene en su práctica totalidad de un sistema “empresarial” (es un decir) y productivo precario y basado en pirámides de base anchísima y pico individual asentados sobre (Oh, vaya) contratos de autónomos ilegales, y sobre una cultura de los medios de producción en la que el personal preparado y profesional (el primer activo de una empresa en una sociedad eficiente y justa) se ha sustituido por la mano de obra barata y fácil de despedir y donde no existe el minino ambiente de legalidad y compromiso para que un profesional pueda evolucionar en su carrera, condenado a un estado permanente de eterno becario. Una cultura laboral en la que ya trabajan los arquitectos de delineantes-proyectistas mal pagados en este país, sin tener que irse fuera, ni querer ser Paul Anka, ni colmar unas ambiciones que solo el entrevistado imagina (Provenientes en muchos casos del sistema educativo al que pertenece) y que en la actualidad –cosa que parece ignorarse, en aras de hacer el discurso más bizarro aun- consisten únicamente en poder vivir.

No se por tanto a quien se refiere Ocaña cuando habla de un sistema que nos ha mimado mucho. ¿A quien ha mimado? ¿Quizá a esos “arquitectos empresarios” contra los que “con resentimiento” se arremete cuando han obtenido pingues beneficios (económicos y mediáticos) sin haber visto una inspección laboral ni de lejos, aprovechándose de generaciones enteras de profesionales a los que han cerrado el futuro? ¿Quizá a los profesores de proyectos que han aprovechado el sistema para nutrir sus estudios de mano de obra barata haciendo una vergonzante competencia desleal y que tenían (Y cito) “Hasta ayer 40 tíos y hoy dos”? ¿O es que quizá estamos, de nuevo, jugando a ese falaz y repugnante “Vivir por encima de las posibilidades” que pretenden como ricino hacernos tragar los estamentos más carpetovetónicos (y culpables) de nuestra sociedad?

De nuevo el pretendido discurso radical es más propio de ciertas cadenas de televisión que se llevan el gato al agua, afirmando sin matiz ninguno que los países emergentes lo son porque trabajan más y mejor en una simplificación perversa que olvida la extrema complejidad del asunto y obvia cuestiones como el trabajo esclavo, la falta absoluta de libertades o de los mínimos niveles de derechos legales. Nada que extrañar no obstante si recordamos que quien proteste quedará reducido a poco más que un [blog] sindicalista de colmillo retorcido y que las opciones ofrecidas eran –recuerden- callar y tragar o irse.

La cosa acaba, como diría Cecil B. De Mille, en lo más alto. Con frase genial que resume como pocas las contradicciones y simplificaciones del cuerpo de la entrevista. Se completa así un discurso ensoberbecido, que pretende un pesimismo radical y profético para impresionar y queda en una docilidad cómplice y, por momentos, insultante.

Podría parecer que le doy demasiada importancia al asunto. Probablemente sea porque que, obviando las simplezas de las que  está plagado, lo que me resulta preocupante es que discursos como éste pretendan continuamente–y consigan seguramente- pasar por otra cosa que la pura dialéctica reaccionaria, llena de medias verdades y silencios cómplices en los que están instalados. Alguna vez hay que decir basta.

Seguramente será porque soy un envidioso, un sindicalista, un mediocre con complejos de inferioridad mal llevados o que, como está de moda ahora, “no lo entiendo”.

La realidad es que lejos de necesitar el paternalismo de que venga alguien a explicarme lo que es tan transparente, lo entiendo demasiado bien. Y que, si como es previsible, mis huesos acaban fuera del país, no será porque haya seguido el consejo del entrevistado de tragar primero y acatar sin remedio, de entregar mi capacidad de criterio y critica a elites difusas o de asumir que mis derechos son cosa del pasado. La envidia, eso si, puede guardársela donde le apetezca.

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Written by Jose María Echarte

septiembre 26, 2012 at 10:11

11 comentarios

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  1. Buenos días. Este impresentable me “dio clase” cuando estudiaba arquitectura en la Universidad de Alicante, esa donde se ruedan pelis porno. Podría contar innumerables canalladas que realizó en la facultad, pero fueron tiempos horribles pasados que el tiempo ha ido curando. Simplemente este tío es una de los problemas con los que cuenta España y nuestra profesión. Es un hipócrita que predica basura y luego hace todo lo contrario. Por supuesto le bailaba el agua al catedrático de turno mientras puteaba al alumnado hasta extremos de provocar en nosotros enfermedades y depresiones. Con esa actitud de pijiprogre que llegaba con su mochilita a clase y se dedicaba a repartir hostias a todo aquel que no vestía como russian red y pretendía no proyectar nubes rosas y mierda calatravesca. La palabra “edificio” estaba prohibida, y teníamos que explicar los proyectos con vaguedades como “creación”, “masa”, “materia”, “cáscara” y gilipolleces semejantes, porque si hablábamos con términos constructivos nos soltaba que hacíamos mierda, que estaba todo inventando, que se aburría y que nunca llegaríamos a nada.
    Ahora a este tío que vive tan bien del sistema que tanto critica le hace una entrevista plataformaarquitectura y no entiendo a santo de qué. Supongo que desde Chile es difícil apreciar el mal.
    Un saludo.

    Manu

    septiembre 26, 2012 at 11:04

  2. Me encantaría ser capaz de leerme tus pedazo de posts… Has pensado en hacer sinopsis de estos testamentos al principio? jeje.

    Con cariño, eh!

  3. Bien dicho, José María. A veces, hay que decir las cosas claritas, y explicarlas punto por punto. Y si se hace con tu lucidez, mejor.
    Independientemente de que quizá el objeto de la entrevista “recesiva” (en muchos sentidos) era precisamente éste: figurar un poco y provocar comentarios y reacciones, en plan Espe.

    Fernando Ramos Muñoz

    septiembre 26, 2012 at 14:36

  4. Vaya, me ha costado un huevo leerme este post… Tamaño discurso se ha hecho un poco denso, jmer; pero gracias por el esfuerzo.

    A Ocaña lo que le desacredita no son tanto sus afirmaciones (que no dejan de ser opiniones personales y dicho con otras palabras, incluso algunas las comprendes y compartes), como la doble moral y las constantes contradicciones de sus discursos. Es como escuchar a Mr Jeckyll y Mr Hyde juntos. Un mareo…

    ferkin

    septiembre 27, 2012 at 12:28

  5. … y sus obras contruidas también le desacreditan.

    Yosi

    octubre 1, 2012 at 19:59

  6. Qué se podría esperar de un tipo que pone su nombre a promociones casposas de cartón piedra…

    Toñito de Poi

    octubre 3, 2012 at 19:23

  7. Tres cosas:

    1º. Muy buena entrada-respuesta a lo que dice el Ocaña este.

    2º. No lo conocía, ni había visto nada suyo.
    3º. Ahora que sé quien es, me parece un gilipollas de tomo y lomo. Pero supongo que con esa entrevista, lo que pretendía era conseguir esto. Que se hable de él. Por lo pronto. Yo, que antes no lo conocía, ya lo conozco.

    Agrotekton

    octubre 4, 2012 at 1:20

  8. […] de simplonas acusaciones intergeneracionales (como la empanada que se cocinó hace unos días Manuel Ocaña…), pero sí de enfocar nuestro trabajo con menos remilgos autocomplacientes y relatos […]

  9. Me ha encantado el Post, como casi siempre por no decir siempre, pero sinceramente, creo que el gran fallo de este señor es la contradicción entre lo que hace y lo que predica. Pero muchas de sus opiniones no dejan de estar bastante acertadas (al menos desde mi perspectiva, después de un año en el extranjero). Saludos.

    silvestrevivo

    octubre 10, 2012 at 11:59

  10. […] la que se les dice que la solución es marcharse (Algunos, desde pulpitos públicos, les tienen una impostada e imbecil envidia. Otras hablan del espíritu de Dora la Exploradora. Hay que tener mucha templanza para no agarrar […]


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